ENTREVISTA CON DAVID SHIELDS
ANDRÉS LOMEÑA: He leído que James Fenimore Cooper escribió sus mejores obras porque estaba tan decepcionado con la literatura de su tiempo que afirmó que hasta él mismo podría hacerlo mejor. La mujer le desafió y él aceptó el reto. ¿Nació su manifiesto Hambre de realidad de un estado de insatisfacción parecido?
DS: Sin duda. El libro nace de mi insatisfacción lacerante con la dirección que estaba tomando la literatura contemporánea. El libro es un intento de teorizar y de personificar una nueva dirección.
A.L.: La novela convencional está moribunda porque ignora la cultura que le rodea. Usted propone nuevas formas de narración. ¿Cuáles son esas formas? Siempre pienso en el powerpoint final de la última novela de Jennifer Egan.
D.S.: Esos son gestos menores. A grandes rasgos y casi de forma excluyente, he de decir que no me interesa la ficción contemporánea, o al menos la ficción que se identifica fácilmente como ficción. Me interesa el ensayo con la longitud de un libro y el collage literario.
A.L.: Algo se debe de estar haciendo muy mal cuando las series de televisión son más significativas para las personas que las buenas novelas.
D.S.: Desde mi perspectiva, el objetivo no es incluir programas televisivos o gestos contemporáneos en una obra de literatura; se trata más bien de encontrar una escritura congruente con la existencia contemporánea. Prácticamente ninguna novela hace eso.
A.L.: Las novelas suelen advertir al principio que todos los hechos son ficticios. ¿No es un gesto bastante infantil el intento de protegerse de la realidad con esa especie de aura?
D.S.: Desde luego. Así es como empezó mi fuga de la ficción. Escribí y publiqué tres novelas a mis veinte y a mis treinta años. Me aburrí muchísimo con la actitud de los escritores de ficción: esa extraña convicción de que, al igual que Dios, el autor crea ex nihilo.
A.L.: ¿Le dice algo la crítica literaria?
D.S.: Tampoco me interesa la crítica que se expresa como simple crítica literaria. Me atraen las obras que se saltan las fronteras. Me gusta la crítica que se hace desde una posición imaginativa, como The End of the Novel of Love de Vivian Gornick.
A.L.: ¿Le sirven las teorías de la ficcionalidad para sus propósitos?
D.S.: Me gusta Mímesis de Erich Auerbach y The Poetics of Prose de Tzvetan Todorov. Me encanta Cioran, Barthes, Foucault y Derrida, así como Blaise Pascal, Schopenhauer y Nietzsche: una vez más, la crítica imaginativa. Otro ejemplo sería Eros the Bittersweet de Anne Carson y toda la historia del pensamiento y de la consciencia.
A.L.: ¿La nueva literatura tiene que superar los límites geográficos? Una novela geopolítica para una era de globalización.
D.S.: Hay una prosa muy plana que implica atravesar las fronteras geopolíticas. Yo estoy más consagrado a la violación de las fronteras de género e intento explicarlo en muchas de mis obras: Reality Hunger, How Literature Saved My Life, Enough About You, y mi próximo libro I Think You´re Totally Wrong: a Quarrel.
A.L.: ¿Qué nos recomendaría?
D.S.: Aquí te dejo una lista de escritores que me gustan:
Henry Adams, The Education of Henry Adams
Renata Adler, Speedboat
James Agee, Let Us Now Praise Famous Men
Hilton Als, The Women
W.H. Auden, A Certain World
Augustine, Confessions
Nicholson Baker, A Box of Matches
James Baldwin, Notes of a Native Son
Julian Barnes, Flaubert’s Parrot
Roland Barthes, S/Z
Jo Ann Beard, The Boys of My Youth
Samuel Beckett, Proust
Alan Bennett, Writing Home
Sandra Bernhard, Without You I’m Nothing
Thomas Bernhard, Concrete
John Berryman, The Dream Songs
Eula Biss, The Balloonists
Grégoire Bouillier, The Mystery Guest
Jorge Luis Borges, Other Inquisitions
Joe Brainard, I Remember
Richard Brautigan, Trout Fishing in America
Sophie Calle, Exquisite Pain
Albert Camus, The Fall
Mary Cappello, Awkward
Anne Carson, Plainwater
Terry Castle, “My Heroin Christmas”
John Cheever, Journals
Frank Conroy, Stop-Time
E.M. Cioran, “On Sickness”
J.M. Coetzee, Elizabeth Costello
Billy Collins, The Art of Drowning
Bernard Cooper, Maps to Anywhere
Cyril Connolly, The Unquiet Grave
Douglas Coupland, Generation X
John D’Agata, About a Mountain
Charles Darwin, Origin of the Species
Alphonse Daudet, In the Land of Pain
Larry David, Curb Your Enthusiasm
Thomas DeQuincey, Confessions of an English Opium-Eater
Joan Didion, “Sentimental Journeys”
Annie Dillard, For the Time Being
Marguerite Duras, The Lover
Geoff Dyer, Out of Sheer Rage
Johann Peter Eckermann, Conversations with Goethe
Annie Ernaux, Things Seen
Frederick Exley, A Fan’s Notes
Brian Fawcett, Cambodia
F.Scott Fitzgerald, The Crack-Up
E.M. Forster, Commonplace Book
Joe Frank, In the Dark
Amy Fusselman, The Pharmacist’s Mate
Mary Gaitskill, “Lost Cat”
Eduardo Galeano, The Book of Embraces
Vivian Gornick, The End of the Novel of Love
Simon Gray, The Smoking Diaries
Spalding Gray, Morning, Noon, and Night
Barry Hannah, Boomerang
Elizabeth Hardwick, Sleepless Nights
Kathryn Harrison, The Kiss
John Haskell, I Am Not Jackson Pollock
Nathaniel Hawthorne, “Custom-House”
Robin Hemley, “Riding the Whip”
William James, Varieties of Religious Experience
Frank Kafka, Letter to My Father
Nic Kelman, Girls
David Kirby, The House on Boulevard Street
Wayne Koestenbaum, The Queen’s Throat
Charles Lamb, The Essays of Elia
Philip Larkin, The Whitsun Weddings
D.H. Lawrence, Studies in Classical American Literature
Denis Leary, No Cure for Cancer
Michel Leiris, Manhood
Ben Lerner, Leaving the Atocha Station
Michael Lesy, Wisconsin Death Trip
Jonathan Lethem, The Disappointment Artist
Sven Lindqvist, A History of Bombing
Ross McElwee, Sherman’s March
Rosemary Mahoney, Down the Nile
Janet Malcolm, The Journalist and the Murderer
Rian Malan, My Traitor’s Heart
Sarah Manguso, The Guardians
David Markson, This Is Not a Novel
Carole Maso, The Art Lover
Herman Melville, Moby-Dick
Daniel Mendelsohn, The Elusive Embrace
Leonard Michaels, Shuffle
Michel de Montaigne, Essays
Danger Mouse, The Grey Album
Vladimir Nabokov, Gogol
V.S. Naipaul, A Way in the World
Maggie Nelson, Bluets
Friedrich Nietzsche, Ecce Homo
George Orwell, “Such, Such Were the Joys”
Blaise Pascal, Pensées
Don Patterson, Best Thought, Worst Thought
Fernando Pessoa, The Book of Disquiet
Plato, Dialogues of Socrates
Marcel Proust, In Search of Lost Time
Jonathan Raban, For Love & Money
James Richardson, Vectors
Alain Robbe-Grillet, Ghosts in the Mirror
François Le Rochefoucauld, Maxims
Rick Reynolds, Only the Truth Is Funny
Chris Rock, Bring the Pain
Jean-Jacques Rousseau, Confessions
Arthur Schnopenhauer, The World as Will and Representation
W.G. Sebald, The Emigrants
Wallace Shawn, My Dinner with André
Sarah Silverman, Jesus Is Magic
Lauren Slater, Lying
Gilbert Sorrentino, “The Moon in its Flight”
Art Spiegelman, Maus
Jean Stafford, A Mother in History
Stendahl, On Love
Laurence Sterne, Tristram Shandy
Jean Stein, Edie
Melanie Thernstrom, The Dead Girl
Jean Toomer, Cane
Thucydides, The History of the Peloponnesian War
George W.S. Trow, Within the Context of No Context
Kurt Vonnegut, Slaughterhouse-Five
D.J. Waldie, Holy Land
Joe Wenderoth, Letters to Wendy’s
Geoffrey Wolff, The Duke of Deception
22 de junio de 2014
Andrés Lomeña
domingo, 22 de junio de 2014
miércoles, 4 de junio de 2014
ENTREVISTA CON TOM STANDAGE
ENTREVISTA CON TOM STANDAGE
A.L.: Su libro Writing on the wall es una historia de los medios
sociales, así que tengo que preguntarle por el papel que juega la
burbuja de filtros de Eli Pariser dentro de sus consideraciones sobre
Internet.
T.S.: Creo que la burbuja de filtros se ha exagerado mucho y puede que esté completamente equivocada. Las personas leen muchos más periódicos online que en papel. Hace algunos años quizás leían un periódico; ahora pueden ver artículos de una docena de periódicos en su Facebook o a través de Twitter. Solía haber un puñado de canales de televisión para elegir, mientras que ahora hay cientos, además de los vídeos de Internet. La tecnología digital ha complicado que exista una burbuja de noticias como ocurría antes.
A.L.: ¿Había spam y malware en el pasado?
T.S.: En el pasado no había tantas formas de rivalizar con el correo.
De hecho, no hubo servicio oficial de correo durante la mayor
parte de la historia. Las personas contactaban con los amigos, o con
mensajeros pagados, para entregar cosas. Hoy lo que vemos es una
competición entre servicios rivales gratuitos. Eso no ocurría en el
pasado. Así que me temo que ni spam (porque enviar mensajes no era gratuito) ni
malware.
A.L.: Propone términos actuales (viral, underground, etcétera) para viejos conceptos (revolución, panfletos, imprenta) ¿Ha sido eso un problema para los académicos?
T.S.: Algunas personas criticaron mi uso deliberado de expresiones
modernas para hablar de las viejas formas de los medios. A la
mayoría de la gente le gustó. Y de hecho algunos historiadores han hecho cosas similares en el pasado, por ejemplo, señalando similitudes entre los panfletos y los blogs, o llamando las redes de noticias de la temprana Iglesia cristiana “La Internet
sagrada”. Así que lo hago con más frecuencia que los historiadores,
pero algunos de ellos también lo hacen. Creo que ayuda a los lectores
a trazar analogías con mayor facilidad.
A.L.: The Victorian Internet tiene un prólogo escrito por Vinton Cerf. ¿Qué figuras parecidas a Cerf había en el pasado? ¿Y a Tim Berners-Lee?
T.S.: Tim Berners-Lee creó la web, que es la cima de Internet.
Vint Cerf cocreó los protocolos con los que funciona la red, así que
Cerf es un poco como Morse y Berners-Lee como Edison, que hizo
innovaciones en la plataforma que Morse había creado. Por otra parte,
he comparado a Mark Zuckerberg con Benjamin Franklin:
https://medium.com/technology-and-society/benjamin-franklin-social-media-pioneer-3fb505b1ce7c
A.L.: ¿Cuál es su próximo proyecto?
T.S.: Aún no lo sé, pero pensaré algo a finales de año.
A.L.: Una recomendación final...
T.S.: No sin nuestro consentimiento de Rebecca MacKinnon fue
un libro muy agudo sobre el impacto político de Internet y de los medios
sociales.
4 de junio de 2014
Andrés Lomeña
A.L.: Su libro Writing on the wall es una historia de los medios
sociales, así que tengo que preguntarle por el papel que juega la
burbuja de filtros de Eli Pariser dentro de sus consideraciones sobre
Internet.
