ENTREVISTA CON ALEX WOLOCH
ANDRÉS LOMEÑA: En su libro The One vs. The Many ha intentado restablecer la centralidad de los personajes dentro de los estudios literarios. ¿En qué han fallado autores como Propp y Greimas? A mí el modelo actancial me parece bastante convincente. ¿Quería sustituir las funciones por algún concepto diferente?
ALEX WOLOCH: Mi libro aborda las teorías de Propp y Greimas y parto de la explicación estructuralista de los personajes. Defiendo una explicación dialéctica del personaje. Eso sitúa la perspectiva estructuralista (en la que los personajes quedan absorbidos por elementos funcionales dentro de una forma narrativa más grande) en un plano más referencial (que entiende cada personaje como una persona implicada). Creo que la principal innovación de mi libro está en la interacción de esas dos explicaciones; intento usar a Propp y a Greimas de modos muy distintos. En este sentido, creo que mis interpretaciones dependen de sus obras, pues no podría haberlas hecho simplemente “al margen” de sus textos, o fuera de un paradigma estrictamente estructuralista. También intento demostrar que la mayoría de las formas significativas de caracterización (en un sentido estrictamente histórico-literario) han salido de esta interacción, es decir, de la relación dinámica y continua entre el personaje como elemento estructural y la persona implicada.
A.L.: Elaine Freedgood publicó The ideas in things. Ella se ha centrado en los objetos mientras usted se centraba en los sujetos y los personajes menores. ¿Hay similitudes en sus aproximaciones?
A.W.: Ambos estamos interesados en la lógica narrativa y en los elementos en primer plano que juegan un papel estructural, aunque ese papel, paradójicamente, puede ser oscuro o periférico. En cierto modo, mi libro es parte de un movimiento teórico mucho más amplio que presta atención a lo oscuro, lo menor, lo periférico y descentrado, lo fragmentario y lo oculto. Diría que aunque han descrito mi libro como una obra sobre personajes menores, también se ocupa de los personajes centrales, del “espacio del protagonista”, como el subtítulo indica. Para mí, una de las cosas más interesantes en la recepción de mi obra es la poca frecuencia con la que este aspecto se enfatiza (tratar la centralidad junto con “lo menor”).
A.L.: No sé qué encaje tienen las Humanidades Digitales en su proyecto intelectual.
A.W.: Creo que mi obra es poco convencional por su énfasis estructuralista, y este énfasis, casi de forma necesaria, exige una relación más íntima con los análisis cuantitativos y por tanto con las Humanidades Digitales. Estoy interesado en ver cómo se desarrolla esta relación. Cómo, en otras palabras, esas técnicas cuantitativas inician, reviven, extienden o desafían las (aún latentes) tradiciones del análisis estructural. No es un camino que haya explorado en profundidad, pero es algo que me interesa.
A.L.: En su libro habla explícitamente de “mundo ficcional”. ¿Qué relación tiene con las teorías de la ficcionalidad?
A.W.: Veo que en los mundos posibles (como en la obra de Dolezel, por ejemplo) algunas de las “presiones distributivas” de las que hablo estarían en juego: podríamos imaginar un mundo ficcional relativamente extraño con un método tradicional de distribución de personajes, o un mundo cotidiano con un sistema de personajes poco familiar y experimental. Este tipo de inversión potencial (entre la extrañeza del mundo en la historia y la normatividad del sistema de personajes como un elemento del discurso) me llama la atención. Mi libro busca constantemente formas para desenredar estas interacciones (a veces son fricciones, otras son relaciones armoniosas) entre los storyworlds y los sistemas de personajes. La integridad de las “presiones narrativas” en las que me centro (cómo distribuir la atención, cómo ordenar una figura central relativamente fuerte o débil, cómo se forman los personajes menores, descriptiva y funcionalmente, etcétera) serían un atajo para algunas de las divisiones de Dolezel, sin tener en cuenta la mirada ontológica que hayamos adoptado. Mi libro, por supuesto, hace alguna declaración de tipo ontológico, en el sentido de que un personaje siempre es en parte una persona implicada, pero intento ser muy cuidadoso para no plantear esta perspectiva en términos absolutos. Una vez más, lo que me interesa sobre todo es insistir en la doble naturaleza del personaje literario, como algo referencial y estructural (y cómo funciona esa condición en narrativas específicas de la historia literaria).
A.L.: Me pregunto qué interpretación ofrece de novelas donde hay una galería de personajes secundarios, como La Colmena de Cela o Manhattan Transfer.
A.W.: Para responder a esa cuestión, primero me preguntaría qué tipo de centralidad emerge (si es que surge alguna) como posible compensación por un sistema de personajes tan disperso. Tal y como tú señalas, esos sistemas dispersos pueden convertirse en una “galería” y lo que define una galería sería la inmovilidad, la contención, la separación y quizás la estetización. Sería una perspectiva de los personajes muy particular y no necesariamente progresista. El enfoque de la galería tiene algunas implicaciones en la noción de referencia y en la de estructura; en este sentido, el término es un buen ejemplo del tipo de interacción en la que estoy interesado. La galería, según esta perspectiva, sería una clara respuesta a las “presiones de la distribución” (políticas, éticas, narrativas, etcétera), pero quizás no una respuesta muy satisfactoria estéticamente. Sería una forma de igualar, o de intentar igualar, el sistema de personajes. Dos Passos estaba muy preocupado por los personajes centrales y por los secundarios; esos temas muestran una calidad manifiesta en su obra. Robert Musil jugaba con una gran ironía estructural, la de alguien a quien podemos considerar, por varias razones, como un personaje menor que se convierte, muy a su pesar, en un personaje central. Mansfield Park es otro buen ejemplo de esto en la época antes del modernismo. ¿El antihéroe como categoría (distinta a la del villano) implica siempre algún tipo de unión problemática o sorprendente entre el tipo de personaje y el espacio del personaje? Creo que el antihéroe es una forma muy interesante para observar esos conflictos y es algo que he pensado desde la publicación de The One vs the Many.
29 de noviembre de 2013
viernes, 29 de noviembre de 2013
miércoles, 6 de noviembre de 2013
ENTREVISTA CON ANTONIO GARRIDO DOMÍNGUEZ
Antonio Garrido ha sido muy amable conmigo al atenderme por teléfono. Esta entrevista editada no hace justicia a nuestra conversación, pero es lo que he podido "reconstruir" gracias a (o a pesar de) mi torpe oficio periodístico.
ENTREVISTA CON ANTONIO GARRIDO DOMÍNGUEZ
ANDRÉS LOMEÑA: ¿Qué le interesó de las teorías de la ficción?
ANTONIO GARRIDO: Me he dedicado siempre a la teoría de la literatura. He trabajado mucho el análisis de la narración, la estructura del relato. Del estudio de la narración pasé de forma natural a la preocupación por la ficción, ya que es una dimensión fundamental del texto narrativo. Esta preocupación, que venía de atrás, se vio potenciada a raíz de la publicación, por parte de autores españoles como Darío Villanueva, José María Pozuelo y Tomás Albaladejo, de importantes trabajos sobre el asunto. En 1994 se celebró en Murcia un congreso internacional sobre la cuestión de la ficción y allí conocí a L. Dolezel, Thomas Pavel y a Félix Martínez Bonati, autores que yo había antologado en Teorías de la ficción literaria (1997). Fue un verdadero placer conocer personalmente a estudiosos de la ficción, que han influido tanto en mi pensamiento. En el año 2000 se tradujo Heterocósmicas, obra en la Dolezel desarrolla las ideas expresadas previamente en sus artículos, además de añadir ejemplos sobre los mundos ficcionales de determinadas obras literarias. A partir de ahí, dediqué varios cursos de doctorado al asunto de la ficción y también he aplicado estas teorías al análisis de textos narrativos en mis cursos de licenciatura y doctorado. Mi libro Narración y ficción puede resultar algo denso por la cantidad de conceptos a los que se alude, ya que el objetivo final del libro aspira a establecer un panorama de las diferentes propuestas sobre la ficción formuladas en los más diversos campos del saber. Es un libro que creo que puede ayudar mucho en este sentido a estudiantes de los últimos cursos o del máster.
A.L.: Pozuelo Yvancos, Martínez Bonati y García Berrio han estudiado la verdad literaria, entre otros. ¿Ha habido en España una “escuela” sobre las teorías de la ficcionalidad?
A.G.: En España, el debate sobre la ficción lo desarrollaron fundamentalmente Darío Villanueva, Tomás Albaladejo y José María Pozuelo.
La ficción construye mundos gracias al dinamismo de la imaginación y a las virtualidades del texto literario, a los que acceden los lectores a través de canales como la lengua y la interpretación. El concepto de mímesis comenzó a deteriorarse a partir del Renacimiento al ampliar su ámbito a la “imitación de la naturaleza”; sus virtualidades se extinguen con la llegada de las corrientes románticas, aunque en el siglo XX ha vuelto a ser recuperado desde ámbitos muy diversos (Adorno, Derrida, Ricoeur, etc.). Es propio del conocimiento científico que, de cuando en cuando, surjan nuevos paradigmas, nuevos enfoques sobre la realidad, como expresión de los nuevos modos de abordarla. En el ámbito de la teoría literaria ocurre algo parecido: ahí están, para testimoniarlo, las diferentes corrientes: acceso extrínseco, inmanentismo, semiótica, pragmática, poética de lo imaginario, cognitismo, etc. De ahí que conceptos que han sido muy rentables durante un tiempo dejan paso a otros que, de alguna manera, responden mejor a las exigencias de los nuevos tiempos: mímesis, función poética, acto de habla, mundo ficcional, etc. Una razón muy importante es que la literatura –y, específicamente, la ficción narrativa: piénsese en Kafka, Borges, Cortázar o García Márquez, entre otros muchos- se ha vuelto tan audaz que los instrumentos convencionales de análisis han envejecido y hay que proceder a su renovación. En Breve historia de la poética, Dolezel alude a cómo, en pleno siglo XVIII, se recupera el viejo concepto leibniziano de mundo posible por parte de autores como Bodmer y Bretinger, cómo, posteriormente, en el XX, es la filosofía analítica la que se encarga de su rehabilitación y, seguidamente, los estudiosos de la ficción literaria.
A.L.: La teoría de los mundos de ficción procede en buena medida de la filosofía analítica. Algunos sospechan que es una forma subrepticia de colar la teología en el debate filosófico y literario. ¿Cómo lo ve usted?
A.G.: Mundo posible es originalmente una entidad puramente lógica, que es aprovechada por los estudiosos de la literatura para ofrecer una solución a algunos problemas pendientes en su ámbito. Con todo, la recuperación se lleva a cabo con dos restricciones importantes: los mundos literarios admiten contradicciones -en los mundos posibles de la lógica eso no se tolera- y, respecto de Leibniz, los mundos que ella pone en pie no preexisten al momento de su creación (se echaría por tierra el poder demiúrgico del escritor). Son mundos construidos, no descritos (no preexistentes, por tanto, al acto de su creación).
No creo que haya tantas polémicas en el ámbito de la teoría de la ficción; en el caso de J. R. Searle, es más bien un problema de edad. Searle se ha convertido con el paso del tiempo en una especie de carabinero del realismo, que arremete con todo el ímpetu que sus fuerzas le permiten contra los excesos del constructivismo goodmaniano y, en general, el escepticismo que caracteriza el pensamiento y la cultura contemporáneos. Para él, esas perspectivas disuelven la realidad, por lo que rechaza contundentemente dichos planteamientos. Sostiene que hay que seguir abonados al realismo y, en parte, tenemos que ser comprensivos con su posición. Los nuevos planteamientos sobre los mundos posibles lo desbordan en gran medida.
De Leibniz sólo se ha conservado la idea de mundo posible. Hoy nadie afirma que estén en la mente de Dios; así que no creo que haya una intención teológica oculta en tal concepción. Una novela instaura un microcosmos y esa forma de verlo resulta útil: el mundo posible como continente de un microcosmos donde, al fin y al cabo, existe una atmósfera, una fauna y unas leyes físicas a gusto del autor. En pocas palabras, es un universo que sirve a los fines de la historia.
A.L.: Albaladejo es otro de los autores que ha tratado el tema de la ficción. Propone una teoría de los máximos semánticos. ¿No hay demasiadas clasificaciones?
A.G.: Hay términos no del todo coincidentes. Albaladejo habla de modelos de mundo, que son conjuntos de instrucciones para construir mundos, que pueden ser realistas, verosímiles o fantásticos. Benjamin Harshaw habla, por su parte, de campos de referencia. Todos estos planteamientos están dentro del llamado enfoque semántico, es decir, planteamientos preocupados por cómo son por dentro los mundos construidos por la literatura. Se aplican fundamentalmente al género narrativo, aunque son extensibles al lírico y al dramático.