T.S.: Creo que la burbuja de filtros se ha exagerado mucho y puede que esté completamente equivocada. Las personas leen muchos más periódicos online que en papel. Hace algunos años quizás leían un periódico; ahora pueden ver artículos de una docena de periódicos en su Facebook o a través de Twitter. Solía haber un puñado de canales de televisión para elegir, mientras que ahora hay cientos, además de los vídeos de Internet. La tecnología digital ha complicado que exista una burbuja de noticias como ocurría antes.
A.L.: ¿Había spam y malware en el pasado?
T.S.: En el pasado no había tantas formas de rivalizar con el correo.
De hecho, no hubo servicio oficial de correo durante la mayor
parte de la historia. Las personas contactaban con los amigos, o con
mensajeros pagados, para entregar cosas. Hoy lo que vemos es una
competición entre servicios rivales gratuitos. Eso no ocurría en el
pasado. Así que me temo que ni spam (porque enviar mensajes no era gratuito) ni
malware.
A.L.: Propone términos actuales (viral, underground, etcétera) para viejos conceptos (revolución, panfletos, imprenta) ¿Ha sido eso un problema para los académicos?
T.S.: Algunas personas criticaron mi uso deliberado de expresiones
modernas para hablar de las viejas formas de los medios. A la
mayoría de la gente le gustó. Y de hecho algunos historiadores han hecho cosas similares en el pasado, por ejemplo, señalando similitudes entre los panfletos y los blogs, o llamando las redes de noticias de la temprana Iglesia cristiana “La Internet
sagrada”. Así que lo hago con más frecuencia que los historiadores,
pero algunos de ellos también lo hacen. Creo que ayuda a los lectores
a trazar analogías con mayor facilidad.
A.L.: The Victorian Internet tiene un prólogo escrito por Vinton Cerf. ¿Qué figuras parecidas a Cerf había en el pasado? ¿Y a Tim Berners-Lee?
T.S.: Tim Berners-Lee creó la web, que es la cima de Internet.
Vint Cerf cocreó los protocolos con los que funciona la red, así que
Cerf es un poco como Morse y Berners-Lee como Edison, que hizo
innovaciones en la plataforma que Morse había creado. Por otra parte,
he comparado a Mark Zuckerberg con Benjamin Franklin:
https://medium.com/technology-and-society/benjamin-franklin-social-media-pioneer-3fb505b1ce7c
A.L.: ¿Cuál es su próximo proyecto?
T.S.: Aún no lo sé, pero pensaré algo a finales de año.
A.L.: Una recomendación final...
T.S.: No sin nuestro consentimiento de Rebecca MacKinnon fue
un libro muy agudo sobre el impacto político de Internet y de los medios
sociales.
4 de junio de 2014
Andrés Lomeña
sábado, 3 de mayo de 2014
ENTREVISTA CON DAVID M. BERRY
ENTREVISTA CON DAVID M. BERRY
Especialista en teoría de los medios y editor de Understanding Digital Humanities. Berry ha conectado hábilmente la cultura digital con la teoría crítica y ha levantado los primeros cimientos de una verdadera filosofía del software.
El autor relativiza la importancia de los análisis tecnológicos estrictamente materialistas y apunta hacia lo que podría convertirse en toda una Crítica de la razón computacional.
ANDRÉS LOMEÑA: Según Luciano Floridi, vivimos en la era del zettabyte. Las posibilidades del Big Data son apabullantes, de ahí que usted nos haya advertido sobre la cesión de numerosos procesos cognitivos a los ordenadores. ¿Qué significa para la condición humana esta rendición a la cultura tecnológica?
DAVID M. BERRY: En mi obra, lo crucial no son los datos, sino la computación, así que más que la era del zettabyte prefiero pensar en “la era de la computación ubicua”. Ésta es una distinción fundamental porque la computación es una precondición necesaria para el Big Data. No quiero decir que el Big Data no plantee importantes e interesantes preguntas filosóficas, sino que en un nivel de análisis más primordial, la computación es una condición de posibilidad para responder a muchas de las preguntas clave que se hace la especie humana (el cambio climático, por ejemplo). Por lo tanto, la computación es esencial, tanto teórica como empíricamente. El desafío para la condición humana es aclarar que lo que está en juego es exactamente la pregunta por el ser humano, la cual avanza en varias direcciones nihilistas, como determinadas manifestaciones de lo posthumano y ciertas filosofías del realismo.
A.L.: Hay que entender el software como un metamedio. No obstante, Geert Lovink suele recordarnos que el monomedio es un “sueño húmedo” para los defensores de la convergencia. Comparto las preocupaciones de José van Dijck sobre cómo se ha delegado la esfera pública a unas pocas empresas privadas (Facebook, Google y Twitter, entre otras). ¿Cuál es el fallo en esa cultura de la convergencia, si es que lo hay?
D.B.: No creo que Geert Lovink se esté refiriendo al modo en que lo digital y los medios computacionales están reconfigurando formas mediáticas previas. Sin embargo, Lovink acierta de pleno en el hecho de que la materialidad digital no se traduce automáticamente en un monomedio. El software puede estar invadiendo el mundo, pero lo está haciendo a través de un proceso de fuerzas parciales y contradictorias debido a múltiples conflictos internos e irracionalidades, pero también debido a la mediación del trabajo social a cargo de las fuerzas capitalistas. El software, de este modo, existe como un lugar de convergencia y salida, de control y libertad, de poder y resistencia. Esto muestra la importancia de la politización de la computación y la necesidad de nuevas alfabetizaciones digitales, lo que en otro lugar he bautizado como iteración. Si conocemos la lectura y la escritura de la nueva sociedad digital, los tipos de cultura convergente sobre los que previene van Dijck pueden deconstruirse y combartirse.
A.L.: Hay un completo caos de “formatos”: el HTML5, el MP4, los diferentes lenguajes de programación, las plataformas de integración como SAP, el epub3 y así sucesivamente. Usted habla de entropía del software en su libro La filosofía del software. Entiendo, por tanto, que aún sufrimos las consecuencias de una crisis ecológica de los medios: la infobesidad y la infoxicación siguen siendo términos válidos para analizar la sociedad actual.
D.B.: La proliferación de formas y protocolos de medios computacionales son una señal importante del potencial creativo de la computación, no sólo a nivel técnico, sino también en cuanto a las posibilidades culturales, sociales y políticas que el software materializa. Tenemos que distinguir entre la rápida proliferación que se produce bajo la superficie de la cultura computacional y la aparentemente benigna quietud de las interfaces. La computación se suele identificar con una estructura económica de ganador absoluto y está claro que la contestación política en el nivel de la interfaz y del código es muy relevante. También deberíamos admitir que lo que parece un caos desde lejos es mucho más sutil de cerca porque la computación funciona a través de un mecanismo de abstracción generalizada; el proceso que impulsa la innovación de los sistemas computacionales también muestra que la computación siempre está inmersa en un proceso de contestación y construcción de alianzas. En mi opinión, una esfera pública que permite la contestación democrática a nivel técnico es políticamente saludable.
A.L.: Ha contribuido junto a otros autores al desarrollo de los estudios de software. ¿Qué pasa con los estudios de hardware? Es un campo que parece inexistente. Ya hay una historia cultural del mp3 escrita por Jonathan Sterne y sería genial asistir al nacimiento de historias culturales de otras tecnologías y formatos.
D.B.: Ha habido algunas obras importantes sobre hardware que provienen de la teoría alemana de los medios. Por ejemplo, la obra de Friedrich Kittler, aunque también pienso en la historia de las técnicas culturales y en la arqueología de los medios. En cualquier caso, la importancia de la materialidad de la computación y lo digital no puede exagerarse. Mi obra, en la medida en que es una contribución a los estudios de software, ha sido muy precisa en este aspecto. Necesitamos reconocer que el software está revolucionando el hardware hasta el punto de que los algoritmos diseñan y dirigen la producción de hardware (piensa en las fábricas de chips), ya que se exceden las capacidades humanas para desarrollarlo a ese nivel. Hay contribuciones importantes a la historia cultural del hardware, pero deberíamos ser cuidadosos a la hora de hacer distinciones estrictas y saber que el software y el hardware son dos lados de la misma moneda de la computación.
A.L.: ¿Qué puede contarnos de su proyecto New aesthetics?
D.B.: La nueva estética tiene que ver con las tecnologías digitales: son manifestaciones de lo post-digital. Esas instancias pueden leerse sintomáticamente y en un sentido estético para así ayudarnos a que nuestra condición computacional contemporánea tenga sentido. Interpreto las creaciones como artefactos culturales que representan historias encriptadas, momentos metafísicos que nos permiten observar la reconfiguración de nuestro horizonte de inteligibilidad.
A.L.: ¿Alguna recomendación final para mejorar nuestro entendimiento sobre la cultura computacional?
D.B.: Tenemos una tarea urgente: movilizar una filosofía crítica que ofrezca respuestas e interpretaciones a nuestra condición histórica actual, la cual está marcada por la computación. Cuanto más penetra la computación en nuestras vidas cotidianas y cuanto más interviene en nuestras vidas personales y sociales, más urgente se vuelve la tarea. Esto implica una relectura crítica de las claves teóricas y de nuestro trabajo filosófico; necesitamos proponer nuevos conceptos, pero también debemos proporcionar indicadores sobre el desarrollo del trabajo empírico en la sociedad computacional.
Mi trabajo es contribuir con esta tarea y mi nueva obra está centrada en el modo de codificar y descodificar la empobrecida, aunque potencialmente reveladora, cultura de la computación. Estoy explorando nuevos enfoques para leer y escribir lo digital, lo cual nos permitirá criticar y construir nuevos mundos dentro de un campo de computación criptográficamente opaco, pero también movilizaré el pensamiento crítico de épocas anteriores para proporcionar una crítica de la vida computacional.
3 de mayo de 2014
Andrés Lomeña
Especialista en teoría de los medios y editor de Understanding Digital Humanities. Berry ha conectado hábilmente la cultura digital con la teoría crítica y ha levantado los primeros cimientos de una verdadera filosofía del software.
El autor relativiza la importancia de los análisis tecnológicos estrictamente materialistas y apunta hacia lo que podría convertirse en toda una Crítica de la razón computacional.
ANDRÉS LOMEÑA: Según Luciano Floridi, vivimos en la era del zettabyte. Las posibilidades del Big Data son apabullantes, de ahí que usted nos haya advertido sobre la cesión de numerosos procesos cognitivos a los ordenadores. ¿Qué significa para la condición humana esta rendición a la cultura tecnológica?
DAVID M. BERRY: En mi obra, lo crucial no son los datos, sino la computación, así que más que la era del zettabyte prefiero pensar en “la era de la computación ubicua”. Ésta es una distinción fundamental porque la computación es una precondición necesaria para el Big Data. No quiero decir que el Big Data no plantee importantes e interesantes preguntas filosóficas, sino que en un nivel de análisis más primordial, la computación es una condición de posibilidad para responder a muchas de las preguntas clave que se hace la especie humana (el cambio climático, por ejemplo). Por lo tanto, la computación es esencial, tanto teórica como empíricamente. El desafío para la condición humana es aclarar que lo que está en juego es exactamente la pregunta por el ser humano, la cual avanza en varias direcciones nihilistas, como determinadas manifestaciones de lo posthumano y ciertas filosofías del realismo.
A.L.: Hay que entender el software como un metamedio. No obstante, Geert Lovink suele recordarnos que el monomedio es un “sueño húmedo” para los defensores de la convergencia. Comparto las preocupaciones de José van Dijck sobre cómo se ha delegado la esfera pública a unas pocas empresas privadas (Facebook, Google y Twitter, entre otras). ¿Cuál es el fallo en esa cultura de la convergencia, si es que lo hay?
D.B.: No creo que Geert Lovink se esté refiriendo al modo en que lo digital y los medios computacionales están reconfigurando formas mediáticas previas. Sin embargo, Lovink acierta de pleno en el hecho de que la materialidad digital no se traduce automáticamente en un monomedio. El software puede estar invadiendo el mundo, pero lo está haciendo a través de un proceso de fuerzas parciales y contradictorias debido a múltiples conflictos internos e irracionalidades, pero también debido a la mediación del trabajo social a cargo de las fuerzas capitalistas. El software, de este modo, existe como un lugar de convergencia y salida, de control y libertad, de poder y resistencia. Esto muestra la importancia de la politización de la computación y la necesidad de nuevas alfabetizaciones digitales, lo que en otro lugar he bautizado como iteración. Si conocemos la lectura y la escritura de la nueva sociedad digital, los tipos de cultura convergente sobre los que previene van Dijck pueden deconstruirse y combartirse.
A.L.: Hay un completo caos de “formatos”: el HTML5, el MP4, los diferentes lenguajes de programación, las plataformas de integración como SAP, el epub3 y así sucesivamente. Usted habla de entropía del software en su libro La filosofía del software. Entiendo, por tanto, que aún sufrimos las consecuencias de una crisis ecológica de los medios: la infobesidad y la infoxicación siguen siendo términos válidos para analizar la sociedad actual.
D.B.: La proliferación de formas y protocolos de medios computacionales son una señal importante del potencial creativo de la computación, no sólo a nivel técnico, sino también en cuanto a las posibilidades culturales, sociales y políticas que el software materializa. Tenemos que distinguir entre la rápida proliferación que se produce bajo la superficie de la cultura computacional y la aparentemente benigna quietud de las interfaces. La computación se suele identificar con una estructura económica de ganador absoluto y está claro que la contestación política en el nivel de la interfaz y del código es muy relevante. También deberíamos admitir que lo que parece un caos desde lejos es mucho más sutil de cerca porque la computación funciona a través de un mecanismo de abstracción generalizada; el proceso que impulsa la innovación de los sistemas computacionales también muestra que la computación siempre está inmersa en un proceso de contestación y construcción de alianzas. En mi opinión, una esfera pública que permite la contestación democrática a nivel técnico es políticamente saludable.
A.L.: Ha contribuido junto a otros autores al desarrollo de los estudios de software. ¿Qué pasa con los estudios de hardware? Es un campo que parece inexistente. Ya hay una historia cultural del mp3 escrita por Jonathan Sterne y sería genial asistir al nacimiento de historias culturales de otras tecnologías y formatos.
D.B.: Ha habido algunas obras importantes sobre hardware que provienen de la teoría alemana de los medios. Por ejemplo, la obra de Friedrich Kittler, aunque también pienso en la historia de las técnicas culturales y en la arqueología de los medios. En cualquier caso, la importancia de la materialidad de la computación y lo digital no puede exagerarse. Mi obra, en la medida en que es una contribución a los estudios de software, ha sido muy precisa en este aspecto. Necesitamos reconocer que el software está revolucionando el hardware hasta el punto de que los algoritmos diseñan y dirigen la producción de hardware (piensa en las fábricas de chips), ya que se exceden las capacidades humanas para desarrollarlo a ese nivel. Hay contribuciones importantes a la historia cultural del hardware, pero deberíamos ser cuidadosos a la hora de hacer distinciones estrictas y saber que el software y el hardware son dos lados de la misma moneda de la computación.
A.L.: ¿Qué puede contarnos de su proyecto New aesthetics?
D.B.: La nueva estética tiene que ver con las tecnologías digitales: son manifestaciones de lo post-digital. Esas instancias pueden leerse sintomáticamente y en un sentido estético para así ayudarnos a que nuestra condición computacional contemporánea tenga sentido. Interpreto las creaciones como artefactos culturales que representan historias encriptadas, momentos metafísicos que nos permiten observar la reconfiguración de nuestro horizonte de inteligibilidad.
A.L.: ¿Alguna recomendación final para mejorar nuestro entendimiento sobre la cultura computacional?
D.B.: Tenemos una tarea urgente: movilizar una filosofía crítica que ofrezca respuestas e interpretaciones a nuestra condición histórica actual, la cual está marcada por la computación. Cuanto más penetra la computación en nuestras vidas cotidianas y cuanto más interviene en nuestras vidas personales y sociales, más urgente se vuelve la tarea. Esto implica una relectura crítica de las claves teóricas y de nuestro trabajo filosófico; necesitamos proponer nuevos conceptos, pero también debemos proporcionar indicadores sobre el desarrollo del trabajo empírico en la sociedad computacional.
Mi trabajo es contribuir con esta tarea y mi nueva obra está centrada en el modo de codificar y descodificar la empobrecida, aunque potencialmente reveladora, cultura de la computación. Estoy explorando nuevos enfoques para leer y escribir lo digital, lo cual nos permitirá criticar y construir nuevos mundos dentro de un campo de computación criptográficamente opaco, pero también movilizaré el pensamiento crítico de épocas anteriores para proporcionar una crítica de la vida computacional.
3 de mayo de 2014
Andrés Lomeña
lunes, 24 de marzo de 2014
ENTREVISTA CON JENNIFER GROULING Y SARAH LYNNE BOWMAN
ENTREVISTA CON JENNIFER GROULING Y SARAH LYNNE BOWMAN
ANDRÉS LOMEÑA: Me gustaría preguntarles por la eclosión de estudios y análisis sobre los juegos de rol. ¿Qué ha pasado en los últimos años? Sospecho que arrancó con The fantasy role-playing game: a new performing art de Daniel Mackay y con Shared fantasy de Gary Alan Fine.
JENNIFER GROULING: Me sorprendió mucho ver que aparecían numerosos estudios sobre los juegos de rol de mesa. El libro de Fine se publicó en los ochenta y fue una exploración sociológica antes de que los game studies despegaran. Cuando estaba escribiendo el libro, era como si todo el mundo hablara de videojuegos y realidad virtual, y citar a Fine o Mackay para reflexionar sobre juegos de mesa era un poco informal, algo así como: “Vale, estamos hablando de videojuegos, pero todos proceden de los juegos de mesa”. Me molestaba ese tipo de afirmaciones porque creía que los juegos de mesa (tanto los de rol como los de tablero) tenían un potencial académico real. Me alegra que otros lo vieran de la misma forma.
SARAH LYNNE BOWMAN: Si miras en las historias de la comunicación del último siglo aproximadamente, el interés académico en un medio emergente suele tardar algunas décadas en manifestarse. Lo habitual es que los individuos que crecieron en ese medio tiendan a ganar posiciones de autoridad y a establecer sus intereses como un objeto valioso de estudio. En la historia del teatro, el cine y los videojuegos, el proceso a menudo implica batallar contra una tremenda cantidad de resistencias que vienen de círculos académicos que cuestionan la validez artística de esas nuevas formas.
Además del desdén de los gatekeepers académicos, los juegos de rol también se han enfrentado a la cultura mainstream durante el “pánico satánico” de los años ochenta y a los frecuentes ataques sensacionalistas sobre el medio como algo meramente “escapista”. Los académicos especializados en juegos de rol por fin estamos llegando a una fase en la que nos comunicamos y mantenemos un vivo diálogo con otros campos, incluyendo la dramaturgia, los estudios sobre juegos, la psicología o la sociología. Queremos establecer en el mundo académico lo que ya sabemos como jugadores: los juegos de rol pueden promover un inmenso proceso de transformación personal en los participantes.
A.L.: Yo jugaba a rol cuando era adolescente y admito que hace mucho que no juego. ¿Ustedes jugaron antes de escribir sobre ellos?
J.G.: Jugué a rol antes de estudiarlo. Sin embargo, llegué a los juegos de rol de manera formal cuando ya era adulta. Cuando era más joven, parecía una cosa de chicos. Escribía cartas a mis amigos del tipo Star Trek: the Next Generation characters. En esencia hacíamos lo mismo, aunque no lo llamáramos así. La primera vez que intenté entrar en un grupo de Dragones y Mazmorras me dijeron que no era para chicas. Así, el grupo que estudié fue realmente mi primer grupo formal de juegos de rol. También estudié un máster de lengua durante ese tiempo y análisis narrativo y lingüístico. Vi ciertos solapamientos, así que decidí estudiar a mi grupo para mi proyecto de tesina. Para el libro, amplié el contenido observando y hablando con jugadores de rol que no pertenecían a mi grupo, pero aún hay una fuerte dependencia en mi obra con la observación participante.
Mis intereses han cambiado con el tiempo. Ahora estoy en el campo de la retórica y la escritura y sobre todo estudio la enseñanza de la escritura. No obstante, doy una asignatura sobre juegos y narrativa, lo que resulta muy divertido. No juego mucho al rol desde esos días, sino que me centro en los Eurogames.
S.B.: Empecé a jugar en entornos digitales como los MUDs, los MOOs y los MUSHes a los quince años. Empecé a jugar a rol en vivo y a los juegos de rol de mesa a mis veinte y mis treinta, aunque mis experiencias se limitaban a Mundo de Tinieblas y a Dragones y Mazmorras. Ahora disfruto con juegos muy distintos en Wyrd Con, Intercon y Fastaval: juegos de mesa indies, sistemas libres norteamericanos, rol en vivo sobre un apocalipsis zombi y rol en vivo nórdico.
Mi interés académico es interdisciplinar. Mi formación es en comunicación, filología y humanidades, aunque también me he aproximado a la psicología, la dramaturgia, los juegos y la sociología para mi obra. La observación participante y la etnografía están en el corazón de toda mi obra, independientemente de mi metodología y de mis concepciones teóricas, razones por las que intento experimentar estilos tan diferentes de juegos de rol como me sea posible. Mi juego favorito de todos los tiempos es: Mago: La Ascensión.
A.L.: Me parece inevitable preguntarles por la crisis de los juegos de rol.
J.G.: Creo que siempre será un juego de “nichos”. Lleva mucho tiempo y trabajo reunir a un grupo unido que quede habitualmente. Hay personas que juegan en convenciones y convenciones para jugar, pero el juego en las convenciones es diferente que sentarte alrededor de un grupo regular. Mi libro sostiene que los juegos de rol de tablero tienen unas exigencias para los participantes diferentes a otros juegos, así que no creo que la crisis se vaya a ir. La veo cambiando en cuanto a la forma en que la gente queda. Tengo un amigo que ahora juega a D&D a través de http://roll20.net. Creo que la tecnología nos está invadiendo de tal forma que en realidad podemos capturar experiencias “cara a cara” de forma online. En todo caso, el rol siempre seguirá ahí y será una experiencia distinta de los videojuegos y de otras prácticas sociales.
S.B.: Me imagino que te refieres al aspecto económico de la industria de los juegos de rol. Ganarse la vida escribiendo materiales para juegos y jugar a rol en vivo siempre son empresas arriesgadas, sobre todo desde que los juegos de rol enseñan a las personas a usar su propia imaginación más que a depender de la imaginación de otros.
Sin embargo, como a muchos nos apasiona este hobby, creamos juegos gratuitos, colgando esos materiales en sitios públicos para que los disfruten personas de todo el mundo. En el apartado lucrativo, DriveThruRPG ha proporcionado un gran servicio a la industria de los juegos de rol, ofreciendo versiones PDF baratas de los juegos. Kickstarter ayuda a muchos diseñadores a conseguir que sus juegos se publiquen. Las convenciones estadounidenses como Intercon, Wyrd Con, Gen Con, Origins, PAX, Dexcon, Dreamation y otras presentan juegos de rol de distintos niveles.