Mi opinión es que estos conceptos deberían terminar dando lugar a planteamientos metodológicos, esto es, desembocar en el análisis de los textos. Se trata de conceptos generales que se vuelven operativos cuando se aplican a los textos. Tengo la esperanza de que la narratología aproveche los estudios de la ficción para replantear las estrategias de análisis y hablar, señala Dolezel, de los personajes como “entes de ficción”, que no necesitan un correlato en el llamado mundo real para existir.
A.L.: Los mundos posibles son paradójicos. Por un lado, la idea de mundo te obliga a pensar necesariamente en el mundo real. Por otro, la ficción parece querer escapar del mundo de referencia y ser autónoma, antimimética. ¿Cómo se conjuga esta tensión entre un mundo de ficción deudor del mundo real y un mundo imaginario sin un origen mimético?
A.G.: Se olvida con mucha frecuencia que la realidad es todo: también la parte no tangible, no física, como son los mundos mentales, que existen en la mente del autor y de los lectores. Insisto una vez más en que la realidad es todo y abarca tanto lo material como lo espiritual. La ficción vendría a ser la otra cara de la realidad. El ser humano es, desde el principio de los tiempos, un consumidor empedernido de ficciones sin duda porque los mundos ficcionales lo complementan aportándole aquello que la realidad le niega.
Paul Ricoeur lo dice muy sensatamente: “Si la literatura no habla del mundo, ¿de qué va a hablar?” La literatura siempre manipula materiales de la realidad, física o psicológica. Si admitimos que hay un mundo más denso en términos semántico-ontológicos, todos los demás mundos han de ser un reflejo suyo. En cambio, si partimos, como sugiere Dolezel, del supuesto de que, desde los mismos comienzos, hay múltiples mundos con la misma fuerza ontológica, el modelo mimético no se sostiene. Hace falta un modelo explicativo para las audacias de la literatura del siglo XX y los años que llevamos del XXI.
A.L.: ¿Qué futuro le espera a los mundos ficcionales?
A.G.: El cine –que, como es sabido, ha influido mucho en la literatura ficcional- se ha ido apropiando sistemáticamente de los desarrollos de la narratología. Puede que haga algo similar con la teoría de los mundos ficcionales. Creo que las teorías de la ficción van a tener trascendencia en campos afines a la literatura. Después de todo, en el cine también se instaura un mundo posible de naturaleza mucho más visible que los de la literatura. Se deshará sin duda el entuerto, según el cual lo ficcional es privativo del arte. La ficción es el otro lado de la realidad. El artículo de Iser sobre la dimensión antropológica de la ficción es paradigmático: el ser humano puede conocerse únicamente proyectándose en el espejo de la ficción (nadie puede contemplar su propia nuca, por decirlo de manera gráfica). Y lo que vemos en el arte es nuestra imagen potenciada y analizada.
A.L.: Le agradezco su amabilidad y disposición.
A.G.: La belleza es algo que compensa la angustia de vivir en un mundo tan convulso, un mundo que, bien pensado, no concentra todas las maldades, pues el pasado encierra muchos horrores ya olvidados. En cualquier caso, la ficción es un buen antídoto contra la negatividad.
6 de noviembre de 2013
Andrés Lomeña
ENTREVISTA CON ANTONIO GARRIDO DOMÍNGUEZ
ANDRÉS LOMEÑA: ¿Qué le interesó de las teorías de la ficción?
ANTONIO GARRIDO: Me he dedicado siempre a la teoría de la literatura. He trabajado mucho el análisis de la narración, la estructura del relato. Del estudio de la narración pasé de forma natural a la preocupación por la ficción, ya que es una dimensión fundamental del texto narrativo. Esta preocupación, que venía de atrás, se vio potenciada a raíz de la publicación, por parte de autores españoles como Darío Villanueva, José María Pozuelo y Tomás Albaladejo, de importantes trabajos sobre el asunto. En 1994 se celebró en Murcia un congreso internacional sobre la cuestión de la ficción y allí conocí a L. Dolezel, Thomas Pavel y a Félix Martínez Bonati, autores que yo había antologado en Teorías de la ficción literaria (1997). Fue un verdadero placer conocer personalmente a estudiosos de la ficción, que han influido tanto en mi pensamiento. En el año 2000 se tradujo Heterocósmicas, obra en la Dolezel desarrolla las ideas expresadas previamente en sus artículos, además de añadir ejemplos sobre los mundos ficcionales de determinadas obras literarias. A partir de ahí, dediqué varios cursos de doctorado al asunto de la ficción y también he aplicado estas teorías al análisis de textos narrativos en mis cursos de licenciatura y doctorado. Mi libro Narración y ficción puede resultar algo denso por la cantidad de conceptos a los que se alude, ya que el objetivo final del libro aspira a establecer un panorama de las diferentes propuestas sobre la ficción formuladas en los más diversos campos del saber. Es un libro que creo que puede ayudar mucho en este sentido a estudiantes de los últimos cursos o del máster.
A.L.: Pozuelo Yvancos, Martínez Bonati y García Berrio han estudiado la verdad literaria, entre otros. ¿Ha habido en España una “escuela” sobre las teorías de la ficcionalidad?
A.G.: En España, el debate sobre la ficción lo desarrollaron fundamentalmente Darío Villanueva, Tomás Albaladejo y José María Pozuelo.
La ficción construye mundos gracias al dinamismo de la imaginación y a las virtualidades del texto literario, a los que acceden los lectores a través de canales como la lengua y la interpretación. El concepto de mímesis comenzó a deteriorarse a partir del Renacimiento al ampliar su ámbito a la “imitación de la naturaleza”; sus virtualidades se extinguen con la llegada de las corrientes románticas, aunque en el siglo XX ha vuelto a ser recuperado desde ámbitos muy diversos (Adorno, Derrida, Ricoeur, etc.). Es propio del conocimiento científico que, de cuando en cuando, surjan nuevos paradigmas, nuevos enfoques sobre la realidad, como expresión de los nuevos modos de abordarla. En el ámbito de la teoría literaria ocurre algo parecido: ahí están, para testimoniarlo, las diferentes corrientes: acceso extrínseco, inmanentismo, semiótica, pragmática, poética de lo imaginario, cognitismo, etc. De ahí que conceptos que han sido muy rentables durante un tiempo dejan paso a otros que, de alguna manera, responden mejor a las exigencias de los nuevos tiempos: mímesis, función poética, acto de habla, mundo ficcional, etc. Una razón muy importante es que la literatura –y, específicamente, la ficción narrativa: piénsese en Kafka, Borges, Cortázar o García Márquez, entre otros muchos- se ha vuelto tan audaz que los instrumentos convencionales de análisis han envejecido y hay que proceder a su renovación. En Breve historia de la poética, Dolezel alude a cómo, en pleno siglo XVIII, se recupera el viejo concepto leibniziano de mundo posible por parte de autores como Bodmer y Bretinger, cómo, posteriormente, en el XX, es la filosofía analítica la que se encarga de su rehabilitación y, seguidamente, los estudiosos de la ficción literaria.
A.L.: La teoría de los mundos de ficción procede en buena medida de la filosofía analítica. Algunos sospechan que es una forma subrepticia de colar la teología en el debate filosófico y literario. ¿Cómo lo ve usted?
A.G.: Mundo posible es originalmente una entidad puramente lógica, que es aprovechada por los estudiosos de la literatura para ofrecer una solución a algunos problemas pendientes en su ámbito. Con todo, la recuperación se lleva a cabo con dos restricciones importantes: los mundos literarios admiten contradicciones -en los mundos posibles de la lógica eso no se tolera- y, respecto de Leibniz, los mundos que ella pone en pie no preexisten al momento de su creación (se echaría por tierra el poder demiúrgico del escritor). Son mundos construidos, no descritos (no preexistentes, por tanto, al acto de su creación).
No creo que haya tantas polémicas en el ámbito de la teoría de la ficción; en el caso de J. R. Searle, es más bien un problema de edad. Searle se ha convertido con el paso del tiempo en una especie de carabinero del realismo, que arremete con todo el ímpetu que sus fuerzas le permiten contra los excesos del constructivismo goodmaniano y, en general, el escepticismo que caracteriza el pensamiento y la cultura contemporáneos. Para él, esas perspectivas disuelven la realidad, por lo que rechaza contundentemente dichos planteamientos. Sostiene que hay que seguir abonados al realismo y, en parte, tenemos que ser comprensivos con su posición. Los nuevos planteamientos sobre los mundos posibles lo desbordan en gran medida.
De Leibniz sólo se ha conservado la idea de mundo posible. Hoy nadie afirma que estén en la mente de Dios; así que no creo que haya una intención teológica oculta en tal concepción. Una novela instaura un microcosmos y esa forma de verlo resulta útil: el mundo posible como continente de un microcosmos donde, al fin y al cabo, existe una atmósfera, una fauna y unas leyes físicas a gusto del autor. En pocas palabras, es un universo que sirve a los fines de la historia.
A.L.: Albaladejo es otro de los autores que ha tratado el tema de la ficción. Propone una teoría de los máximos semánticos. ¿No hay demasiadas clasificaciones?
A.G.: Hay términos no del todo coincidentes. Albaladejo habla de modelos de mundo, que son conjuntos de instrucciones para construir mundos, que pueden ser realistas, verosímiles o fantásticos. Benjamin Harshaw habla, por su parte, de campos de referencia. Todos estos planteamientos están dentro del llamado enfoque semántico, es decir, planteamientos preocupados por cómo son por dentro los mundos construidos por la literatura. Se aplican fundamentalmente al género narrativo, aunque son extensibles al lírico y al dramático.
Mi opinión es que estos conceptos deberían terminar dando lugar a planteamientos metodológicos, esto es, desembocar en el análisis de los textos. Se trata de conceptos generales que se vuelven operativos cuando se aplican a los textos. Tengo la esperanza de que la narratología aproveche los estudios de la ficción para replantear las estrategias de análisis y hablar, señala Dolezel, de los personajes como “entes de ficción”, que no necesitan un correlato en el llamado mundo real para existir.
A.L.: Los mundos posibles son paradójicos. Por un lado, la idea de mundo te obliga a pensar necesariamente en el mundo real. Por otro, la ficción parece querer escapar del mundo de referencia y ser autónoma, antimimética. ¿Cómo se conjuga esta tensión entre un mundo de ficción deudor del mundo real y un mundo imaginario sin un origen mimético?
A.G.: Se olvida con mucha frecuencia que la realidad es todo: también la parte no tangible, no física, como son los mundos mentales, que existen en la mente del autor y de los lectores. Insisto una vez más en que la realidad es todo y abarca tanto lo material como lo espiritual. La ficción vendría a ser la otra cara de la realidad. El ser humano es, desde el principio de los tiempos, un consumidor empedernido de ficciones sin duda porque los mundos ficcionales lo complementan aportándole aquello que la realidad le niega.
Paul Ricoeur lo dice muy sensatamente: “Si la literatura no habla del mundo, ¿de qué va a hablar?” La literatura siempre manipula materiales de la realidad, física o psicológica. Si admitimos que hay un mundo más denso en términos semántico-ontológicos, todos los demás mundos han de ser un reflejo suyo. En cambio, si partimos, como sugiere Dolezel, del supuesto de que, desde los mismos comienzos, hay múltiples mundos con la misma fuerza ontológica, el modelo mimético no se sostiene. Hace falta un modelo explicativo para las audacias de la literatura del siglo XX y los años que llevamos del XXI.
A.L.: ¿Qué futuro le espera a los mundos ficcionales?
A.G.: El cine –que, como es sabido, ha influido mucho en la literatura ficcional- se ha ido apropiando sistemáticamente de los desarrollos de la narratología. Puede que haga algo similar con la teoría de los mundos ficcionales. Creo que las teorías de la ficción van a tener trascendencia en campos afines a la literatura. Después de todo, en el cine también se instaura un mundo posible de naturaleza mucho más visible que los de la literatura. Se deshará sin duda el entuerto, según el cual lo ficcional es privativo del arte. La ficción es el otro lado de la realidad. El artículo de Iser sobre la dimensión antropológica de la ficción es paradigmático: el ser humano puede conocerse únicamente proyectándose en el espejo de la ficción (nadie puede contemplar su propia nuca, por decirlo de manera gráfica). Y lo que vemos en el arte es nuestra imagen potenciada y analizada.
A.L.: Le agradezco su amabilidad y disposición.
A.G.: La belleza es algo que compensa la angustia de vivir en un mundo tan convulso, un mundo que, bien pensado, no concentra todas las maldades, pues el pasado encierra muchos horrores ya olvidados. En cualquier caso, la ficción es un buen antídoto contra la negatividad.
6 de noviembre de 2013
Andrés Lomeña
jueves, 24 de octubre de 2013
ENTREVISTA CON ELAINE FREEDGOOD
Interesantísima entrevista (para mí, claro xd). Deseando leer "Worlds enough" cuando lo publique.