Las conferencias semiacadémicas como las Knutpunkt en los países nórdicos, las Mittelpunkt en Alemania y las GNiales en Francia ayudan a elevar el nivel del discurso, un modelo que hemos intentado imitar en Estados Unidos con una convención como Wyrd Con. Esos encuentros suelen ir acompañados de compilaciones de artículos para estimular el debate y algunos suelen tener una gran base académica. En Estados Unidos ayudo a editar Wyrd Con Companion Book, una publicación libre y online que ofrece a los lectores artículos periodísticos y académicos. Este año hemos hecho revisión de pares para los autores en la sección académica dirigida a expertos. Otra tendencia creciente es la documentación de los juegos que existen, algo ejemplificado en publicaciones como el Nordic Larp book y los magníficos libros editados por la danesa Rollespilsakademiet.
En resumen, veo que el campo florece en lugar de marchitarse. Internet ha ofrecido niveles sin precedentes de conectividad y colaboración, lo que ha ayudado a expandir el campo tanto en el diseño como en lo académico.
A.L.: Building imaginary worlds de Mark J. P. Wolf trata sobre los mundos narrativos y virtuales. ¿Ve una convergencia entre juegos de rol, mundos literarios y la fan fiction?
J.G.: Creo que hay una gran conexión y es algo que se ha explorado hasta cierto punto. Tengo un capítulo en mi libro que menciona al fandom y la fan fiction, pero sólo de manera superficial. Espero que cada vez más personas estudien esas conexiones. En cierto modo, veo los juegos de rol como algo muy similar a la fan fiction: exploramos áreas de un mundo ficcional que no es posible dentro de los libros o la televisión.
S.B.: Creo que todos esos ejemplos son expresiones del mismo impulso humano: crear y conectar con narrativas significativas. En este sentido, recomiendo fervientemente el libro As If: Modern Enchantment and the Literary Pre-History of Virtual Reality de Michael Saler, que explica cómo los fans de la fantasía, la ciencia ficción y el género detectivesco han conectado con los textos a través de la participación activa. Este libro encaja perfectamente con el trabajo de los estudios de la recepción respecto al comportamiento “cocreador” de los fans: mírate los libros de Henry Jenkins Piratas de textos y Convergence Culture.
Los juegos de rol llevan ese comportamiento a un nuevo nivel, ofreciendo un espacio imaginativo aún más expansivo para los jugadores que protagonizan sus fantasías. Algunos de esos espacios o “círculos mágicos”, como los llamamos dentro de los game studies, se centran en los mundos basados en un género, mientras que otros enfatizan el realismo social. Nuestro objetivo actual con las diversas narrativas es ensalzar la interactividad y el alto nivel de compromiso creativo que existe, más que privilegiar a un artista particular o un canon de textos recibidos pasivamente.
A.L.: Ya para terminar, ¿en qué trabajan ahora mismo?
J.G.: Ahora no estoy haciendo nada relacionado con juegos de rol. Lo más parecido que he hecho es un estudio colaborativo sobre cómo usar los juegos en las clases de escritura profesional. Eso se convertirá en un libro que se llamará Computer Games and Technical Communication. He cambiado hacia una mayor preocupación por la enseñanza de la escritura.
Cuando escribí mi trabajo de investigación y después el libro, las personas me preguntaban por las implicaciones pedagógicas. En ese momento, no quería meterme en eso porque pensaba que el libro se sostenía como un análisis de género. Creo que una obra no siempre tiene que buscar implicaciones pedagógicas y a veces creo que las implicaciones pueden ser forzadas. Me he divertido muchísimo enseñando mi curso de narrativa y juegos y este otoño hacía participar a los alumnos en una sesión de D&D. Disfrutaron mucho y se generó un debate sobre narrativa, juegos y escritura. No creo que debamos empezar a añadir juegos de rol a todas nuestras clases, pero creo que es importante estudiar los juegos de rol en nuestra investigación académica y con nuestros estudiantes.
S.B.: Como ya mencioné antes, edito el Wyrd Con Companion Book, que ahora mismo está aceptando artículos para la publicación de 2014. Además, varios académicos están colaborando para escribir un manual sobre juegos de rol, una especie de libro de texto para los Role-playing Studies. Voy a contribuir en varios capítulos de ese libro. También estudio los juegos de rol educativos (edu-larp) y estoy redactando los resultados de un estudio de caso cuantitativo y cualitativo sobre la organización sin ánimo de lucro Seekers Unlimited (http://seekersunlimited.com), usando edu-larp para enseñar ciencia en un instituto de Los Ángeles.
Estoy metida en un proyecto a largo plazo sobre el conflicto social y las comunidades de jugadores de rol. Los resultados de mi etnografía preliminar se publicaron el año pasado en el International Journal of Role-playing y pensamos publicar una encuesta cuantitativa a nivel internacional en las próximas semanas. También estoy contribuyendo con un capítulo sobre juegos de rol para una antología sobre Harry Potter y los performance studies. Este verano espero compilar un libro con documentación para el post-apocalipsis zombi americano del rol en vivo de Dystopia Rising (http://www.dystopiarisinglarp.com).
Por último, mi objetivo es escribir otro libro haciendo énfasis en los procesos psicológicos y fenomenológicos que hay detrás de la identidad, los juegos de rol, la creatividad y la representación de personajes. Presenté una investigación en esta área en la Living Games Conference este mes, la primera conferencia de rol en vivo académica de Estados Unidos, que tuvo lugar en la universidad de Nueva York. Espero publicar la investigación a finales de año.
24 de marzo de 2014
Andrés Lomeña
ANDRÉS LOMEÑA: Me gustaría preguntarles por la eclosión de estudios y análisis sobre los juegos de rol. ¿Qué ha pasado en los últimos años? Sospecho que arrancó con The fantasy role-playing game: a new performing art de Daniel Mackay y con Shared fantasy de Gary Alan Fine.
JENNIFER GROULING: Me sorprendió mucho ver que aparecían numerosos estudios sobre los juegos de rol de mesa. El libro de Fine se publicó en los ochenta y fue una exploración sociológica antes de que los game studies despegaran. Cuando estaba escribiendo el libro, era como si todo el mundo hablara de videojuegos y realidad virtual, y citar a Fine o Mackay para reflexionar sobre juegos de mesa era un poco informal, algo así como: “Vale, estamos hablando de videojuegos, pero todos proceden de los juegos de mesa”. Me molestaba ese tipo de afirmaciones porque creía que los juegos de mesa (tanto los de rol como los de tablero) tenían un potencial académico real. Me alegra que otros lo vieran de la misma forma.
SARAH LYNNE BOWMAN: Si miras en las historias de la comunicación del último siglo aproximadamente, el interés académico en un medio emergente suele tardar algunas décadas en manifestarse. Lo habitual es que los individuos que crecieron en ese medio tiendan a ganar posiciones de autoridad y a establecer sus intereses como un objeto valioso de estudio. En la historia del teatro, el cine y los videojuegos, el proceso a menudo implica batallar contra una tremenda cantidad de resistencias que vienen de círculos académicos que cuestionan la validez artística de esas nuevas formas.
Además del desdén de los gatekeepers académicos, los juegos de rol también se han enfrentado a la cultura mainstream durante el “pánico satánico” de los años ochenta y a los frecuentes ataques sensacionalistas sobre el medio como algo meramente “escapista”. Los académicos especializados en juegos de rol por fin estamos llegando a una fase en la que nos comunicamos y mantenemos un vivo diálogo con otros campos, incluyendo la dramaturgia, los estudios sobre juegos, la psicología o la sociología. Queremos establecer en el mundo académico lo que ya sabemos como jugadores: los juegos de rol pueden promover un inmenso proceso de transformación personal en los participantes.
A.L.: Yo jugaba a rol cuando era adolescente y admito que hace mucho que no juego. ¿Ustedes jugaron antes de escribir sobre ellos?
J.G.: Jugué a rol antes de estudiarlo. Sin embargo, llegué a los juegos de rol de manera formal cuando ya era adulta. Cuando era más joven, parecía una cosa de chicos. Escribía cartas a mis amigos del tipo Star Trek: the Next Generation characters. En esencia hacíamos lo mismo, aunque no lo llamáramos así. La primera vez que intenté entrar en un grupo de Dragones y Mazmorras me dijeron que no era para chicas. Así, el grupo que estudié fue realmente mi primer grupo formal de juegos de rol. También estudié un máster de lengua durante ese tiempo y análisis narrativo y lingüístico. Vi ciertos solapamientos, así que decidí estudiar a mi grupo para mi proyecto de tesina. Para el libro, amplié el contenido observando y hablando con jugadores de rol que no pertenecían a mi grupo, pero aún hay una fuerte dependencia en mi obra con la observación participante.
Mis intereses han cambiado con el tiempo. Ahora estoy en el campo de la retórica y la escritura y sobre todo estudio la enseñanza de la escritura. No obstante, doy una asignatura sobre juegos y narrativa, lo que resulta muy divertido. No juego mucho al rol desde esos días, sino que me centro en los Eurogames.
S.B.: Empecé a jugar en entornos digitales como los MUDs, los MOOs y los MUSHes a los quince años. Empecé a jugar a rol en vivo y a los juegos de rol de mesa a mis veinte y mis treinta, aunque mis experiencias se limitaban a Mundo de Tinieblas y a Dragones y Mazmorras. Ahora disfruto con juegos muy distintos en Wyrd Con, Intercon y Fastaval: juegos de mesa indies, sistemas libres norteamericanos, rol en vivo sobre un apocalipsis zombi y rol en vivo nórdico.
Mi interés académico es interdisciplinar. Mi formación es en comunicación, filología y humanidades, aunque también me he aproximado a la psicología, la dramaturgia, los juegos y la sociología para mi obra. La observación participante y la etnografía están en el corazón de toda mi obra, independientemente de mi metodología y de mis concepciones teóricas, razones por las que intento experimentar estilos tan diferentes de juegos de rol como me sea posible. Mi juego favorito de todos los tiempos es: Mago: La Ascensión.
A.L.: Me parece inevitable preguntarles por la crisis de los juegos de rol.
J.G.: Creo que siempre será un juego de “nichos”. Lleva mucho tiempo y trabajo reunir a un grupo unido que quede habitualmente. Hay personas que juegan en convenciones y convenciones para jugar, pero el juego en las convenciones es diferente que sentarte alrededor de un grupo regular. Mi libro sostiene que los juegos de rol de tablero tienen unas exigencias para los participantes diferentes a otros juegos, así que no creo que la crisis se vaya a ir. La veo cambiando en cuanto a la forma en que la gente queda. Tengo un amigo que ahora juega a D&D a través de http://roll20.net. Creo que la tecnología nos está invadiendo de tal forma que en realidad podemos capturar experiencias “cara a cara” de forma online. En todo caso, el rol siempre seguirá ahí y será una experiencia distinta de los videojuegos y de otras prácticas sociales.
S.B.: Me imagino que te refieres al aspecto económico de la industria de los juegos de rol. Ganarse la vida escribiendo materiales para juegos y jugar a rol en vivo siempre son empresas arriesgadas, sobre todo desde que los juegos de rol enseñan a las personas a usar su propia imaginación más que a depender de la imaginación de otros.
Sin embargo, como a muchos nos apasiona este hobby, creamos juegos gratuitos, colgando esos materiales en sitios públicos para que los disfruten personas de todo el mundo. En el apartado lucrativo, DriveThruRPG ha proporcionado un gran servicio a la industria de los juegos de rol, ofreciendo versiones PDF baratas de los juegos. Kickstarter ayuda a muchos diseñadores a conseguir que sus juegos se publiquen. Las convenciones estadounidenses como Intercon, Wyrd Con, Gen Con, Origins, PAX, Dexcon, Dreamation y otras presentan juegos de rol de distintos niveles.
Las conferencias semiacadémicas como las Knutpunkt en los países nórdicos, las Mittelpunkt en Alemania y las GNiales en Francia ayudan a elevar el nivel del discurso, un modelo que hemos intentado imitar en Estados Unidos con una convención como Wyrd Con. Esos encuentros suelen ir acompañados de compilaciones de artículos para estimular el debate y algunos suelen tener una gran base académica. En Estados Unidos ayudo a editar Wyrd Con Companion Book, una publicación libre y online que ofrece a los lectores artículos periodísticos y académicos. Este año hemos hecho revisión de pares para los autores en la sección académica dirigida a expertos. Otra tendencia creciente es la documentación de los juegos que existen, algo ejemplificado en publicaciones como el Nordic Larp book y los magníficos libros editados por la danesa Rollespilsakademiet.
En resumen, veo que el campo florece en lugar de marchitarse. Internet ha ofrecido niveles sin precedentes de conectividad y colaboración, lo que ha ayudado a expandir el campo tanto en el diseño como en lo académico.
A.L.: Building imaginary worlds de Mark J. P. Wolf trata sobre los mundos narrativos y virtuales. ¿Ve una convergencia entre juegos de rol, mundos literarios y la fan fiction?
J.G.: Creo que hay una gran conexión y es algo que se ha explorado hasta cierto punto. Tengo un capítulo en mi libro que menciona al fandom y la fan fiction, pero sólo de manera superficial. Espero que cada vez más personas estudien esas conexiones. En cierto modo, veo los juegos de rol como algo muy similar a la fan fiction: exploramos áreas de un mundo ficcional que no es posible dentro de los libros o la televisión.
S.B.: Creo que todos esos ejemplos son expresiones del mismo impulso humano: crear y conectar con narrativas significativas. En este sentido, recomiendo fervientemente el libro As If: Modern Enchantment and the Literary Pre-History of Virtual Reality de Michael Saler, que explica cómo los fans de la fantasía, la ciencia ficción y el género detectivesco han conectado con los textos a través de la participación activa. Este libro encaja perfectamente con el trabajo de los estudios de la recepción respecto al comportamiento “cocreador” de los fans: mírate los libros de Henry Jenkins Piratas de textos y Convergence Culture.
Los juegos de rol llevan ese comportamiento a un nuevo nivel, ofreciendo un espacio imaginativo aún más expansivo para los jugadores que protagonizan sus fantasías. Algunos de esos espacios o “círculos mágicos”, como los llamamos dentro de los game studies, se centran en los mundos basados en un género, mientras que otros enfatizan el realismo social. Nuestro objetivo actual con las diversas narrativas es ensalzar la interactividad y el alto nivel de compromiso creativo que existe, más que privilegiar a un artista particular o un canon de textos recibidos pasivamente.
A.L.: Ya para terminar, ¿en qué trabajan ahora mismo?
J.G.: Ahora no estoy haciendo nada relacionado con juegos de rol. Lo más parecido que he hecho es un estudio colaborativo sobre cómo usar los juegos en las clases de escritura profesional. Eso se convertirá en un libro que se llamará Computer Games and Technical Communication. He cambiado hacia una mayor preocupación por la enseñanza de la escritura.
Cuando escribí mi trabajo de investigación y después el libro, las personas me preguntaban por las implicaciones pedagógicas. En ese momento, no quería meterme en eso porque pensaba que el libro se sostenía como un análisis de género. Creo que una obra no siempre tiene que buscar implicaciones pedagógicas y a veces creo que las implicaciones pueden ser forzadas. Me he divertido muchísimo enseñando mi curso de narrativa y juegos y este otoño hacía participar a los alumnos en una sesión de D&D. Disfrutaron mucho y se generó un debate sobre narrativa, juegos y escritura. No creo que debamos empezar a añadir juegos de rol a todas nuestras clases, pero creo que es importante estudiar los juegos de rol en nuestra investigación académica y con nuestros estudiantes.
S.B.: Como ya mencioné antes, edito el Wyrd Con Companion Book, que ahora mismo está aceptando artículos para la publicación de 2014. Además, varios académicos están colaborando para escribir un manual sobre juegos de rol, una especie de libro de texto para los Role-playing Studies. Voy a contribuir en varios capítulos de ese libro. También estudio los juegos de rol educativos (edu-larp) y estoy redactando los resultados de un estudio de caso cuantitativo y cualitativo sobre la organización sin ánimo de lucro Seekers Unlimited (http://seekersunlimited.com), usando edu-larp para enseñar ciencia en un instituto de Los Ángeles.
Estoy metida en un proyecto a largo plazo sobre el conflicto social y las comunidades de jugadores de rol. Los resultados de mi etnografía preliminar se publicaron el año pasado en el International Journal of Role-playing y pensamos publicar una encuesta cuantitativa a nivel internacional en las próximas semanas. También estoy contribuyendo con un capítulo sobre juegos de rol para una antología sobre Harry Potter y los performance studies. Este verano espero compilar un libro con documentación para el post-apocalipsis zombi americano del rol en vivo de Dystopia Rising (http://www.dystopiarisinglarp.com).
Por último, mi objetivo es escribir otro libro haciendo énfasis en los procesos psicológicos y fenomenológicos que hay detrás de la identidad, los juegos de rol, la creatividad y la representación de personajes. Presenté una investigación en esta área en la Living Games Conference este mes, la primera conferencia de rol en vivo académica de Estados Unidos, que tuvo lugar en la universidad de Nueva York. Espero publicar la investigación a finales de año.
24 de marzo de 2014
Andrés Lomeña
domingo, 23 de marzo de 2014
ENTREVISTA CON JOSÉ VAN DIJCK
ENTREVISTA CON JOSÉ VAN DIJCK
ANDRÉS LOMEÑA: The culture of connectivity describe la rápida evolución del ecosistema de los medios. Con la compra de WhatsApp por el gigante Facebook, vislumbramos una nueva fase en la creciente presión hacia la participación y la conectividad. Esas plataformas de Internet promueven la desregulación neoliberal a través de sus insaciables modelos de negocio. ¿Acaso funcionan los medios sociales como una especie de esfera pública distópica?
JOSÉ VAN DIJCK: El ecosistema de los medios ligados a la conectividad está evolucionando muy rápido y apenas tenemos la oportunidad de escrutar la textura del sistema: los modelos de negocio, propiedad y gobierno o las tecnologías (ocultas o visibles) que canalizan la participación de los usuarios a través de las plataformas.
La compra de WhatsApp por una suma astronómica (diecinueve mil millones de dólares por una empresa con cincuenta y cuatro empleados) es sólo un paso más en la rápida secuencia de absorciones de Facebook (tras la compra de Instagram y la operación fallida para comprar Snapchat), lo que consolida su rol de “puerta de entrada privilegiada” en el universo de las redes. Algunas empresas de tecnología punta (Google, Facebook y Amazon) están convirtiéndose en los gatekeepers dominantes de la red, si no son ya los únicos. Este ecosistema está privatizado casi en su totalidad. Los usuarios, por su parte, se han convertido en productos de los medios sociales: el número de usuarios es una variable importante a la hora de concretar el valor económico de las plataformas en caso de que haya absorciones u ofertas públicas.
¿Nos lleva todo esto a una esfera pública distópica? Mi mayor reparo tiene que ver con la desaparición de la esfera pública en sí: si toda la comunicación en red y el tráfico social on line se controla a través de un ecosistema producido, gobernado y regulado por dos o tres empresas, ¿qué queda del “valor público”? Hay bastante preocupación por la privacidad en el contexto de los medios sociales, pero esa inquietud mantiene una esfera pública sin teorizar. En mi próximo libro, que he coescrito con Thomas Poell, el tema de los medios sociales y el valor público será algo central.
A.L.: Su argumento parece bastante cercano a la burbuja de filtros de Eli Pariser. Él también persigue nuevas definiciones para lo público y nos ha hecho recordar que el gatekeeping de Facebook, Twitter y otras redes sociales es de todo menos neutral. ¿Confluyen sus pensamientos con los de Pariser?
J.V.D.: Mi tesis es mucho más amplia que la de Pariser, pero evidentemente contiene sus preocupaciones sobre la burbuja de filtros: la información y los datos que se filtran a través de los mismos canales carecen de neutralidad. Cada plataforma se programa para insertar a los usuarios en una cierta tendencia a través de algoritmos invisibles y de modelos de negocio cambiantes. Pero más allá de los filtros individuales y de las plataformas, encontramos una lógica de los medios sociales: un conjunto de principios y mecanismos con los que se gobierna el tráfico social. Esta lógica ha pasado a formar parte de nuestro tejido social y ahora determina cómo interactuamos, qué noticias llegan a ser populares, qué información vemos y cómo nuestro comportamiento on line define lo que queremos ver en el futuro.
Todas las plataformas de medios sociales se están convirtiendo en empresas de datos y están interconectadas a través de acuerdos y sistemas de intercambio de información; esas plataformas (Facebook, Twitter, Google+, Snapchat, Vine, Instagram, WhatsApp, Reddit, etcétera) no son tanto una colección de burbujas de filtros como lo que yo he llamado un ecosistema de medios para la conectividad. El ecosistema forma un “nirvana de interoperabilidad”. Google y Facebook tienen su propia cadena vertical de plataformas y quizás sean competidores, pero ambos operan de acuerdo con una lógica similar; si una plataforma no responde a esta lógica, simplemente se sale del radar y se aleja de la órbita de los usuarios. Las plataformas sin ánimo de lucro o “públicas” (la Wikipedia es la más representativa) dependen casi enteramente de Google, Facebook o Twitter (en ese orden) para atraer tráfico a sus páginas web.
A.L.: ¿Qué autores están haciendo un buen trabajo crítico? El software toma el mando de Lev Manovich ha sido muy inspirador para mí. Desde mi punto de vista, Internet está lleno de manifiestos neoliberales más o menos velados: el manifiesto cluetrain, la retórica psicológica del fluir (flow) y la adaptabilidad a los cambios tecnológicos, la “clase creativa” y los modelos wiki adaptados a la economía de mercado, la autoorganización y un largo etcétera. ¿Tiene una propuesta concreta para redefinir la esfera pública?
J.V.D.: En primer lugar, soy una seguidora de la obra de Lev Manovich y desde luego también puedo recomendar el libro coeditado por Tarleton Gillespie Media Technologies: Essays on Communication, Materiality and Society (MIT Press, 2013). Lo que necesitamos como antídoto para los múltiples manifiestos neoliberales que ensalzan el “nuevo poder de los usuarios” es un conjunto de herramientas críticas para analizar esas plataformas y para comprender sus mecanismos invisibles. Afortunadamente, la ola tecnoutópica de gurús que elogiaban a Google, Facebook, YouTube y Twitter por ser los supuestos nuevos libertadores de la cultura, los promotores de la ciudadanía y los motores de las revoluciones democráticas ha llegado a su fin. En lugar de eso, necesitamos un pensamiento más realista, crítico y matizado sobre los social media que evalúe el estado de las instituciones públicas y privadas y cómo éstas se ven afectadas por la economía de la interconexión en red.
A.L.: Michael Hardt propuso cuatro figuras subjetivas de la crisis en la Declaración que escribió junto con Toni Negri. Una de ellas era “el mediatizado” (las otras figuras eran el endeudado, el asegurado y el representado). ¿Se puede escapar de esta idea negativa de la conectividad? Parece que la única forma de resistencia es saber decir no.