ENTREVISTA CON ELAINE FREEDGOOD
ANDRÉS LOMEÑA: The ideas in Things explora la cultura material de las novelas victorianas. Por ejemplo, traza la historia de la caoba, un relato desconocido sobre imperios y deforestación. ¿Por qué no podemos rescatar el significado completo de esos objetos? Es lo que ha llamado “significados fugitivos”.
ELAINE FREEDGOOD: El significado es fugitivo porque perdemos gran parte del mismo a lo largo del tiempo, y lo perdemos debido a los métodos de la crítica literaria que nos enseñan a ignorar la denotación, lo material, lo literal. Si los objetos en los textos literarios no parecen tener un significado “simbólico”, entonces tendemos (nos han enseñado) a pasar por encima de ellos.
A.L.: ¿Es la hermenéutica una forma de universalizar y descontextualizar el significado de los objetos? En otras palabras, ¿está de acuerdo con Susan Sontag en su oposición a la interpretación?
E.F.: Sí, estoy contra la interpretación entendida como un tipo reflexivo de lectura en el que las convenciones de la crítica literaria se despliegan sin ningún replanteamiento de las mismas. La historia de la crítica literaria (hasta hace muy poco) se desquiciaba con las lecturas “ingenuas” o “literales”. Lo literal se demoniza constantemente y eso a pesar de que las lecturas literales son con frecuencia bastante difíciles. ¿Cómo empezar a comprender la tecnología minera en Zola o la terminología náutica en Conrad y Stevenson, por ejemplo? He coeditado, junto con Cannon Schmitt, un número de Representations llamado “Denotatively, Technically, Literally” que aborda estas cuestiones... ¡saldrá muy pronto!
A.L.: Desde los formalistas rusos y Propp hasta Greimas y Genette, las funciones y la trama han sido las herramientas más importantes para analizar la obra literaria. ¿Cuáles son las consecuencias de su cambio metodológico para la sociología de la literatura y para la narratología? Su protocolo de lectura no diferencia claramente entre sujetos y objetos, lo que la acerca, a mi juicio, al modo de trabajo de Bruno Latour.
E.F.: Conocí a Latour después de haber terminado The Ideas in Things, pero me hubiera gustado haberle leído antes. Para él, los objetos tienen agencia. Creo que habría escrito un libro más radical si lo hubiera tenido presente. Las consecuencias de pensar sobre las cosas para la narratología son muchas: temas de referencia, ruptura diegética, “realismo” histórico y otros asuntos se vuelven más delicados si nos tomamos las cosas seriamente, es decir, literalmente. Para la sociología de la literatura, pensar seriamente sobre las cosas significa analizar por qué no hemos pensado sobre ello antes y qué tipo de división del trabajo ha sido implantada para este persistente alejamiento de lo material y lo literal.
A.L.: ¿Hasta qué punto puede ampliarse su estudio? Me pregunto si su nuevo protocolo de lectura sirve en novelas no realistas, como la fantasía o la ciencia-ficción.
E.F.: Ya hay algunas buenas revisiones a mi obra acerca de cómo expandir el marco histórico en el que se examinan los objetos, cómo ir más allá en la relación de las mercancías y cómo proceder en otros géneros literarios. Me encantaría ver un uso de mi obra en la ciencia-ficción. No estoy segura de cómo sería. Hace poco intenté usar el método en algunas cartas reales escritas por enfermeras en la Colonial Nursing Association y no tuvo mucho sentido.
A.L.: No puedo esperar para leer su próxima obra: Worlds enough: Fictionality and reference in the 19th-Century Novel. Supongo que piensa poner en orden la semántica de los mundos posibles. ¿Qué nos puede anticipar de su nuevo trabajo?
E.F.: Sí, voy a ponerlo todo en orden de una vez por todas. Y luego me tomaré un descanso. Estoy haciendo campaña por un mundo único. Creo que una de las mayores tecnologías de la ficción narrativa es la producción de mundos posibles y los liberales quieren este ilustre dominio inmanente de múltiples espacios para flexionar sus músculos. Es una forma de imperialismo abstracto. De hecho, todos vivimos juntos en un mundo único y prestar atención a eso de forma conceptual y lingüística es crítico para nuestro futuro como planeta.
A.L.: No parece muy amiga de los mundos posibles. Y yo que entendía esta teoría como una herramienta liberadora en busca de imaginación y nuevas posibilidades.
E.F.: No tengo una posición per se sobre las teorías de los mundos posibles. Creo que son sintomáticas de lo que produce la ficción narrativa entendida como una tecnología de la cultura: la idea de que podemos habitar, física y mentalmente, tantos mundos como necesitemos para satisfacer nuestros mecanismos psicológicos de defensa, mecanismos que en realidad necesitamos para producir y alterar nuestras creencias. No creo que la crítica literaria sea reaccionaria, sino que la ficción narrativa nos ha ofrecido un sueño de expansión infinita y que esa expansibilidad tiene grandes efectos distópicos.
A.L.: ¿Alguna valoración final?
E.F.: Vivimos en un mundo terrible y el estudio de la literatura es ahora más importante que nunca. Las representaciones literarias tienen formas muy particulares de contarnos cómo y por qué el mundo es horrible y nos permite imaginarlo de otra manera. Nos recuerda el poder del pensamiento y la esperanza que han producido las obras literarias y sus análisis. Pienso en Eric Auerbach escribiendo desde el exilio (aunque Emily Apter nos ha mostrado que ese exilio no fue tan deprimente cómo pensamos). Estuvo separado de sus amigos, de su universidad, de su biblioteca y aun así lo más importante que podía hacer era escribir sobre literatura. Confiaba en que ese libro llegaría a sus amigos. Yo siempre estoy esperando lo mismo y saber de ti ha sido mi versión de esa esperanza privilegiada y dichosa. Gracias por tus magníficas preguntas.
Andrés Lomeña
24 de octubre de 2013
ENTREVISTA CON ELAINE FREEDGOOD
ANDRÉS LOMEÑA: The ideas in Things explora la cultura material de las novelas victorianas. Por ejemplo, traza la historia de la caoba, un relato desconocido sobre imperios y deforestación. ¿Por qué no podemos rescatar el significado completo de esos objetos? Es lo que ha llamado “significados fugitivos”.
ELAINE FREEDGOOD: El significado es fugitivo porque perdemos gran parte del mismo a lo largo del tiempo, y lo perdemos debido a los métodos de la crítica literaria que nos enseñan a ignorar la denotación, lo material, lo literal. Si los objetos en los textos literarios no parecen tener un significado “simbólico”, entonces tendemos (nos han enseñado) a pasar por encima de ellos.
A.L.: ¿Es la hermenéutica una forma de universalizar y descontextualizar el significado de los objetos? En otras palabras, ¿está de acuerdo con Susan Sontag en su oposición a la interpretación?
E.F.: Sí, estoy contra la interpretación entendida como un tipo reflexivo de lectura en el que las convenciones de la crítica literaria se despliegan sin ningún replanteamiento de las mismas. La historia de la crítica literaria (hasta hace muy poco) se desquiciaba con las lecturas “ingenuas” o “literales”. Lo literal se demoniza constantemente y eso a pesar de que las lecturas literales son con frecuencia bastante difíciles. ¿Cómo empezar a comprender la tecnología minera en Zola o la terminología náutica en Conrad y Stevenson, por ejemplo? He coeditado, junto con Cannon Schmitt, un número de Representations llamado “Denotatively, Technically, Literally” que aborda estas cuestiones... ¡saldrá muy pronto!
A.L.: Desde los formalistas rusos y Propp hasta Greimas y Genette, las funciones y la trama han sido las herramientas más importantes para analizar la obra literaria. ¿Cuáles son las consecuencias de su cambio metodológico para la sociología de la literatura y para la narratología? Su protocolo de lectura no diferencia claramente entre sujetos y objetos, lo que la acerca, a mi juicio, al modo de trabajo de Bruno Latour.
E.F.: Conocí a Latour después de haber terminado The Ideas in Things, pero me hubiera gustado haberle leído antes. Para él, los objetos tienen agencia. Creo que habría escrito un libro más radical si lo hubiera tenido presente. Las consecuencias de pensar sobre las cosas para la narratología son muchas: temas de referencia, ruptura diegética, “realismo” histórico y otros asuntos se vuelven más delicados si nos tomamos las cosas seriamente, es decir, literalmente. Para la sociología de la literatura, pensar seriamente sobre las cosas significa analizar por qué no hemos pensado sobre ello antes y qué tipo de división del trabajo ha sido implantada para este persistente alejamiento de lo material y lo literal.
A.L.: ¿Hasta qué punto puede ampliarse su estudio? Me pregunto si su nuevo protocolo de lectura sirve en novelas no realistas, como la fantasía o la ciencia-ficción.
E.F.: Ya hay algunas buenas revisiones a mi obra acerca de cómo expandir el marco histórico en el que se examinan los objetos, cómo ir más allá en la relación de las mercancías y cómo proceder en otros géneros literarios. Me encantaría ver un uso de mi obra en la ciencia-ficción. No estoy segura de cómo sería. Hace poco intenté usar el método en algunas cartas reales escritas por enfermeras en la Colonial Nursing Association y no tuvo mucho sentido.
A.L.: No puedo esperar para leer su próxima obra: Worlds enough: Fictionality and reference in the 19th-Century Novel. Supongo que piensa poner en orden la semántica de los mundos posibles. ¿Qué nos puede anticipar de su nuevo trabajo?
E.F.: Sí, voy a ponerlo todo en orden de una vez por todas. Y luego me tomaré un descanso. Estoy haciendo campaña por un mundo único. Creo que una de las mayores tecnologías de la ficción narrativa es la producción de mundos posibles y los liberales quieren este ilustre dominio inmanente de múltiples espacios para flexionar sus músculos. Es una forma de imperialismo abstracto. De hecho, todos vivimos juntos en un mundo único y prestar atención a eso de forma conceptual y lingüística es crítico para nuestro futuro como planeta.
A.L.: No parece muy amiga de los mundos posibles. Y yo que entendía esta teoría como una herramienta liberadora en busca de imaginación y nuevas posibilidades.
E.F.: No tengo una posición per se sobre las teorías de los mundos posibles. Creo que son sintomáticas de lo que produce la ficción narrativa entendida como una tecnología de la cultura: la idea de que podemos habitar, física y mentalmente, tantos mundos como necesitemos para satisfacer nuestros mecanismos psicológicos de defensa, mecanismos que en realidad necesitamos para producir y alterar nuestras creencias. No creo que la crítica literaria sea reaccionaria, sino que la ficción narrativa nos ha ofrecido un sueño de expansión infinita y que esa expansibilidad tiene grandes efectos distópicos.
A.L.: ¿Alguna valoración final?
E.F.: Vivimos en un mundo terrible y el estudio de la literatura es ahora más importante que nunca. Las representaciones literarias tienen formas muy particulares de contarnos cómo y por qué el mundo es horrible y nos permite imaginarlo de otra manera. Nos recuerda el poder del pensamiento y la esperanza que han producido las obras literarias y sus análisis. Pienso en Eric Auerbach escribiendo desde el exilio (aunque Emily Apter nos ha mostrado que ese exilio no fue tan deprimente cómo pensamos). Estuvo separado de sus amigos, de su universidad, de su biblioteca y aun así lo más importante que podía hacer era escribir sobre literatura. Confiaba en que ese libro llegaría a sus amigos. Yo siempre estoy esperando lo mismo y saber de ti ha sido mi versión de esa esperanza privilegiada y dichosa. Gracias por tus magníficas preguntas.
Andrés Lomeña
24 de octubre de 2013
sábado, 5 de octubre de 2013
ENTREVISTA CON FRÉDÉRIQUE AÏT-TOUATI
FICTIONS OF THE COSMOS es una obra maestra de los estudios de la ciencia y la literatura.
ENTREVISTA CON FRÉDÉRIQUE AÏT-TOUATI
ANDRÉS LOMEÑA: En primer lugar, le felicito por su merecido premio MLA-Scaglione de Literatura Comparada. Eric Hayot elogió su libro Fictions of the cosmos y no me sorprende en absoluto. ¿Cuánto le ha llevado completar este proyecto y cuáles fueron los principales obstáculos en su investigación?
FRÉDÉRIQUE AÏT-TOUATI: El proyecto tiene una historia muy larga y nace de mi amor por la literatura, las ciencias y las técnicas. Nunca entendí por qué tantas personas las consideran culturas opuestas, cuando en realidad tienen mucho en común. Una de mis primeras aspiraciones era comprender este “malentendido”, por así decirlo, y regresar al origen de la división. Tuve que estudiar historia de las ciencias e historia de la literatura, que era en lo que había formado inicialmente. Estuve algunos años en la Universidad de Cambridge con Simon Schaffer para aprender lo suficiente sobre ciencia y así poder adentrarme en los textos científicos y literarios. El proyecto en sí era para un doctorado, pero luego se convirtió en dos libros: Fictions of the Cosmos para la editorial de la Universidad de Chicago, y Contes de la Lune para Gallimard, un breve ensayo dedicado a la relación entre ficción y pensamiento científico.