J.V.D.: La resistencia es uno de los temas más importantes en este campo: ¿cómo resisten los usuarios ante los poderosos sistemas en los que están inmersos? Yo he identificado hackers, tweakers, manifestantes, objetores legales, quitters y activistas, pero la ingenuidad metódica de las voces críticas tiene fórmulas más variadas y por eso merecen atención académica. Decir no, desgraciadamente, no es suficiente para escapar al ambiente de la conectividad (ni qué decir que la conectividad tiene cosas buenas y malas). Es crucial entender cómo funcionan las plataformas de los medios sociales, una actitud que exige bastante esfuerzo. Salirse de una red social no es una opción para muchas personas (especialmente para los más jóvenes) porque se están autoexcluyendo de la socialización. En mi libro sobre la cultura de la conectividad he dicho: “Estamos enfrentados no sólo a los obstáculos tecnoeconómicos, sino también a las normas sociales, a los imperativos ideológicos y a la lógica cultural” (Página 171). La comodidad es parte de la lógica cultural: el poder seductor de la mayoría de las plataformas radica en su uso libre y gratuito. La comodidad es el enemigo de la agudeza crítica.
A.L. Le doy las gracias por ayudarnos a construir una nueva esfera pública en la era digital. ¿Algo que añadir?
J.V.D.: El título provisional de mi nuevo libro es Los medios sociales y la transformación del espacio público. Thomas Poell y yo estamos organizando una gran conferencia en Amsterdam sobre este tema y tendremos listas varias publicaciones que aparecerán a raíz de este proyecto.
23 de marzo de 2014
Andrés Lomeña
ANDRÉS LOMEÑA: The culture of connectivity describe la rápida evolución del ecosistema de los medios. Con la compra de WhatsApp por el gigante Facebook, vislumbramos una nueva fase en la creciente presión hacia la participación y la conectividad. Esas plataformas de Internet promueven la desregulación neoliberal a través de sus insaciables modelos de negocio. ¿Acaso funcionan los medios sociales como una especie de esfera pública distópica?
JOSÉ VAN DIJCK: El ecosistema de los medios ligados a la conectividad está evolucionando muy rápido y apenas tenemos la oportunidad de escrutar la textura del sistema: los modelos de negocio, propiedad y gobierno o las tecnologías (ocultas o visibles) que canalizan la participación de los usuarios a través de las plataformas.
La compra de WhatsApp por una suma astronómica (diecinueve mil millones de dólares por una empresa con cincuenta y cuatro empleados) es sólo un paso más en la rápida secuencia de absorciones de Facebook (tras la compra de Instagram y la operación fallida para comprar Snapchat), lo que consolida su rol de “puerta de entrada privilegiada” en el universo de las redes. Algunas empresas de tecnología punta (Google, Facebook y Amazon) están convirtiéndose en los gatekeepers dominantes de la red, si no son ya los únicos. Este ecosistema está privatizado casi en su totalidad. Los usuarios, por su parte, se han convertido en productos de los medios sociales: el número de usuarios es una variable importante a la hora de concretar el valor económico de las plataformas en caso de que haya absorciones u ofertas públicas.
¿Nos lleva todo esto a una esfera pública distópica? Mi mayor reparo tiene que ver con la desaparición de la esfera pública en sí: si toda la comunicación en red y el tráfico social on line se controla a través de un ecosistema producido, gobernado y regulado por dos o tres empresas, ¿qué queda del “valor público”? Hay bastante preocupación por la privacidad en el contexto de los medios sociales, pero esa inquietud mantiene una esfera pública sin teorizar. En mi próximo libro, que he coescrito con Thomas Poell, el tema de los medios sociales y el valor público será algo central.
A.L.: Su argumento parece bastante cercano a la burbuja de filtros de Eli Pariser. Él también persigue nuevas definiciones para lo público y nos ha hecho recordar que el gatekeeping de Facebook, Twitter y otras redes sociales es de todo menos neutral. ¿Confluyen sus pensamientos con los de Pariser?
J.V.D.: Mi tesis es mucho más amplia que la de Pariser, pero evidentemente contiene sus preocupaciones sobre la burbuja de filtros: la información y los datos que se filtran a través de los mismos canales carecen de neutralidad. Cada plataforma se programa para insertar a los usuarios en una cierta tendencia a través de algoritmos invisibles y de modelos de negocio cambiantes. Pero más allá de los filtros individuales y de las plataformas, encontramos una lógica de los medios sociales: un conjunto de principios y mecanismos con los que se gobierna el tráfico social. Esta lógica ha pasado a formar parte de nuestro tejido social y ahora determina cómo interactuamos, qué noticias llegan a ser populares, qué información vemos y cómo nuestro comportamiento on line define lo que queremos ver en el futuro.
Todas las plataformas de medios sociales se están convirtiendo en empresas de datos y están interconectadas a través de acuerdos y sistemas de intercambio de información; esas plataformas (Facebook, Twitter, Google+, Snapchat, Vine, Instagram, WhatsApp, Reddit, etcétera) no son tanto una colección de burbujas de filtros como lo que yo he llamado un ecosistema de medios para la conectividad. El ecosistema forma un “nirvana de interoperabilidad”. Google y Facebook tienen su propia cadena vertical de plataformas y quizás sean competidores, pero ambos operan de acuerdo con una lógica similar; si una plataforma no responde a esta lógica, simplemente se sale del radar y se aleja de la órbita de los usuarios. Las plataformas sin ánimo de lucro o “públicas” (la Wikipedia es la más representativa) dependen casi enteramente de Google, Facebook o Twitter (en ese orden) para atraer tráfico a sus páginas web.
A.L.: ¿Qué autores están haciendo un buen trabajo crítico? El software toma el mando de Lev Manovich ha sido muy inspirador para mí. Desde mi punto de vista, Internet está lleno de manifiestos neoliberales más o menos velados: el manifiesto cluetrain, la retórica psicológica del fluir (flow) y la adaptabilidad a los cambios tecnológicos, la “clase creativa” y los modelos wiki adaptados a la economía de mercado, la autoorganización y un largo etcétera. ¿Tiene una propuesta concreta para redefinir la esfera pública?
J.V.D.: En primer lugar, soy una seguidora de la obra de Lev Manovich y desde luego también puedo recomendar el libro coeditado por Tarleton Gillespie Media Technologies: Essays on Communication, Materiality and Society (MIT Press, 2013). Lo que necesitamos como antídoto para los múltiples manifiestos neoliberales que ensalzan el “nuevo poder de los usuarios” es un conjunto de herramientas críticas para analizar esas plataformas y para comprender sus mecanismos invisibles. Afortunadamente, la ola tecnoutópica de gurús que elogiaban a Google, Facebook, YouTube y Twitter por ser los supuestos nuevos libertadores de la cultura, los promotores de la ciudadanía y los motores de las revoluciones democráticas ha llegado a su fin. En lugar de eso, necesitamos un pensamiento más realista, crítico y matizado sobre los social media que evalúe el estado de las instituciones públicas y privadas y cómo éstas se ven afectadas por la economía de la interconexión en red.
A.L.: Michael Hardt propuso cuatro figuras subjetivas de la crisis en la Declaración que escribió junto con Toni Negri. Una de ellas era “el mediatizado” (las otras figuras eran el endeudado, el asegurado y el representado). ¿Se puede escapar de esta idea negativa de la conectividad? Parece que la única forma de resistencia es saber decir no.
J.V.D.: La resistencia es uno de los temas más importantes en este campo: ¿cómo resisten los usuarios ante los poderosos sistemas en los que están inmersos? Yo he identificado hackers, tweakers, manifestantes, objetores legales, quitters y activistas, pero la ingenuidad metódica de las voces críticas tiene fórmulas más variadas y por eso merecen atención académica. Decir no, desgraciadamente, no es suficiente para escapar al ambiente de la conectividad (ni qué decir que la conectividad tiene cosas buenas y malas). Es crucial entender cómo funcionan las plataformas de los medios sociales, una actitud que exige bastante esfuerzo. Salirse de una red social no es una opción para muchas personas (especialmente para los más jóvenes) porque se están autoexcluyendo de la socialización. En mi libro sobre la cultura de la conectividad he dicho: “Estamos enfrentados no sólo a los obstáculos tecnoeconómicos, sino también a las normas sociales, a los imperativos ideológicos y a la lógica cultural” (Página 171). La comodidad es parte de la lógica cultural: el poder seductor de la mayoría de las plataformas radica en su uso libre y gratuito. La comodidad es el enemigo de la agudeza crítica.
A.L. Le doy las gracias por ayudarnos a construir una nueva esfera pública en la era digital. ¿Algo que añadir?
J.V.D.: El título provisional de mi nuevo libro es Los medios sociales y la transformación del espacio público. Thomas Poell y yo estamos organizando una gran conferencia en Amsterdam sobre este tema y tendremos listas varias publicaciones que aparecerán a raíz de este proyecto.
23 de marzo de 2014
Andrés Lomeña
martes, 18 de febrero de 2014
ENTREVISTA CON MARY-JANE RUBENSTEIN
¿Vivimos en un universo o en un multiverso?
Entrevista interesantísima con la autora de "Worlds without end: The many lives of the multiverse".
ENTREVISTA CON MARY-JANE RUBENSTEIN
ANDRÉS LOMEÑA: Leí sobre la idea del multiverso cuando tenía catorce años, gracias a un juego de rol basado en las novelas de Michael Moorcock (el dominio www.multiverse.org aún le pertenece). Después busqué algo más específico, como Fictions of the cosmos de Frédérique Aït-Touati, Heterocosmica de Lubomir Dolezel y On literary worlds de Eric Hayot. Al final, encontré su magnífica obra, este delicioso magnum opus. ¿Cuál fue su mayor motivación para investigar un concepto tan complejo e incomensurable como el del multiverso?
MARY-JANE RUBENSTEIN: Es un honor que me menciones junto a esos autores. Aunque es cierto que tengo un perfil mucho más fuerte en literatura que en ciencias naturales, llegué a la investigación del multiverso a través de la física popular antes que por la teoría literaria. El proyecto empezó hace cinco años, cuando leía todo lo que caía en mis manos sobre la “energía oscura”, una presión cósmica negativa que está forzando una expansión acelerada del universo, causando que las galaxias del cielo nocturno se separen entre sí y de nosotros. Me sorprendió el lenguaje que se usa para describir esta sustancia; aparte de que se la denomine “oscura” y que se la caracterice como una “energía”, los físicos que la estudian dicen que esta fuerza es “misteriosa”, “espeluznante”, “inesperada”, “amenazadora” e incluso “demoníaca”.
Empecé a preguntarme por aquello que consideraban tan perturbador, esto es, por qué los científicos habían esperado de manera tan mayoritaria que el universo no se alejara de sí mismo, y en el proceso de hurgar en las ecuaciones de Einstein y en las observaciones de Hubble, empecé a destapar una larga historia filosófica y teológica de la cosmología. Aunque esta historia ofrece incontables modelos del universo, muchos de los cuales son verdaderamente ajenos y diferentes entre sí, cada uno de los modelos nos asegura que el universo es eterno o reciclable, es decir, que todo lo que existe o permanece donde está o regresa a la fuente original para ser recreado. No tenemos ningún precedente de un universo que exceda la capacidad de su fuerza creativa, así que para volver al campo literario, el descubrimiento de la energía oscura nos muestra una crisis de la narrativa: no sabemos bien cómo contar esta historia o qué hacer con ella.
Por una serie de motivos (matemáticos, filosóficos y hasta teológicos), el descubrimiento de la energía oscura en 1998 provocó una explosión de las cosmologías del multiverso entre los físicos cuánticos y los cosmólogos. Aunque algunas hipótesis ya se habían propuesto varias décadas antes, los escenarios de universos múltiples recibieron una atención renovada tras la constatación de que este universo se estaba desenrollando en un mar de “nada” en constante expansión. Estaba impresionada no sólo por las especulaciones sobre el multiverso, sino por su incompatibilidad con aquella constatación de una nada en expansión, así que me dispuse a relacionar esas dos visiones para resolver cómo se desarrolló cada una de ellas y por qué, y si algo similar se había propuesto en el milenio de especulación cósmica que produjo la ciencia moderna.
Investigar este libro cambió por completo mi forma de pensar y también mi percepción de lo que era capaz de hacer. Sinceramente, veo mi obra más como un principio que como una especie de culminación; espero seguir reflexionando durante los próximos años y trabajar en el espacio que el libro trata de explorar.
A.L.: No intento ser pretencioso ni adulador cuando digo que nadie había intentado algo semejante desde Alexandre Koyré. ¿Qué deberíamos aprender de la multiplicidad de cosmologías? Su proyecto intelectual pasa por establecer una continuidad entre la filosofía griega (atomistas y estoicos, entre otros) y la física cuántica, ¿no es así?
M.J.R.: En efecto, es un proyecto ambicioso y a veces me siento un poco abrumada, pero empecé con lo que parecía una pregunta modesta: ¿Cómo llega a ser una hipótesis científica respetable la idea de un número infinito de universos? El esfuerzo para responderla me llevó a la vasta historia de la cosmología, una disciplina que, desde el principio, ha estado en la difícil encrucijada de la observación, la especulación y la narrativa. Creo que lo que podemos aprender de los escenarios de los universos múltiples es que la separación de las disciplinas académicas, aunque han sido útiles para las investigaciones científicas, evitan que formulemos grandes preguntas con rigor y complejidad, como de dónde venimos, hacia dónde vamos y qué significa el ser. Esto ocurre en la supuesta oposición entre ciencia y religión, que es dolorosamente inútil, por no decir poco interesante, y que produce un “vacío teórico” en la Academia mucho más amplio que en la cosmología.
Por tanto, sí, parte del esfuerzo es contextualizar las cosmologías contemporáneas del multiverso dentro de la historia de las ideas, una historia que incluye no sólo a los estoicos y los atomistas (quienes, por cierto, parecen haber estado influenciados por los cosmólogos budistas, así como por las escuelas rivales de la antigua Grecia), sino también a los cristianos y anticristianos de todo tipo. Un esfuerzo mayor es, sin embargo, reformular la mal llamada conversación entre ciencia, filosofía y religión. Más que preguntar si podemos ubicar a un Dios-Padre fuera del universo (una pregunta que sería totalmente infructuosa), estoy intentando reunir esas disciplinas por su esfuerzo compartido para comprender qué es ese universo.
A.L.: Nunca pensé que hubiera una conexión entre posiciones no teístas y la existencia de muchos mundos. Para mí es algo contraintuitivo. En la filosofía analítica, la posibilidad de muchos mundos se relaciona con la teología y la existencia de un Dios. Esa nueva metafísica me confunde (hablo de David Lewis y de Plantinga, principalmente). Así que yo veo los mundos posibles como un portal para la trascendencia y el concepto de Dios. Por otra parte, Stalnaker es mucho más tibio y John Searle afirmó que la semántica de los mundos posibles es lo peor que le ha pasado a la filosofía desde la prueba ontológica. ¿Qué piensa de la teoría de los mundos posibles en la filosofía?
M.J.R.: Comprendo tu desconcierto. No es fácil ver cómo un número infinito de universos es más creíble (o menos creíble) que un Dios infinito, sobre todo cuando llegamos a un extraño punto muerto una y otra vez. Los filósofos atomistas produjeron una cosmología de un “multiverso” completamente desarrollado en el siglo V antes de Cristo, precisamente para reaccionar contra la afirmación de que este mundo se había diseñado para beneficio de la humanidad. Tal y como explica Lucrecio, si hay un número infinito de mundos, y si somos conscientes de todos los parámetros posibles, entonces veremos nuestro mundo como un mero accidente y no como un diseño. Así, nos libraríamos de nuestras cadenas para viajar “más allá de las altas murallas” de nuestro limitado mundo y vislumbrar el universo como un todo. Sustituye mundo por universo y universo por multiverso y verás que funciona la misma operación en la cosmología contemporánea: si hay un número infinito de universos con todos los valores posibles de los parámetros fundamentales, entonces no hay necesidad de creer en un Dios-creador y asegurarnos de que nuestro universo es adecuado para la vida: la vida sólo sería algo que ocurre de vez en cuando y vivimos en una de esas ocasiones excepcionales.
No estoy segura, en cambio, de que un número infinito de universos sea una propuesta algo menos metafísica que la de un Dios infinito. Teniendo en cuenta que los físicos hablan de esos nuevos universos desde hace muy poco, el multiverso sólo resulta más interesante que Dios si partes de un concepto extremadamente poco interesante de Dios (una sustancia antropomórfica, desmaterializada y autocausada fuera del universo que proporciona el primer impulso cósmico y que deja lo demás a los procesos naturales). Además, no hay razón alguna para que una postura teísta no pueda colar a “Dios” dentro del multiverso y decir que Él creó un número infinito de mundos. En resumen, pienso que Dios y el multiverso llegan a un punto muerto cuando tanto Dios como los “otros mundos” se estancan en explicaciones infinitas bastante superfluas sobre la existencia de este mundo. Así ninguna perspectiva parece convincente del todo.
A.L.: ¿Quién tuvo la visión más clarividente de los universos múltiples? Quizás se pueda describir la historia de la cosmología como una simple dialéctica, movimientos pendulares que van de las ideas de Platón a Aristóteles, de Descartes a Kant, del científico Brian Greene a otros científicos...
M.J.R.: No, no creo que podamos hablar de una dialéctica; hay muchos modos de configurar lo Único y todo tipo de maneras de dar forma a lo Múltiple, aunque esos ascensos y caídas dependen de los diferentes contextos sociopolíticos que los producen y proscriben. Mi multiplicidad cósmica favorita es probablemente la de Nicolás de Cusa y Giordano Bruno, que parecen ser la misma a simple vista, pero llevó al primero a ser nombrado Cardenal de la Iglesia Católica y al segundo a ser quemado en la hoguera. Una razón de que sus destinos fueran tan distintos es simplemente histórica: Cusa escribió un siglo antes de la reforma protestante y Bruno en su despertar tumultuoso. Pero hay otra razón que es un pequeño detalle teológico que marcó la diferencia: para Cusa, el universo es ilimitado y está lleno de un número “ilimitado” de mundos. Para Bruno, el universo es infinito, y está lleno de un número “infinito” de mundos. Cusa evitó llamar al universo infinito para marcar la distinción ontológica de Dios. Bruno insiste en llamar infinito al universo para equipararlo al flujo inmanente de Dios. Para Cusa, por tanto, Dios está “en” el universo, pero también lo trasciende. Para Bruno, Dios “es” el universo; concretamente, el universo llega a ser para Bruno la segunda persona de la Trinidad: la “palabra” de Dios no toma cuerpo en el mundo material, sino que es ese mundo material. Creo que ahora se ve lo que quiero decir cuando afirmo que hay formas más interesantes de pensar en Dios que la de una Causa autocausada que ilumina el Big Bang.
A.L.: En su libro habla del multiverso de los multiversos. ¿Es ese multiverso definitivo una negociación o acuerdo entre ciencia, filosofía y religión?
M.J.R.: No es un acuerdo. Creo que si alguna vez llegamos a la Verdad del Multiverso habremos desaprovechado la lección de esas cosmologías asombrosamente distintas que reflejan las normas y valores de los contextos específicos que las producen. No creo que lleguemos nunca a algo así como un multiverso sin perspectiva, uno que simplemente refleje “cómo son las cosas”. No obstante, creo que las cosmologías del multiverso nos enseñan lo que la mecánica cuántica nos ha enseñado durante un siglo (y lo que Nietzsche nos enseñó antes): que los objetos del mundo e incluso los propios mundos se forman mediante contextos conceptuales, materiales, experimentales y narrativos. Existe una verdadera producción de “mundos”.
Desde una visión perspectivista, cuanto más coherentes sean las cosmologías del multiverso, mejor, porque cada una de ellas sirve como un producto y un reflejo de historias específicas y acontecimientos particulares, permitiéndonos ver nuestro mundo con mayor claridad y diversidad, desde una nube de perspectivas distintas. Por este motivo necesitamos una conversación disciplinaria mejor articulada, no para que los humanistas y científicos sociales cuenten a los científicos naturales cuál de los modelos es el adecuado, sino para que podamos ver lo que esas cosmologías nos enseñan sobre el mundo en el que vivimos.
18 de febrero de 2014
Entrevista interesantísima con la autora de "Worlds without end: The many lives of the multiverse".
ENTREVISTA CON MARY-JANE RUBENSTEIN
ANDRÉS LOMEÑA: Leí sobre la idea del multiverso cuando tenía catorce años, gracias a un juego de rol basado en las novelas de Michael Moorcock (el dominio www.multiverse.org aún le pertenece). Después busqué algo más específico, como Fictions of the cosmos de Frédérique Aït-Touati, Heterocosmica de Lubomir Dolezel y On literary worlds de Eric Hayot. Al final, encontré su magnífica obra, este delicioso magnum opus. ¿Cuál fue su mayor motivación para investigar un concepto tan complejo e incomensurable como el del multiverso?
MARY-JANE RUBENSTEIN: Es un honor que me menciones junto a esos autores. Aunque es cierto que tengo un perfil mucho más fuerte en literatura que en ciencias naturales, llegué a la investigación del multiverso a través de la física popular antes que por la teoría literaria. El proyecto empezó hace cinco años, cuando leía todo lo que caía en mis manos sobre la “energía oscura”, una presión cósmica negativa que está forzando una expansión acelerada del universo, causando que las galaxias del cielo nocturno se separen entre sí y de nosotros. Me sorprendió el lenguaje que se usa para describir esta sustancia; aparte de que se la denomine “oscura” y que se la caracterice como una “energía”, los físicos que la estudian dicen que esta fuerza es “misteriosa”, “espeluznante”, “inesperada”, “amenazadora” e incluso “demoníaca”.
Empecé a preguntarme por aquello que consideraban tan perturbador, esto es, por qué los científicos habían esperado de manera tan mayoritaria que el universo no se alejara de sí mismo, y en el proceso de hurgar en las ecuaciones de Einstein y en las observaciones de Hubble, empecé a destapar una larga historia filosófica y teológica de la cosmología. Aunque esta historia ofrece incontables modelos del universo, muchos de los cuales son verdaderamente ajenos y diferentes entre sí, cada uno de los modelos nos asegura que el universo es eterno o reciclable, es decir, que todo lo que existe o permanece donde está o regresa a la fuente original para ser recreado. No tenemos ningún precedente de un universo que exceda la capacidad de su fuerza creativa, así que para volver al campo literario, el descubrimiento de la energía oscura nos muestra una crisis de la narrativa: no sabemos bien cómo contar esta historia o qué hacer con ella.
Por una serie de motivos (matemáticos, filosóficos y hasta teológicos), el descubrimiento de la energía oscura en 1998 provocó una explosión de las cosmologías del multiverso entre los físicos cuánticos y los cosmólogos. Aunque algunas hipótesis ya se habían propuesto varias décadas antes, los escenarios de universos múltiples recibieron una atención renovada tras la constatación de que este universo se estaba desenrollando en un mar de “nada” en constante expansión. Estaba impresionada no sólo por las especulaciones sobre el multiverso, sino por su incompatibilidad con aquella constatación de una nada en expansión, así que me dispuse a relacionar esas dos visiones para resolver cómo se desarrolló cada una de ellas y por qué, y si algo similar se había propuesto en el milenio de especulación cósmica que produjo la ciencia moderna.