Todo el proceso me llevó alrededor de seis años y estuvo lleno de obstáculos, pero también conté con colaboradores y con la ayuda de mucha gente. El principal obstáculo era convencer a los teóricos de la literatura de que es pertinente estudiar juntos los textos literarios y los científicos, y que no pertenecen a reinos apartados de la mente humana. Es llamativo que los historiadores de la ciencia (al menos a quienes he conocido de los science studies: Bruno Latour, Simon Schaffer, Peter Galison y Lorraine Daston) fueron mucho más abiertos a mi hipótesis y recibieron con gran generosidad y curiosidad a una académica de la literatura interesada en los textos científicos. El mayor obstáculo conceptual era definir las nociones más volubles: ficción, hipótesis, probabilidad o verosimilitud varían su significado tanto en el dominio científico como en el literario. Tuve que redefinir cuidadosamente esos conceptos para saber dónde se interpolaban.
A.L.: Usted distingue lo “ficticio” (la ilusión, el error, el engaño) de lo “ficcional” (una herramienta heurística más). También intenta superar las dicotomías entre hechos y ficciones, entre lo científico y lo literario, a la vez que narra los viajes cósmicos y los sueños de autores como Kepler, Hooke, Huygens y Fontenelle. Incluso llega a sugerir que la astronomía y las controversias científicas están en el corazón del nacimiento de la novela como género. ¿Era su propósito darle una “nueva dignidad” a la ficción y a la ciencia?
F.AÏT-T.: Sí, llevas toda la razón. Estudiando textos de Kepler, Hooke y otros filósofos naturales de la época descubrí que la ficción era en realidad una herramienta importante. De hecho, una de las más importantes al servicio de los astrónomos. Por otro lado, estaba aturdida por el desprecio de algunos críticos cuando hablaban sobre la “ficción”, o incluso sobre la literatura en general, como si pertenecieran al reino de la fantasía, los sueños y otras bagatelas. Al confrontar este prejuicio con el uso “serio” de la ficción, mi ambición era redefinir la ficción como una capacidad esencial de la mente humana para imaginar, probar e intentar: una herramienta heurística. En otras palabras, estaba intentando dar una nueva dignidad ontológica a los seres de ficción que habitaban nuestras vidas, nuestro mundo y que lo transforman de diferentes formas.
El resultado de mi investigación fue ir más allá de la dicotomía que usamos normalmente (especialmente entre hechos y ficciones) para entender los diversos grados de ficcionalidad, más que tener una visión en blanco y negro en la que algo es o ficticio o real; en los textos que he estudiado hay más o menos ficción, pero siempre hay algo de ficción, la cual es difícil de localizar y aislar de los “hechos”. Eso es lo que me fascina de la ficción: ver hasta qué punto penetra en los textos fácticos y en nuestra realidad. En cuanto a la ciencia, es muy provocativo afirmar que está hecha tanto de “ficciones” como de hechos. Una vez más, esto sólo es un problema si la ficción significa mentira. Si la ficción significa hipótesis, intentos, narrativa, investigación, uno comprende de inmediato por qué es tan central para el proceso científico.
A.L.: Su libro se centra en el siglo XVII y he disfrutado de capítulos maravillosos como el que dedica a Margaret Cavendish, una autora a la que nadie conoce por estos lares. ¿Leeremos sobre nuevos autores y épocas en la antología que prepara sobre ciencia y literatura? Echo en falta a novelistas como Julio Verne y H.G. Wells.
F.AÏT-T.: El siglo XVII fue un punto de partida ideal para mi investigación porque aquello fue antes de “la gran bifurcación” que menciono en la conclusión: antes de que hubiera una gran separación entre las instituciones y los modelos educativos. Uno podía ser astrónomo “y” poeta, como Kepler; escritor “y” matemático, como Fontenelle, y así sucesivamente. Desde el siglo XVIII en adelante, las cosas cambian y escritores como Julio Verne y H.G. Wells tienen que cruzar una frontera. La relación entre la ciencia y la literatura es más como una relación de préstamos y apropiaciones. Eso también es muy interesante, pues hay un nuevo tipo de conexiones que me gustaría evocar en la antología que preparo.
A.L.: Según su explicación, las ficciones y las visiones se fueron reemplazando por imágenes que suponían un nuevo estatus de la “prueba científica”. En la actualidad, las imágenes ya no son grandes creadoras de verdad porque pueden ser modificadas digitalmente. ¿Qué puede decirnos sobre su próximo proyecto acerca de la historia de la percepción?
F.AÏT-T.: Me interesa mucho la historia de los conceptos que se ven como ahistóricos. Uno de mis grandes modelos ha sido el libro Objetividad de Raine Daston y Peter Galison. El concepto de percepción es un ejemplo fascinante de cómo una idea cambió a través del tiempo. La forma de ver el mundo no ha sido siempre igual. En ese sentido, el estatus de las imágenes será crucial en mi próximo libro. Éstas llegan a ser pruebas durante el siglo XVII y en la actualidad pueden transformarse y trucarse. ¿Cuáles son nuestras nuevas pruebas? ¿En qué podemos creer? En este proyecto, al igual que en el anterior, estoy interesada en los intercambios entre la historia de la tecnología, el arte y la literatura.
A.L.: Usted propone añadir al estudio de la literatura una “lógica óptica” con dos características: el distanciamiento y la distorsión. ¿Aspira a contribuir de manera significativa a la teoría de los mundos ficcionales?
F.AÏT-T.: No sé si eso puede ser una contribución a la teoría de los mundos ficcionales, pero espero que lo sea a la teoría general de la ficción. En muchos textos literarios y científicos, la escritura es una forma de decir cómo ves el mundo. La relación entre la ficción y la óptica es cada vez más nítida en mi investigación, de ahí que el nuevo proyecto vaya sobre visión y percepción. Mi hipótesis actual (que aún necesito contrastar) es que la ficción puede interpretarse como una herramienta más (entre muchas otras, especialmente los instrumentos científicos) para ver y describir el mundo.
A.L.: Me consta que ha colaborado con Bruno Latour en el Gaïa Global Circus...
F.AÏT-T.: Sí. Es una experiencia fascinante de creación e investigación. He trabajado en este proyecto como directora de escena y como investigadora. Para mí fue una oportunidad de probar mi propia tesis: el arte y el pensamiento no están divididos, pertenecen al mismo mundo y la división entre los llamados “artistas” y los “investigadores” es problemática. Ésta es una de las cosas que dividen nuestras mentes y nos impiden considerar los problemas a escala completa. Gaïa Global Circus es un proyecto teatral que empezamos con Bruno Latour hace cuatro años y se estrenó la semana pasada en Toulouse. La obra se representará en Reims, Karlsruhe, Neuchatel, Estados Unidos y quizás en Brasil. La ciencia y el teatro se unen para intentar afrontar, con las herramientas dramatúrgicas, esta nueva entidad que Bruno llama Gaïa, pero esto podría ser el tema de otra entrevista...
A.L.: Seguiré muy atento a su obra. Muchas gracias.
F.AÏT-T.: Gracias a ti por tu interés y por favor, ven a la obra de teatro: estamos intentando experimentar sobre el escenario con el poder de la ficción...
Andrés Lomeña
5 de octubre de 2013
ENTREVISTA CON FRÉDÉRIQUE AÏT-TOUATI
ANDRÉS LOMEÑA: En primer lugar, le felicito por su merecido premio MLA-Scaglione de Literatura Comparada. Eric Hayot elogió su libro Fictions of the cosmos y no me sorprende en absoluto. ¿Cuánto le ha llevado completar este proyecto y cuáles fueron los principales obstáculos en su investigación?
FRÉDÉRIQUE AÏT-TOUATI: El proyecto tiene una historia muy larga y nace de mi amor por la literatura, las ciencias y las técnicas. Nunca entendí por qué tantas personas las consideran culturas opuestas, cuando en realidad tienen mucho en común. Una de mis primeras aspiraciones era comprender este “malentendido”, por así decirlo, y regresar al origen de la división. Tuve que estudiar historia de las ciencias e historia de la literatura, que era en lo que había formado inicialmente. Estuve algunos años en la Universidad de Cambridge con Simon Schaffer para aprender lo suficiente sobre ciencia y así poder adentrarme en los textos científicos y literarios. El proyecto en sí era para un doctorado, pero luego se convirtió en dos libros: Fictions of the Cosmos para la editorial de la Universidad de Chicago, y Contes de la Lune para Gallimard, un breve ensayo dedicado a la relación entre ficción y pensamiento científico.
Todo el proceso me llevó alrededor de seis años y estuvo lleno de obstáculos, pero también conté con colaboradores y con la ayuda de mucha gente. El principal obstáculo era convencer a los teóricos de la literatura de que es pertinente estudiar juntos los textos literarios y los científicos, y que no pertenecen a reinos apartados de la mente humana. Es llamativo que los historiadores de la ciencia (al menos a quienes he conocido de los science studies: Bruno Latour, Simon Schaffer, Peter Galison y Lorraine Daston) fueron mucho más abiertos a mi hipótesis y recibieron con gran generosidad y curiosidad a una académica de la literatura interesada en los textos científicos. El mayor obstáculo conceptual era definir las nociones más volubles: ficción, hipótesis, probabilidad o verosimilitud varían su significado tanto en el dominio científico como en el literario. Tuve que redefinir cuidadosamente esos conceptos para saber dónde se interpolaban.
A.L.: Usted distingue lo “ficticio” (la ilusión, el error, el engaño) de lo “ficcional” (una herramienta heurística más). También intenta superar las dicotomías entre hechos y ficciones, entre lo científico y lo literario, a la vez que narra los viajes cósmicos y los sueños de autores como Kepler, Hooke, Huygens y Fontenelle. Incluso llega a sugerir que la astronomía y las controversias científicas están en el corazón del nacimiento de la novela como género. ¿Era su propósito darle una “nueva dignidad” a la ficción y a la ciencia?
F.AÏT-T.: Sí, llevas toda la razón. Estudiando textos de Kepler, Hooke y otros filósofos naturales de la época descubrí que la ficción era en realidad una herramienta importante. De hecho, una de las más importantes al servicio de los astrónomos. Por otro lado, estaba aturdida por el desprecio de algunos críticos cuando hablaban sobre la “ficción”, o incluso sobre la literatura en general, como si pertenecieran al reino de la fantasía, los sueños y otras bagatelas. Al confrontar este prejuicio con el uso “serio” de la ficción, mi ambición era redefinir la ficción como una capacidad esencial de la mente humana para imaginar, probar e intentar: una herramienta heurística. En otras palabras, estaba intentando dar una nueva dignidad ontológica a los seres de ficción que habitaban nuestras vidas, nuestro mundo y que lo transforman de diferentes formas.
El resultado de mi investigación fue ir más allá de la dicotomía que usamos normalmente (especialmente entre hechos y ficciones) para entender los diversos grados de ficcionalidad, más que tener una visión en blanco y negro en la que algo es o ficticio o real; en los textos que he estudiado hay más o menos ficción, pero siempre hay algo de ficción, la cual es difícil de localizar y aislar de los “hechos”. Eso es lo que me fascina de la ficción: ver hasta qué punto penetra en los textos fácticos y en nuestra realidad. En cuanto a la ciencia, es muy provocativo afirmar que está hecha tanto de “ficciones” como de hechos. Una vez más, esto sólo es un problema si la ficción significa mentira. Si la ficción significa hipótesis, intentos, narrativa, investigación, uno comprende de inmediato por qué es tan central para el proceso científico.
A.L.: Su libro se centra en el siglo XVII y he disfrutado de capítulos maravillosos como el que dedica a Margaret Cavendish, una autora a la que nadie conoce por estos lares. ¿Leeremos sobre nuevos autores y épocas en la antología que prepara sobre ciencia y literatura? Echo en falta a novelistas como Julio Verne y H.G. Wells.
F.AÏT-T.: El siglo XVII fue un punto de partida ideal para mi investigación porque aquello fue antes de “la gran bifurcación” que menciono en la conclusión: antes de que hubiera una gran separación entre las instituciones y los modelos educativos. Uno podía ser astrónomo “y” poeta, como Kepler; escritor “y” matemático, como Fontenelle, y así sucesivamente. Desde el siglo XVIII en adelante, las cosas cambian y escritores como Julio Verne y H.G. Wells tienen que cruzar una frontera. La relación entre la ciencia y la literatura es más como una relación de préstamos y apropiaciones. Eso también es muy interesante, pues hay un nuevo tipo de conexiones que me gustaría evocar en la antología que preparo.
A.L.: Según su explicación, las ficciones y las visiones se fueron reemplazando por imágenes que suponían un nuevo estatus de la “prueba científica”. En la actualidad, las imágenes ya no son grandes creadoras de verdad porque pueden ser modificadas digitalmente. ¿Qué puede decirnos sobre su próximo proyecto acerca de la historia de la percepción?
F.AÏT-T.: Me interesa mucho la historia de los conceptos que se ven como ahistóricos. Uno de mis grandes modelos ha sido el libro Objetividad de Raine Daston y Peter Galison. El concepto de percepción es un ejemplo fascinante de cómo una idea cambió a través del tiempo. La forma de ver el mundo no ha sido siempre igual. En ese sentido, el estatus de las imágenes será crucial en mi próximo libro. Éstas llegan a ser pruebas durante el siglo XVII y en la actualidad pueden transformarse y trucarse. ¿Cuáles son nuestras nuevas pruebas? ¿En qué podemos creer? En este proyecto, al igual que en el anterior, estoy interesada en los intercambios entre la historia de la tecnología, el arte y la literatura.
A.L.: Usted propone añadir al estudio de la literatura una “lógica óptica” con dos características: el distanciamiento y la distorsión. ¿Aspira a contribuir de manera significativa a la teoría de los mundos ficcionales?
F.AÏT-T.: No sé si eso puede ser una contribución a la teoría de los mundos ficcionales, pero espero que lo sea a la teoría general de la ficción. En muchos textos literarios y científicos, la escritura es una forma de decir cómo ves el mundo. La relación entre la ficción y la óptica es cada vez más nítida en mi investigación, de ahí que el nuevo proyecto vaya sobre visión y percepción. Mi hipótesis actual (que aún necesito contrastar) es que la ficción puede interpretarse como una herramienta más (entre muchas otras, especialmente los instrumentos científicos) para ver y describir el mundo.
A.L.: Me consta que ha colaborado con Bruno Latour en el Gaïa Global Circus...
F.AÏT-T.: Sí. Es una experiencia fascinante de creación e investigación. He trabajado en este proyecto como directora de escena y como investigadora. Para mí fue una oportunidad de probar mi propia tesis: el arte y el pensamiento no están divididos, pertenecen al mismo mundo y la división entre los llamados “artistas” y los “investigadores” es problemática. Ésta es una de las cosas que dividen nuestras mentes y nos impiden considerar los problemas a escala completa. Gaïa Global Circus es un proyecto teatral que empezamos con Bruno Latour hace cuatro años y se estrenó la semana pasada en Toulouse. La obra se representará en Reims, Karlsruhe, Neuchatel, Estados Unidos y quizás en Brasil. La ciencia y el teatro se unen para intentar afrontar, con las herramientas dramatúrgicas, esta nueva entidad que Bruno llama Gaïa, pero esto podría ser el tema de otra entrevista...
A.L.: Seguiré muy atento a su obra. Muchas gracias.
F.AÏT-T.: Gracias a ti por tu interés y por favor, ven a la obra de teatro: estamos intentando experimentar sobre el escenario con el poder de la ficción...
Andrés Lomeña
5 de octubre de 2013
domingo, 29 de septiembre de 2013
ENTREVISTA CON LUCIANO FLORIDI
El autor de una tetralogía, aún sin terminar, sobre la FILOSOFÍA DE LA INFORMACIÓN.
ENTREVISTA CON LUCIANO FLORIDI
ANDRÉS LOMEÑA: La filosofía de la información es el primer volumen de una trilogía. ¿Cuánto ha tardado en concebirla y cuándo leeremos el segundo y el tercer volumen?
LUCIANO FLORIDI: Me llevó más de una década, sobre todo porque tardé mucho tiempo en ver lo que era obvio: la filosofía de nuestro tiempo es la filosofía de la información. Ahora parece absolutamente trivial sostener que la filosofía necesita abordar seriamente el fenómeno informacional y ofrecer a nuestra sociedad mejores herramientas conceptuales para comprender y dar forma a nuestras realidades. Después de establecer el marco general para una filosofía de la información, el resto del proyecto fue fácil. Ahora se ha convertido en una tetralogía. El volumen dos, The Ethics of Information, se acaba de publicar. Los otros dos volúmenes, The Policies of Information y The Elements of Information, están aún en fase de desarrollo. Me mantendrán ocupado durante un tiempo.
A.L.: Ha escrito sobre la Inteligencia Artificial como un antecedente en la aparición de la filosofía de la información. Para mí, las promesas de la Inteligencia Artificial están muertas, aunque hay quien sigue creyendo en la “transferencia mental” y en otros tópicos de la ciencia-ficción. ¿Usted confía o descree de la IA?
L.F.: La Inteligencia Artificial pueden ser muchas cosas. En un extremo del espectro, se presenta como un campo serio de la ingeniería, con investigaciones y aplicaciones que nos han dado algunas de las tecnologías que usamos hoy, desde los vehículos sin tripulación a los traductores automáticos. Los límites de este tipo de Inteligencia Artificial y de las tecnologías inteligentes son los límites de nuestros recursos: inteligencia, inventiva, física (algunas cosas son simplemente imposibles, como viajar más rápido que la luz) y dinero (algunas cosas son perfectamente posibles pero inviables: piensa en el Concorde y los vuelos supersónicos). Al otro lado del espectro están las formas ficcionales de la Inteligencia Artificial. Según esta perspectiva, podremos construir robots como nosotros o incluso mejor que nosotros, transferir nuestras mentes en los cuerpos, teletransportarnos, etcétera. En general, se trata del viejo sueño de la humanidad. Por supuesto, el sueño se convierte en una pesadilla si imaginamos a los robots dominándonos.
La transferencia mental podemos dejarla para Hollywood. No debería confundirse con las teorías filosóficas que tratan de entender si la realidad puede ser interpretada informacionalmente. Creo que esto es un proyecto intelectual que merece la pena porque una interpretación así nos ayudará a hacernos más conscientes de nuestras vidas en un mundo cada vez más dependiente de las tecnologías de la información. No confundamos la filosofía con la ciencia-ficción.
A.L.: David Chalmers ha intentado prolongar el trabajo de Carnap para lograr una descripción lógica y completa del mundo. Para Chalmers, todas las verdades pueden extraerse de un conjunto básico de verdades. ¿Es posible esa gramática del mundo?
L.F.: Desde el tiempo de los enciclopedistas, hemos estado pensando en la descripción definitiva del mundo mediante un “gran relato”. Es un error comprensible. No olvides que el proyecto de Carnap terminó en un fracaso. Un filósofo mucho mejor tuvo una visión más acertada sobre la posibilidad de conocer el mundo. Kant, como sabes, sostuvo que nuestro conocimiento es el resultado no de las meras representaciones (no somos máquinas fotocopiadoras), sino de interacciones proactivas, de interpretaciones del mundo. En una línea similar, he defendido que la realidad es más como un depósito ilimitado de ingredientes (los datos) que usamos, reutilizamos y recreamos para construir un número ingente de descripciones (la información). Piensa en una casa y cuántas maneras hay de describirla: el propietario, el comprador, el abogado, el arquitecto, los vecinos, los hijos, la policía, los bomberos, los trabajadores sociales, los historiadores, los urbanistas...
No hay una “gramática del mundo” porque somos nosotros quienes escribimos el mundo. Esto no es lo mismo que decir que somos libres de describir el mundo de cualquier forma. Sería estúpido pensar así. El mundo ofrece restricciones muy severas (recuerda lo que dije de los datos) que garantizan que algunas opciones estén fuera de toda duda y algunas otras sean más plausibles. Para decirlo con otra analogía: piensa en los ingredientes del frigorífico y en cómo puedes cocinarlos. Los ingredientes (los datos) no nos permiten seguir ninguna receta, y algunas recetas serían más fáciles y obvias que otras. En el ejemplo previo, cada forma de describir la casa es como una interfaz, cada descripción se refiere a la misma casa, pero ninguna de éstas agota lo que representa la casa, y cada descripción es “mejor” o “peor” dependiendo de la pregunta que hagas, de si es una cuestión legal, de valor económico, de edad, etcétera. Eso es también lo que nuestro entendimiento de la física nos enseña hoy. Richard Feynman lo resumió de manera elegante en El carácter de la ley física al decir que a un ordenador le lleva un número infinito de operaciones lógicas resolver lo que sea, por muy pequeña que sea una parte del espacio y del tiempo. Y una casa contiene un montón de pequeñas regiones de espacio. La descripción del mundo sólo terminará cuando paren nuestros esfuerzos por producir una nueva.
A.L.: ¿Le resulta útil la semántica de los mundos posibles? Lo digo porque usted ha hablado del problema de Gettier y de otros problemas lógicos y contrafactuales.
L.F.: Sí, resulta muy útil. Sólo necesitamos recordar la advertencia atribuida a Locke: algunas veces seguimos afilando nuestros lápices, aunque nunca los usemos para escribir. Sería un error preocuparse sólo por los mundos posibles (o por los imposibles) cuando el único que tenemos se va a ir al infierno.
A.L.: ¿Por qué considera que su obra es muy kantiana? ¿Qué hay de Leibniz y de su relación temprana con la computación?
L.F.: Kant es el filósofo que más me ha influido en mi forma de pensar. Creo que deberíamos tomar su trascendentalismo (la reflexión sobre las condiciones de posibilidad) como el punto de partida para construir nuestra filosofía contemporánea.
Leibniz fue un genio extraordinario. Esto se hace más evidente cuanto más progresamos en nuestro entendimiento de su filosofía y de nuestra ciencia. Valoro su posición teológica. Es más, creo que tuvo una argumentación más sólida sobre la prueba ontológica de la existencia de Dios de lo que Kant quiso reconocer. Su racionalismo es un saludable y refrescante contraataque a las formas ingenuas de empirismo de todas las épocas, pero no comparto su metafísica de las mónadas por razones kantianas.
A.L.: ¿Qué me dice de Lev Manovich? Es uno de los grandes en su campo.
L.F.: La obra de Manovich parece muy interesante, pero tengo que confesar que la debería conocer mejor. Leer más sobre su obra está en mi lista de tareas pendientes.
A.L.: ¿Los paradigmas de la programación responden a los paradigmas de Kuhn? Ya me entiende, el paradigma de la programación orientada a objetos.
L.F.: La brillante obra de Kuhn sobre los paradigmas, la ciencia normal y las revoluciones científicas permiten diversas aplicaciones, incluyendo la evolución de los lenguajes y los estilos de programación. Hay, sin embargo, al menos un riesgo, que es la excesiva generalización. Una cosa es como cualquier otra si se da con la conexión adecuada, así que cualquier cambio o carencia puede describirse en términos kuhnianos. En el caso de la evolución de los modos de programar, es frecuente el caso de que alternativas distintas ofrezcan soluciones diferentes para problemas relacionados. Por ejemplo, alguien puede querer usar Java para una aplicación web, pero Prolog para una aplicación de Inteligencia Artificial. Los estilos y las modas no equivalen a los paradigmas de Kuhn.
A.L.: ¿Alguna recomendación para los estudiantes que se quieran iniciar en su campo de estudio?
L.F.: Recomendaría encarecidamente dos clásicos: El uso humano de los seres humanos – cibernética y sociedad de Norbert Wiener y Las ciencias de lo artificial de Herbert Simon. Son accesibles y te recompensan por el esfuerzo de intentar entenderlos.
A.L.: No sé si desea añadir algo.
L.F.: Sólo unas palabras de ánimo. Pensar es doloroso. No nos gusta, o no más de lo que nos gusta el dolor muscular. Pensar es la única cosa que puede salvarnos y somos bastante buenos en eso. Así que pongamos todas nuestras energías, superemos el dolor e intentemos formular las ideas correctas que puedan arreglar nuestras sociedades, nuestro medio ambiente y nuestras vidas. Necesitamos entender filosóficamente lo que es el proyecto humano y cómo deseamos gestionarlo políticamente. Tenemos que pensar. En una palabra: ¡Cogitandum!
29 de septiembre de 2013
Andrés Lomeña
ENTREVISTA CON LUCIANO FLORIDI
ANDRÉS LOMEÑA: La filosofía de la información es el primer volumen de una trilogía. ¿Cuánto ha tardado en concebirla y cuándo leeremos el segundo y el tercer volumen?
LUCIANO FLORIDI: Me llevó más de una década, sobre todo porque tardé mucho tiempo en ver lo que era obvio: la filosofía de nuestro tiempo es la filosofía de la información. Ahora parece absolutamente trivial sostener que la filosofía necesita abordar seriamente el fenómeno informacional y ofrecer a nuestra sociedad mejores herramientas conceptuales para comprender y dar forma a nuestras realidades. Después de establecer el marco general para una filosofía de la información, el resto del proyecto fue fácil. Ahora se ha convertido en una tetralogía. El volumen dos, The Ethics of Information, se acaba de publicar. Los otros dos volúmenes, The Policies of Information y The Elements of Information, están aún en fase de desarrollo. Me mantendrán ocupado durante un tiempo.
A.L.: Ha escrito sobre la Inteligencia Artificial como un antecedente en la aparición de la filosofía de la información. Para mí, las promesas de la Inteligencia Artificial están muertas, aunque hay quien sigue creyendo en la “transferencia mental” y en otros tópicos de la ciencia-ficción. ¿Usted confía o descree de la IA?
L.F.: La Inteligencia Artificial pueden ser muchas cosas. En un extremo del espectro, se presenta como un campo serio de la ingeniería, con investigaciones y aplicaciones que nos han dado algunas de las tecnologías que usamos hoy, desde los vehículos sin tripulación a los traductores automáticos. Los límites de este tipo de Inteligencia Artificial y de las tecnologías inteligentes son los límites de nuestros recursos: inteligencia, inventiva, física (algunas cosas son simplemente imposibles, como viajar más rápido que la luz) y dinero (algunas cosas son perfectamente posibles pero inviables: piensa en el Concorde y los vuelos supersónicos). Al otro lado del espectro están las formas ficcionales de la Inteligencia Artificial. Según esta perspectiva, podremos construir robots como nosotros o incluso mejor que nosotros, transferir nuestras mentes en los cuerpos, teletransportarnos, etcétera. En general, se trata del viejo sueño de la humanidad. Por supuesto, el sueño se convierte en una pesadilla si imaginamos a los robots dominándonos.
La transferencia mental podemos dejarla para Hollywood. No debería confundirse con las teorías filosóficas que tratan de entender si la realidad puede ser interpretada informacionalmente. Creo que esto es un proyecto intelectual que merece la pena porque una interpretación así nos ayudará a hacernos más conscientes de nuestras vidas en un mundo cada vez más dependiente de las tecnologías de la información. No confundamos la filosofía con la ciencia-ficción.
A.L.: David Chalmers ha intentado prolongar el trabajo de Carnap para lograr una descripción lógica y completa del mundo. Para Chalmers, todas las verdades pueden extraerse de un conjunto básico de verdades. ¿Es posible esa gramática del mundo?
L.F.: Desde el tiempo de los enciclopedistas, hemos estado pensando en la descripción definitiva del mundo mediante un “gran relato”. Es un error comprensible. No olvides que el proyecto de Carnap terminó en un fracaso. Un filósofo mucho mejor tuvo una visión más acertada sobre la posibilidad de conocer el mundo. Kant, como sabes, sostuvo que nuestro conocimiento es el resultado no de las meras representaciones (no somos máquinas fotocopiadoras), sino de interacciones proactivas, de interpretaciones del mundo. En una línea similar, he defendido que la realidad es más como un depósito ilimitado de ingredientes (los datos) que usamos, reutilizamos y recreamos para construir un número ingente de descripciones (la información). Piensa en una casa y cuántas maneras hay de describirla: el propietario, el comprador, el abogado, el arquitecto, los vecinos, los hijos, la policía, los bomberos, los trabajadores sociales, los historiadores, los urbanistas...
No hay una “gramática del mundo” porque somos nosotros quienes escribimos el mundo. Esto no es lo mismo que decir que somos libres de describir el mundo de cualquier forma. Sería estúpido pensar así. El mundo ofrece restricciones muy severas (recuerda lo que dije de los datos) que garantizan que algunas opciones estén fuera de toda duda y algunas otras sean más plausibles. Para decirlo con otra analogía: piensa en los ingredientes del frigorífico y en cómo puedes cocinarlos. Los ingredientes (los datos) no nos permiten seguir ninguna receta, y algunas recetas serían más fáciles y obvias que otras. En el ejemplo previo, cada forma de describir la casa es como una interfaz, cada descripción se refiere a la misma casa, pero ninguna de éstas agota lo que representa la casa, y cada descripción es “mejor” o “peor” dependiendo de la pregunta que hagas, de si es una cuestión legal, de valor económico, de edad, etcétera. Eso es también lo que nuestro entendimiento de la física nos enseña hoy. Richard Feynman lo resumió de manera elegante en El carácter de la ley física al decir que a un ordenador le lleva un número infinito de operaciones lógicas resolver lo que sea, por muy pequeña que sea una parte del espacio y del tiempo. Y una casa contiene un montón de pequeñas regiones de espacio. La descripción del mundo sólo terminará cuando paren nuestros esfuerzos por producir una nueva.
A.L.: ¿Le resulta útil la semántica de los mundos posibles? Lo digo porque usted ha hablado del problema de Gettier y de otros problemas lógicos y contrafactuales.
L.F.: Sí, resulta muy útil. Sólo necesitamos recordar la advertencia atribuida a Locke: algunas veces seguimos afilando nuestros lápices, aunque nunca los usemos para escribir. Sería un error preocuparse sólo por los mundos posibles (o por los imposibles) cuando el único que tenemos se va a ir al infierno.
A.L.: ¿Por qué considera que su obra es muy kantiana? ¿Qué hay de Leibniz y de su relación temprana con la computación?
L.F.: Kant es el filósofo que más me ha influido en mi forma de pensar. Creo que deberíamos tomar su trascendentalismo (la reflexión sobre las condiciones de posibilidad) como el punto de partida para construir nuestra filosofía contemporánea.
Leibniz fue un genio extraordinario. Esto se hace más evidente cuanto más progresamos en nuestro entendimiento de su filosofía y de nuestra ciencia. Valoro su posición teológica. Es más, creo que tuvo una argumentación más sólida sobre la prueba ontológica de la existencia de Dios de lo que Kant quiso reconocer. Su racionalismo es un saludable y refrescante contraataque a las formas ingenuas de empirismo de todas las épocas, pero no comparto su metafísica de las mónadas por razones kantianas.
A.L.: ¿Qué me dice de Lev Manovich? Es uno de los grandes en su campo.
L.F.: La obra de Manovich parece muy interesante, pero tengo que confesar que la debería conocer mejor. Leer más sobre su obra está en mi lista de tareas pendientes.
A.L.: ¿Los paradigmas de la programación responden a los paradigmas de Kuhn? Ya me entiende, el paradigma de la programación orientada a objetos.
L.F.: La brillante obra de Kuhn sobre los paradigmas, la ciencia normal y las revoluciones científicas permiten diversas aplicaciones, incluyendo la evolución de los lenguajes y los estilos de programación. Hay, sin embargo, al menos un riesgo, que es la excesiva generalización. Una cosa es como cualquier otra si se da con la conexión adecuada, así que cualquier cambio o carencia puede describirse en términos kuhnianos. En el caso de la evolución de los modos de programar, es frecuente el caso de que alternativas distintas ofrezcan soluciones diferentes para problemas relacionados. Por ejemplo, alguien puede querer usar Java para una aplicación web, pero Prolog para una aplicación de Inteligencia Artificial. Los estilos y las modas no equivalen a los paradigmas de Kuhn.
A.L.: ¿Alguna recomendación para los estudiantes que se quieran iniciar en su campo de estudio?
L.F.: Recomendaría encarecidamente dos clásicos: El uso humano de los seres humanos – cibernética y sociedad de Norbert Wiener y Las ciencias de lo artificial de Herbert Simon. Son accesibles y te recompensan por el esfuerzo de intentar entenderlos.
A.L.: No sé si desea añadir algo.
L.F.: Sólo unas palabras de ánimo. Pensar es doloroso. No nos gusta, o no más de lo que nos gusta el dolor muscular. Pensar es la única cosa que puede salvarnos y somos bastante buenos en eso. Así que pongamos todas nuestras energías, superemos el dolor e intentemos formular las ideas correctas que puedan arreglar nuestras sociedades, nuestro medio ambiente y nuestras vidas. Necesitamos entender filosóficamente lo que es el proyecto humano y cómo deseamos gestionarlo políticamente. Tenemos que pensar. En una palabra: ¡Cogitandum!
29 de septiembre de 2013
Andrés Lomeña
martes, 24 de septiembre de 2013
ENTREVISTA A LES U. KNIGHT SOBRE EL "MOVIMIENTO DE EXTINCIÓN HUMANA VOLUNTARIA"
¡Extinguíos!
ENTREVISTA CON LES U. KNIGHT
ANDRÉS LOMEÑA: ¿El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria representa una vuelta a las ideas malthusianas?
LES U. KNIGHT: Siempre hemos ampliado los límites de nuestros suministros alimenticios y a menudo los imperios colapsaron cuando excedieron sus capacidades de abastecimiento. Ahora estamos empujando los límites de casi todos los recursos naturales de la Tierra. La escala de la población y de los alimentos va más allá de lo que Malthus imaginó, pero su teoría es válida: hay más personas hambrientas hoy que toda la población mundial de su época.
A.L.: Ustedes abogan, en base a motivos ecológicos y humanitarios, por la extinción humana voluntaria. ¿Cuáles han sido sus influencias?
L.K.: Como muchos de los que llegaron a esta conclusión, me he visto influido por lo que pasaba a mi alrededor. Hemos tomado diferentes rutas para llegar al MEHV: los derechos de los animales no humanos, la biosfera e incluso preocupaciones humanitarias. La extinción humana involuntaria es lo que estamos intentando evitar eliminándonos gradual y pacíficamente.
A.L.: ¿Es la extinción el objetivo último, al margen de nuestras condiciones de vida? Es decir, si alcanzáramos una utopía en la que el mundo vive apaciblemente y con una población asumible, ¿seguiría deseando nuestra extinción?
L.K.: El Homo sapiens se redujo a unos 10 o 15 mil individuos hace unos 70.000 años, así que la posibilidad de una recuperación de la población es demasiado grande. Nuestra existencia no añade nada a los ecosistemas de La Tierra.
A.L.: ¿Cuántos miembros son? ¿Celebran reuniones?
L.K.: No te puedo decir cuántos apoyan la extinción voluntaria porque somos un movimiento más que una organización. Basándome en el número de personas que contactan conmigo diciendo que pensaban que estaban solos, calculo que debe de haber algunos millones de los siete mil millones que somos. No hay necesidad de verse, pero quedamos en Internet y hablamos sobre temas relacionados con la extinción humana voluntaria.
A.L.: Ese apocalipsis humano voluntario puede interpretarse como un rasgo religioso o milenarista. ¿Qué opinión tienen de la Otra Vida?
L.K.: Algunos en el movimiento son religiosos y creen en la otra vida, pero no creo que el MEHV pueda catalogarse como una religión. Está basado en una evidencia empírica: cuando las personas viven, no sobrevive mucho más. Y cuando se abandonan los ecosistemas, se recupera la biodiversidad. Un punto de vista biocéntrico en lugar de uno antropocéntrico puede verse como algo religioso si se mira de forma superficial.
A.L.: He leído en su web un eslogan que dice: “La vasectomía previene el aborto”. ¿Qué opciones propone? ¿La ligadura de trompas? Los políticos y la Iglesia no se lo van a poner fácil.
L.K.: Hay muchas opciones de prevenir el embarazo, pero por desgracia no están disponibles para centenares de millones de parejas. La vasectomía es el método más económico y seguro para los heterosexuales fértiles y sexualmente activos que no van a reproducirse más de lo que ya lo han hecho. La oposición a no dar a luz a más de nosotros viene de las instituciones que dependen del incremento de la población.
A.L.: Dice que es “vehemente” a quienes se preguntan si usted habla en serio. Me gusta su diagrama en siete pasos sobre la conciencia progresiva. El séptimo paso es el de la vehemencia. ¿La idea del diagrama fue suya?
L.K.: Lo adapté a partir de On Death and Dying de Elizabeth Kubler-Ross. La humanidad sufre una enfermedad terminal debido a nuestra propia creación y nosotros estamos en fase de negación. Una vez que aceptemos lo inevitable, entenderemos que traer al mundo a uno de los nuestros es algo insensato. Teniendo en cuenta el futuro que estamos engendrando, sentenciar a alguien a la existencia equivale a vender un amarradero a un barco que se hunde.
A.L.: No conocía la región de Cascadia ni sabía que allí albergan ciertas pretensiones independentistas.
L.K.: Cascadia es bastante similar a Cataluña y Quebec, pero existe principalmente en nuestra imaginación y no tiene ninguna influencia política.
A.L.: ¿Alguna conclusión que quiera “reproducir” aquí?
L.K.: Se defiende con fiereza nuestro derecho a reproducirnos, pero nuestro derecho a no procrear se restringe con severidad en algunas regiones. Además, las consecuencias de forzar a las personas a procrear son mucho peores que impedir que lo hagan. La falta de igualdad de género impide el progreso hacia la libertad reproductiva, especialmente la libertad a no quedarse embarazada. ¡Gracias por no procrear!
24 de septiembre de 2013
Andrés Lomeña
ENTREVISTA CON LES U. KNIGHT
ANDRÉS LOMEÑA: ¿El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria representa una vuelta a las ideas malthusianas?
LES U. KNIGHT: Siempre hemos ampliado los límites de nuestros suministros alimenticios y a menudo los imperios colapsaron cuando excedieron sus capacidades de abastecimiento. Ahora estamos empujando los límites de casi todos los recursos naturales de la Tierra. La escala de la población y de los alimentos va más allá de lo que Malthus imaginó, pero su teoría es válida: hay más personas hambrientas hoy que toda la población mundial de su época.
A.L.: Ustedes abogan, en base a motivos ecológicos y humanitarios, por la extinción humana voluntaria. ¿Cuáles han sido sus influencias?
L.K.: Como muchos de los que llegaron a esta conclusión, me he visto influido por lo que pasaba a mi alrededor. Hemos tomado diferentes rutas para llegar al MEHV: los derechos de los animales no humanos, la biosfera e incluso preocupaciones humanitarias. La extinción humana involuntaria es lo que estamos intentando evitar eliminándonos gradual y pacíficamente.
A.L.: ¿Es la extinción el objetivo último, al margen de nuestras condiciones de vida? Es decir, si alcanzáramos una utopía en la que el mundo vive apaciblemente y con una población asumible, ¿seguiría deseando nuestra extinción?
L.K.: El Homo sapiens se redujo a unos 10 o 15 mil individuos hace unos 70.000 años, así que la posibilidad de una recuperación de la población es demasiado grande. Nuestra existencia no añade nada a los ecosistemas de La Tierra.
A.L.: ¿Cuántos miembros son? ¿Celebran reuniones?
L.K.: No te puedo decir cuántos apoyan la extinción voluntaria porque somos un movimiento más que una organización. Basándome en el número de personas que contactan conmigo diciendo que pensaban que estaban solos, calculo que debe de haber algunos millones de los siete mil millones que somos. No hay necesidad de verse, pero quedamos en Internet y hablamos sobre temas relacionados con la extinción humana voluntaria.
A.L.: Ese apocalipsis humano voluntario puede interpretarse como un rasgo religioso o milenarista. ¿Qué opinión tienen de la Otra Vida?
L.K.: Algunos en el movimiento son religiosos y creen en la otra vida, pero no creo que el MEHV pueda catalogarse como una religión. Está basado en una evidencia empírica: cuando las personas viven, no sobrevive mucho más. Y cuando se abandonan los ecosistemas, se recupera la biodiversidad. Un punto de vista biocéntrico en lugar de uno antropocéntrico puede verse como algo religioso si se mira de forma superficial.
A.L.: He leído en su web un eslogan que dice: “La vasectomía previene el aborto”. ¿Qué opciones propone? ¿La ligadura de trompas? Los políticos y la Iglesia no se lo van a poner fácil.
L.K.: Hay muchas opciones de prevenir el embarazo, pero por desgracia no están disponibles para centenares de millones de parejas. La vasectomía es el método más económico y seguro para los heterosexuales fértiles y sexualmente activos que no van a reproducirse más de lo que ya lo han hecho. La oposición a no dar a luz a más de nosotros viene de las instituciones que dependen del incremento de la población.
A.L.: Dice que es “vehemente” a quienes se preguntan si usted habla en serio. Me gusta su diagrama en siete pasos sobre la conciencia progresiva. El séptimo paso es el de la vehemencia. ¿La idea del diagrama fue suya?
L.K.: Lo adapté a partir de On Death and Dying de Elizabeth Kubler-Ross. La humanidad sufre una enfermedad terminal debido a nuestra propia creación y nosotros estamos en fase de negación. Una vez que aceptemos lo inevitable, entenderemos que traer al mundo a uno de los nuestros es algo insensato. Teniendo en cuenta el futuro que estamos engendrando, sentenciar a alguien a la existencia equivale a vender un amarradero a un barco que se hunde.
A.L.: No conocía la región de Cascadia ni sabía que allí albergan ciertas pretensiones independentistas.
L.K.: Cascadia es bastante similar a Cataluña y Quebec, pero existe principalmente en nuestra imaginación y no tiene ninguna influencia política.
A.L.: ¿Alguna conclusión que quiera “reproducir” aquí?
L.K.: Se defiende con fiereza nuestro derecho a reproducirnos, pero nuestro derecho a no procrear se restringe con severidad en algunas regiones. Además, las consecuencias de forzar a las personas a procrear son mucho peores que impedir que lo hagan. La falta de igualdad de género impide el progreso hacia la libertad reproductiva, especialmente la libertad a no quedarse embarazada. ¡Gracias por no procrear!
24 de septiembre de 2013
Andrés Lomeña
viernes, 6 de septiembre de 2013
ENTREVISTA CON ANDREW GOLDSTONE: LA FICCIÓN DE LA AUTONOMÍA LITERARIA
La autonomía literaria y "el arte por el arte" como la gran ficción de la literatura.
ENTREVISTA CON ANDREW GOLDSTONE
ANDRÉS LOMEÑA: El programa de su asignatura sobre sociologías literarias incluye libros rabiosamente actuales como The economy of prestige y Merchants of culture. Ojalá el interés por la sociología de la literatura también resucitara por estos lares. Yo añadiría a la bibliografía su obra Fictions of autonomy, que parece una “rectificación radical” en las prácticas académicas actuales. ¿Era ésa su intención?
ANDREW GOLDSTONE: Los libros de Thompson y English que citas son magníficos y merecen mayor atención de la que han recibido; creo que los estudios literarios tienen una resistencia endémica al tipo de investigaciones que han realizado estos autores.
Fictions of Autonomy intenta explicar parte del origen de esa resistencia mediante el análisis de las ideas sobre la “autonomía literaria” a finales del siglo XIX y principios del XX. También busca algunas formas de superar esa resistencia. Sería bueno pensar que he sido parte de esa “corrección radical” y me encantaría ver que se materializa, pero no creo que estemos en un momento de gran transformación, o al menos ese momento no ha llegado aún. Es verdad que los departamentos de lengua y literatura comparada están más abiertos que antes a ciertas cuestiones sobre la función de las instituciones literarias y la organización social de la literatura. Concretamente, la sociología de Bourdieu está recibiendo más atención por parte de muchos académicos de la literatura (el libro de Sean Latham sobre la novela en clave es un buen ejemplo de ello). Sin embargo, los estudios literarios terminan por regresar a las ideas del “autor excepcional” y del “texto literario singular”. Ése es el significado de mi intervención: la idea de autonomía literaria está en el ADN de los departamentos de literatura. Despojarnos de esa herencia no es una tarea fácil; probablemente no pueda hacerse sólo con argumentos teóricos.
A.L.: Uno de los capítulos de la obra trata sobre la literatura sin “referencias externas”. ¿Es tal cosa posible? ¿Son las llamadas “falacias de la Nueva Crítica” lo peor que le ha pasado a los estudios de la literatura en el siglo XX?
A.G.: Aquí podríamos morir enterrados por los matices: depende de lo que entiendas por “referencia”. Dudo que exista una literatura que esté llena de significado cultural y filosófico y que carezca de referencia externa. Esa entelequia fue muy importante para algunos nuevos críticos y para los deconstruccionistas (es algo conocido en la actualidad, especialmente en algunos círculos poéticos), hasta el punto de convertirla en una definición de la literatura moderna o de toda la literatura. La idea fue útil a corto plazo para las vanguardias académicas y literarias: así apartaron a una élite literaria de sus rivales culturales. ¿Qué mejor manera de hacerlo que afirmando que la literatura estaba llena de conocimientos y que aún carecíamos de modos empíricos para adquirirlos? El precio de promulgar esta fantasía ha sido muy alto y persiste como una especie de “religión del excepcionalismo literario”.
En cuanto a lo peor que le ha pasado al estudio de la literatura, está bastante claro que, al menos en Estados Unidos, ha habido una transformación desastrosa que empezó en los años setenta. Hemos pasado de un oficio seguro y a tiempo completo como profesores a situaciones de precariedad y explotación. Esta crisis amenaza con convertir en superfluos todos los demás debates metodológicos.
A.L.: Leí un libro de Daria Gallateria sobre los “trabajos forzosos” de los escritores. Se suele pensar que los novelistas se consagran a escribir novelas y nada más. En la mayoría casos, la realidad es muy distinta. ¿Qué opina de la autonomía literaria respecto del trabajo?
A.G.: Ahora mismo estoy leyendo La condition littéraire: la double vie des écrivains, de Bernard Lahire, sobre un tema similar. A mí me interesan las dos condiciones en las que es posible sorprenderse de que los escritores tengan “trabajos reales”. La primera condición es que la escritura tiene una “dignidad profesional”: escribir se entiende en un sentido honorífico como una identidad y como una vocación a tiempo completo. Si eres escritor, no puedes ser nada más. El escritor es un profesional entre otros. Pero la segunda condición es, sin embargo, que la escritura apenas se paga; es decir, el valor cultural de la escritura no corresponde con su valor económico. Por supuesto, se paga a algunos escritores por escribir, pero todavía persiste la creencia de que no se les debería pagar demasiado ya que la literatura “real” tiene una dignidad “no comercial”. Ambas condiciones son propias de la era de la alfabetización literaria y de la impresión a gran escala a partir del siglo XIX. Esa visión continúa en la actualidad. Incluso Thompson distingue la literatura “de calidad” de la “comercial” (una jerarquía válida dentro del mundo editorial).
En mi obra trato esa supuesta autonomía del trabajo y me centro en el periodo de 1890-1918. Algunos escritores extendieron la idea paradójica de que la escritura como una vocación a tiempo completo no pertenecía al mundo del trabajo. No es accidental que esos escritores carecieran de “trabajos reales”. Procedían de buenas familias: Oscar Wilde, Marcel Proust o Henry James, entre otros. Por otra parte, no estaban confundidos sobre las condiciones económicas bajo las cuales producían formas estéticas. Al contrario, tenían un ojo clínico para el mundo del trabajo asalariado, del que podían apartarse gracias a su posición social; todos forman parte de lo que los sociólogos llaman “trabajo estético” (trabajadores empleados por su apariencia física, o por su corrección lingüística: http://workinprogress.oowsection.org/2013/02/20/squashed-cabbages-the-working-class-and-aesthetic-labour/). Así, tuve en cuenta cómo Wilde, James y Proust usan el trabajo estético de los criados en sus escritos, reflejando de manera bastante autoconsciente el lugar del “esteta” en el sistema de clases de la sociedad europea de finales del XIX.
A.L.: Su próximo proyecto, Wastes of time, suena tremendamente interesante. ¿Qué nos puede anticipar sobre su desarrollo?
A.G.: Estoy estudiando el modelo “modernista” de la historia literaria del siglo XX, lo cual es útil pero tiene sus límites. En el modelo del modernismo, el investigador literario busca obras estéticamente excepcionales y conecta sus cualidades con las condiciones históricas cambiantes (las condiciones de la “modernidad”; ya sea una modernidad singular o modernidades múltiples). El límite más peligroso a este método es su severidad selectiva, lo que conlleva un compromiso con el proceso de evaluación estética y de canonización. Eso es lo que quiero decir con “el monopolio del modernismo sobre la modernidad literaria”. De hecho, incluso cuando cambia el canon, todavía tenemos un gran obstáculo: los cambios institucionales en la producción, circulación y recepción de la literatura del siglo XX, sobre todo el incremento en el número de nuevas obras de ficción. La implantación de la educación superior, las transformaciones de las industrias mediáticas y otros fenómenos no pueden entenderse exclusivamente a partir de una selección de obras literarias, sobre todo si las obras que generan más atención son aquellas que ya tienen grandes cantidades de capital simbólico (las “mejores” novelas).
Sostengo que el género (y con género aquí me refiero a la práctica ordinaria de colocar libros en las estanterías: “fantasía”, “romance”, “criminal”, etcétera) es un concepto de “nivel medio” que puede darnos una perspectiva alternativa del último siglo de la historia literaria. Puede ayudarnos a conectar los cambios sociales e institucionales (incluyendo los cambios en la edición y el marketing) con los textos individuales, sin tener que cometer los pecados de la “hiperselectividad”. En cualquier caso, tendremos que usar algunas herramientas de la sociología de la cultura, que son mucho más sofisticadas que los estudios literarios en su manera de analizar agregados o grupos de objetos culturales. Hasta aquí, mi obra sobre “el malgasto del tiempo” se ha centrado en los métodos. Estoy aprendiendo paulatinamente sobre la sociología de la cultura y pensando en cómo ésta podría ser útil en el contexto de algunos géneros populares como la ciencia-ficción. Se podría decir que he estado aprovechando mis clases para poner en práctica algunas ideas. Así que, aunque mis alumnos no lo saben, me han estado ayudando con este proyecto durante varios años.
A.L.: ¿Está surgiendo una escuela o generación de Humanistas Digitales?
A.G.: Las colaboraciones son un gran placer y sirven de formación continua. No obstante, las Humanidades Digitales son algo muy paradójico; todo el mundo habla sobre ellas a la vez que niega su coherencia intelectual. Creo que los ordenadores y la posibilidad de trasladar el trabajo académico a la web ha permitido que muchas personas con pocos intereses comunes se articulen como un grupo. Twitter ha sido muy importante para cimentar los inicios de esa red social. Muy pronto podremos reconocer adecuadamente algunas de las divisiones ideológicas y metodológicas que hay dentro de las llamadas Humanidades Digitales.
La conclusión de mi obra sobre la autonomía (digo esto con mucho cuidado en el epílogo del libro Fictions of Autonomy) fue la constatación de que el abandono de todo misticismo sobre la naturaleza excepcional de la literatura es la condición básica para el conocimiento de la historia literaria. Por otra parte, las Humanidades Digitales son perfectamente compatibles con ese misticismo; incluso abre nuevas posibilidades para el “fetichismo literario” con la producción de visualizaciones interactivas y ediciones digitales superpuestas de “grandes autores”, o mediante búsquedas indeterminadas en bases de datos... como si todo eso fuera un equivalente del conocimiento y no una actividad especulativa incapaz de sostenerse por sí sola.
No hay duda de que “lo tecnológico” tiene un valor estratégico. A mí me viene bien describir la historia literaria en términos de campos, géneros y agregando patrones de comportamiento mediante el uso de ordenadores. En cambio, preferiría que encaráramos mejor la pregunta sobre “lo social” en el estudio de la literatura, algo que ya se plantearon hace unos cuarenta y cinco años. Me gustaría ver un estudio cuantitativo de las editoriales y de las librerías, pero creo que muchos humanistas digitales lo considerarían la cosa más aburrida del mundo. Además, los historiadores del libro y los sociólogos de la cultura preguntarían: “¿Por qué os llamáis digitales?”
A.L.: ¿Desea añadir algo?
A.G.: No se me ocurriría sobrevalorar mi propia capacidad para predecir la estructura de los estudios literarios. Ni siquiera conozco la forma que adopta en el presente, excepto desde una perspectiva muy parcial. Constantemente descubro a nuevos autores en todos los campos (sociología, estudios de medios, lingüística, informática, etcétera), cuyas obras añado a mi lista de “libros pendientes”. Así que a pesar de haber hecho algunas observaciones escépticas sobre el actual estado de las cosas, soy optimista sobre lo que vamos a aprender de la cultura literaria en el futuro próximo.
7 de septiembre de 2013
Andrés Lomeña
ENTREVISTA CON ANDREW GOLDSTONE
ANDRÉS LOMEÑA: El programa de su asignatura sobre sociologías literarias incluye libros rabiosamente actuales como The economy of prestige y Merchants of culture. Ojalá el interés por la sociología de la literatura también resucitara por estos lares. Yo añadiría a la bibliografía su obra Fictions of autonomy, que parece una “rectificación radical” en las prácticas académicas actuales. ¿Era ésa su intención?
ANDREW GOLDSTONE: Los libros de Thompson y English que citas son magníficos y merecen mayor atención de la que han recibido; creo que los estudios literarios tienen una resistencia endémica al tipo de investigaciones que han realizado estos autores.
Fictions of Autonomy intenta explicar parte del origen de esa resistencia mediante el análisis de las ideas sobre la “autonomía literaria” a finales del siglo XIX y principios del XX. También busca algunas formas de superar esa resistencia. Sería bueno pensar que he sido parte de esa “corrección radical” y me encantaría ver que se materializa, pero no creo que estemos en un momento de gran transformación, o al menos ese momento no ha llegado aún. Es verdad que los departamentos de lengua y literatura comparada están más abiertos que antes a ciertas cuestiones sobre la función de las instituciones literarias y la organización social de la literatura. Concretamente, la sociología de Bourdieu está recibiendo más atención por parte de muchos académicos de la literatura (el libro de Sean Latham sobre la novela en clave es un buen ejemplo de ello). Sin embargo, los estudios literarios terminan por regresar a las ideas del “autor excepcional” y del “texto literario singular”. Ése es el significado de mi intervención: la idea de autonomía literaria está en el ADN de los departamentos de literatura. Despojarnos de esa herencia no es una tarea fácil; probablemente no pueda hacerse sólo con argumentos teóricos.
A.L.: Uno de los capítulos de la obra trata sobre la literatura sin “referencias externas”. ¿Es tal cosa posible? ¿Son las llamadas “falacias de la Nueva Crítica” lo peor que le ha pasado a los estudios de la literatura en el siglo XX?
A.G.: Aquí podríamos morir enterrados por los matices: depende de lo que entiendas por “referencia”. Dudo que exista una literatura que esté llena de significado cultural y filosófico y que carezca de referencia externa. Esa entelequia fue muy importante para algunos nuevos críticos y para los deconstruccionistas (es algo conocido en la actualidad, especialmente en algunos círculos poéticos), hasta el punto de convertirla en una definición de la literatura moderna o de toda la literatura. La idea fue útil a corto plazo para las vanguardias académicas y literarias: así apartaron a una élite literaria de sus rivales culturales. ¿Qué mejor manera de hacerlo que afirmando que la literatura estaba llena de conocimientos y que aún carecíamos de modos empíricos para adquirirlos? El precio de promulgar esta fantasía ha sido muy alto y persiste como una especie de “religión del excepcionalismo literario”.
En cuanto a lo peor que le ha pasado al estudio de la literatura, está bastante claro que, al menos en Estados Unidos, ha habido una transformación desastrosa que empezó en los años setenta. Hemos pasado de un oficio seguro y a tiempo completo como profesores a situaciones de precariedad y explotación. Esta crisis amenaza con convertir en superfluos todos los demás debates metodológicos.
A.L.: Leí un libro de Daria Gallateria sobre los “trabajos forzosos” de los escritores. Se suele pensar que los novelistas se consagran a escribir novelas y nada más. En la mayoría casos, la realidad es muy distinta. ¿Qué opina de la autonomía literaria respecto del trabajo?
A.G.: Ahora mismo estoy leyendo La condition littéraire: la double vie des écrivains, de Bernard Lahire, sobre un tema similar. A mí me interesan las dos condiciones en las que es posible sorprenderse de que los escritores tengan “trabajos reales”. La primera condición es que la escritura tiene una “dignidad profesional”: escribir se entiende en un sentido honorífico como una identidad y como una vocación a tiempo completo. Si eres escritor, no puedes ser nada más. El escritor es un profesional entre otros. Pero la segunda condición es, sin embargo, que la escritura apenas se paga; es decir, el valor cultural de la escritura no corresponde con su valor económico. Por supuesto, se paga a algunos escritores por escribir, pero todavía persiste la creencia de que no se les debería pagar demasiado ya que la literatura “real” tiene una dignidad “no comercial”. Ambas condiciones son propias de la era de la alfabetización literaria y de la impresión a gran escala a partir del siglo XIX. Esa visión continúa en la actualidad. Incluso Thompson distingue la literatura “de calidad” de la “comercial” (una jerarquía válida dentro del mundo editorial).
En mi obra trato esa supuesta autonomía del trabajo y me centro en el periodo de 1890-1918. Algunos escritores extendieron la idea paradójica de que la escritura como una vocación a tiempo completo no pertenecía al mundo del trabajo. No es accidental que esos escritores carecieran de “trabajos reales”. Procedían de buenas familias: Oscar Wilde, Marcel Proust o Henry James, entre otros. Por otra parte, no estaban confundidos sobre las condiciones económicas bajo las cuales producían formas estéticas. Al contrario, tenían un ojo clínico para el mundo del trabajo asalariado, del que podían apartarse gracias a su posición social; todos forman parte de lo que los sociólogos llaman “trabajo estético” (trabajadores empleados por su apariencia física, o por su corrección lingüística: http://workinprogress.oowsection.org/2013/02/20/squashed-cabbages-the-working-class-and-aesthetic-labour/). Así, tuve en cuenta cómo Wilde, James y Proust usan el trabajo estético de los criados en sus escritos, reflejando de manera bastante autoconsciente el lugar del “esteta” en el sistema de clases de la sociedad europea de finales del XIX.
A.L.: Su próximo proyecto, Wastes of time, suena tremendamente interesante. ¿Qué nos puede anticipar sobre su desarrollo?
A.G.: Estoy estudiando el modelo “modernista” de la historia literaria del siglo XX, lo cual es útil pero tiene sus límites. En el modelo del modernismo, el investigador literario busca obras estéticamente excepcionales y conecta sus cualidades con las condiciones históricas cambiantes (las condiciones de la “modernidad”; ya sea una modernidad singular o modernidades múltiples). El límite más peligroso a este método es su severidad selectiva, lo que conlleva un compromiso con el proceso de evaluación estética y de canonización. Eso es lo que quiero decir con “el monopolio del modernismo sobre la modernidad literaria”. De hecho, incluso cuando cambia el canon, todavía tenemos un gran obstáculo: los cambios institucionales en la producción, circulación y recepción de la literatura del siglo XX, sobre todo el incremento en el número de nuevas obras de ficción. La implantación de la educación superior, las transformaciones de las industrias mediáticas y otros fenómenos no pueden entenderse exclusivamente a partir de una selección de obras literarias, sobre todo si las obras que generan más atención son aquellas que ya tienen grandes cantidades de capital simbólico (las “mejores” novelas).
Sostengo que el género (y con género aquí me refiero a la práctica ordinaria de colocar libros en las estanterías: “fantasía”, “romance”, “criminal”, etcétera) es un concepto de “nivel medio” que puede darnos una perspectiva alternativa del último siglo de la historia literaria. Puede ayudarnos a conectar los cambios sociales e institucionales (incluyendo los cambios en la edición y el marketing) con los textos individuales, sin tener que cometer los pecados de la “hiperselectividad”. En cualquier caso, tendremos que usar algunas herramientas de la sociología de la cultura, que son mucho más sofisticadas que los estudios literarios en su manera de analizar agregados o grupos de objetos culturales. Hasta aquí, mi obra sobre “el malgasto del tiempo” se ha centrado en los métodos. Estoy aprendiendo paulatinamente sobre la sociología de la cultura y pensando en cómo ésta podría ser útil en el contexto de algunos géneros populares como la ciencia-ficción. Se podría decir que he estado aprovechando mis clases para poner en práctica algunas ideas. Así que, aunque mis alumnos no lo saben, me han estado ayudando con este proyecto durante varios años.
A.L.: ¿Está surgiendo una escuela o generación de Humanistas Digitales?
A.G.: Las colaboraciones son un gran placer y sirven de formación continua. No obstante, las Humanidades Digitales son algo muy paradójico; todo el mundo habla sobre ellas a la vez que niega su coherencia intelectual. Creo que los ordenadores y la posibilidad de trasladar el trabajo académico a la web ha permitido que muchas personas con pocos intereses comunes se articulen como un grupo. Twitter ha sido muy importante para cimentar los inicios de esa red social. Muy pronto podremos reconocer adecuadamente algunas de las divisiones ideológicas y metodológicas que hay dentro de las llamadas Humanidades Digitales.
La conclusión de mi obra sobre la autonomía (digo esto con mucho cuidado en el epílogo del libro Fictions of Autonomy) fue la constatación de que el abandono de todo misticismo sobre la naturaleza excepcional de la literatura es la condición básica para el conocimiento de la historia literaria. Por otra parte, las Humanidades Digitales son perfectamente compatibles con ese misticismo; incluso abre nuevas posibilidades para el “fetichismo literario” con la producción de visualizaciones interactivas y ediciones digitales superpuestas de “grandes autores”, o mediante búsquedas indeterminadas en bases de datos... como si todo eso fuera un equivalente del conocimiento y no una actividad especulativa incapaz de sostenerse por sí sola.
No hay duda de que “lo tecnológico” tiene un valor estratégico. A mí me viene bien describir la historia literaria en términos de campos, géneros y agregando patrones de comportamiento mediante el uso de ordenadores. En cambio, preferiría que encaráramos mejor la pregunta sobre “lo social” en el estudio de la literatura, algo que ya se plantearon hace unos cuarenta y cinco años. Me gustaría ver un estudio cuantitativo de las editoriales y de las librerías, pero creo que muchos humanistas digitales lo considerarían la cosa más aburrida del mundo. Además, los historiadores del libro y los sociólogos de la cultura preguntarían: “¿Por qué os llamáis digitales?”
A.L.: ¿Desea añadir algo?
A.G.: No se me ocurriría sobrevalorar mi propia capacidad para predecir la estructura de los estudios literarios. Ni siquiera conozco la forma que adopta en el presente, excepto desde una perspectiva muy parcial. Constantemente descubro a nuevos autores en todos los campos (sociología, estudios de medios, lingüística, informática, etcétera), cuyas obras añado a mi lista de “libros pendientes”. Así que a pesar de haber hecho algunas observaciones escépticas sobre el actual estado de las cosas, soy optimista sobre lo que vamos a aprender de la cultura literaria en el futuro próximo.
7 de septiembre de 2013
Andrés Lomeña
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