Investigar este libro cambió por completo mi forma de pensar y también mi percepción de lo que era capaz de hacer. Sinceramente, veo mi obra más como un principio que como una especie de culminación; espero seguir reflexionando durante los próximos años y trabajar en el espacio que el libro trata de explorar.
A.L.: No intento ser pretencioso ni adulador cuando digo que nadie había intentado algo semejante desde Alexandre Koyré. ¿Qué deberíamos aprender de la multiplicidad de cosmologías? Su proyecto intelectual pasa por establecer una continuidad entre la filosofía griega (atomistas y estoicos, entre otros) y la física cuántica, ¿no es así?
M.J.R.: En efecto, es un proyecto ambicioso y a veces me siento un poco abrumada, pero empecé con lo que parecía una pregunta modesta: ¿Cómo llega a ser una hipótesis científica respetable la idea de un número infinito de universos? El esfuerzo para responderla me llevó a la vasta historia de la cosmología, una disciplina que, desde el principio, ha estado en la difícil encrucijada de la observación, la especulación y la narrativa. Creo que lo que podemos aprender de los escenarios de los universos múltiples es que la separación de las disciplinas académicas, aunque han sido útiles para las investigaciones científicas, evitan que formulemos grandes preguntas con rigor y complejidad, como de dónde venimos, hacia dónde vamos y qué significa el ser. Esto ocurre en la supuesta oposición entre ciencia y religión, que es dolorosamente inútil, por no decir poco interesante, y que produce un “vacío teórico” en la Academia mucho más amplio que en la cosmología.
Por tanto, sí, parte del esfuerzo es contextualizar las cosmologías contemporáneas del multiverso dentro de la historia de las ideas, una historia que incluye no sólo a los estoicos y los atomistas (quienes, por cierto, parecen haber estado influenciados por los cosmólogos budistas, así como por las escuelas rivales de la antigua Grecia), sino también a los cristianos y anticristianos de todo tipo. Un esfuerzo mayor es, sin embargo, reformular la mal llamada conversación entre ciencia, filosofía y religión. Más que preguntar si podemos ubicar a un Dios-Padre fuera del universo (una pregunta que sería totalmente infructuosa), estoy intentando reunir esas disciplinas por su esfuerzo compartido para comprender qué es ese universo.
A.L.: Nunca pensé que hubiera una conexión entre posiciones no teístas y la existencia de muchos mundos. Para mí es algo contraintuitivo. En la filosofía analítica, la posibilidad de muchos mundos se relaciona con la teología y la existencia de un Dios. Esa nueva metafísica me confunde (hablo de David Lewis y de Plantinga, principalmente). Así que yo veo los mundos posibles como un portal para la trascendencia y el concepto de Dios. Por otra parte, Stalnaker es mucho más tibio y John Searle afirmó que la semántica de los mundos posibles es lo peor que le ha pasado a la filosofía desde la prueba ontológica. ¿Qué piensa de la teoría de los mundos posibles en la filosofía?
M.J.R.: Comprendo tu desconcierto. No es fácil ver cómo un número infinito de universos es más creíble (o menos creíble) que un Dios infinito, sobre todo cuando llegamos a un extraño punto muerto una y otra vez. Los filósofos atomistas produjeron una cosmología de un “multiverso” completamente desarrollado en el siglo V antes de Cristo, precisamente para reaccionar contra la afirmación de que este mundo se había diseñado para beneficio de la humanidad. Tal y como explica Lucrecio, si hay un número infinito de mundos, y si somos conscientes de todos los parámetros posibles, entonces veremos nuestro mundo como un mero accidente y no como un diseño. Así, nos libraríamos de nuestras cadenas para viajar “más allá de las altas murallas” de nuestro limitado mundo y vislumbrar el universo como un todo. Sustituye mundo por universo y universo por multiverso y verás que funciona la misma operación en la cosmología contemporánea: si hay un número infinito de universos con todos los valores posibles de los parámetros fundamentales, entonces no hay necesidad de creer en un Dios-creador y asegurarnos de que nuestro universo es adecuado para la vida: la vida sólo sería algo que ocurre de vez en cuando y vivimos en una de esas ocasiones excepcionales.
No estoy segura, en cambio, de que un número infinito de universos sea una propuesta algo menos metafísica que la de un Dios infinito. Teniendo en cuenta que los físicos hablan de esos nuevos universos desde hace muy poco, el multiverso sólo resulta más interesante que Dios si partes de un concepto extremadamente poco interesante de Dios (una sustancia antropomórfica, desmaterializada y autocausada fuera del universo que proporciona el primer impulso cósmico y que deja lo demás a los procesos naturales). Además, no hay razón alguna para que una postura teísta no pueda colar a “Dios” dentro del multiverso y decir que Él creó un número infinito de mundos. En resumen, pienso que Dios y el multiverso llegan a un punto muerto cuando tanto Dios como los “otros mundos” se estancan en explicaciones infinitas bastante superfluas sobre la existencia de este mundo. Así ninguna perspectiva parece convincente del todo.
A.L.: ¿Quién tuvo la visión más clarividente de los universos múltiples? Quizás se pueda describir la historia de la cosmología como una simple dialéctica, movimientos pendulares que van de las ideas de Platón a Aristóteles, de Descartes a Kant, del científico Brian Greene a otros científicos...
M.J.R.: No, no creo que podamos hablar de una dialéctica; hay muchos modos de configurar lo Único y todo tipo de maneras de dar forma a lo Múltiple, aunque esos ascensos y caídas dependen de los diferentes contextos sociopolíticos que los producen y proscriben. Mi multiplicidad cósmica favorita es probablemente la de Nicolás de Cusa y Giordano Bruno, que parecen ser la misma a simple vista, pero llevó al primero a ser nombrado Cardenal de la Iglesia Católica y al segundo a ser quemado en la hoguera. Una razón de que sus destinos fueran tan distintos es simplemente histórica: Cusa escribió un siglo antes de la reforma protestante y Bruno en su despertar tumultuoso. Pero hay otra razón que es un pequeño detalle teológico que marcó la diferencia: para Cusa, el universo es ilimitado y está lleno de un número “ilimitado” de mundos. Para Bruno, el universo es infinito, y está lleno de un número “infinito” de mundos. Cusa evitó llamar al universo infinito para marcar la distinción ontológica de Dios. Bruno insiste en llamar infinito al universo para equipararlo al flujo inmanente de Dios. Para Cusa, por tanto, Dios está “en” el universo, pero también lo trasciende. Para Bruno, Dios “es” el universo; concretamente, el universo llega a ser para Bruno la segunda persona de la Trinidad: la “palabra” de Dios no toma cuerpo en el mundo material, sino que es ese mundo material. Creo que ahora se ve lo que quiero decir cuando afirmo que hay formas más interesantes de pensar en Dios que la de una Causa autocausada que ilumina el Big Bang.
A.L.: En su libro habla del multiverso de los multiversos. ¿Es ese multiverso definitivo una negociación o acuerdo entre ciencia, filosofía y religión?
M.J.R.: No es un acuerdo. Creo que si alguna vez llegamos a la Verdad del Multiverso habremos desaprovechado la lección de esas cosmologías asombrosamente distintas que reflejan las normas y valores de los contextos específicos que las producen. No creo que lleguemos nunca a algo así como un multiverso sin perspectiva, uno que simplemente refleje “cómo son las cosas”. No obstante, creo que las cosmologías del multiverso nos enseñan lo que la mecánica cuántica nos ha enseñado durante un siglo (y lo que Nietzsche nos enseñó antes): que los objetos del mundo e incluso los propios mundos se forman mediante contextos conceptuales, materiales, experimentales y narrativos. Existe una verdadera producción de “mundos”.
Desde una visión perspectivista, cuanto más coherentes sean las cosmologías del multiverso, mejor, porque cada una de ellas sirve como un producto y un reflejo de historias específicas y acontecimientos particulares, permitiéndonos ver nuestro mundo con mayor claridad y diversidad, desde una nube de perspectivas distintas. Por este motivo necesitamos una conversación disciplinaria mejor articulada, no para que los humanistas y científicos sociales cuenten a los científicos naturales cuál de los modelos es el adecuado, sino para que podamos ver lo que esas cosmologías nos enseñan sobre el mundo en el que vivimos.
18 de febrero de 2014
lunes, 10 de febrero de 2014
ENTREVISTA CON JUDITH RYAN
Negociaciones entre la novela y la teoría literaria.
ENTREVISTA CON JUDITH RYAN
ANDRÉS LOMEÑA: Ha estudiado las diversas conexiones entre la teoría (Foucault, Derrida, etcétera) y las novelas. Nicholas Dames habla de una “generación de la teoría”. ¿Dónde empezaron esas negociaciones y quiénes son las figuras clave?
JUDITH RYAN: Lo que Nicholas Dames llama la “generación de la teoría” fue creada por una ola de seminarios sobre teoría que se impartían en los departamentos de literatura comparada a principios de los ochenta. Paul de Man y sus colegas de Yale fueron la principal inspiración de esos cursos y los departamentos querían que los dirigiera un “teórico”. Los seminarios que se impartieron estudiaban un buen abanico de teorías y reforzaban ese conocimiento pidiendo a los alumnos que las “aplicaran” a los textos ficcionales.
Cuando llegué a Harvard del Smith College en 1985, descubrí que había muchos estudiantes que sabían teoría, pero también había algunos estudiantes (de doctorado y licenciatura) que participaron en las discusiones de clase sobre teoría sin comprender del todo la materia. Decidí crear una asignatura que no imitara los seminarios de doctorado, sino que redujera las lagunas de los estudiantes que no sabían nada de teoría. Cuando empecé a dar esas clases, los estudiantes tenían curiosidad sobre el postmodernismo y el postestructuralismo, principalmente porque esos conceptos parecían mitificados después de un primer contacto. También incluí otras teorías, como los estudios postcoloniales. La teoría de la narrativa, un interés natural que nunca abandonaré, no se impartía porque tengo un colega, William Todd, que da unas clases magníficas sobre ese tema. También enseño los palimpsestos de Genette en un curso sobre intertextualidad.
A.L.: ¿Cuál fue su principal interés en la investigación? En la bibliografía incluye un libro de Elaine Showalter sobre las novelas ambientadas en la universidad, así que quizás fue su punto de partida.
J.R.: Las novelas académicas como las de David Lodge estaban entre las primeras que negociaban y discutían con las teorías que se estaban impartiendo en los ochenta. Stanley Fish fue uno de los teóricos más importantes en ser parodiado (en El mundo es un pañuelo). Sin embargo, yo no abordé las novelas académicas ni enseñé las que Dames menciona porque tratan personajes que hablan sobre la teoría como algo que estudiaron en la universidad. El libro de Elaine Showalter sobre las campus novels, Faculty Towers, es una gran lectura y lo disfruté mucho, pero quise centrar mi curso en un conjunto de textos más amplio.
A.L.: Algunas de esas obras son novelas en clave. ¿Es una característica importante de las “novelas después de la teoría”?
J.R.: Sí, muchas novelas después de la teoría son romans à clef, una fórmula que puede llegar a ser fascinante, aunque es mucho más divertido cuando sabes o crees que conoces a la gente real oculta detrás de los personajes. Algunas de las novelas que analizo en el libro tienen personajes que recuerdan a críticos como Paul de Man o Slavoj Žižek, pero quise trabajar con novelas en las que no esperas encontrarte con la teoría.
A.L.: ¿Cuál fue el descubrimiento más relevante que hizo? Recuerdo que Elizabeth Costello de Coetzee era una novela muy contaminada por la teoría.
J.R.: La novela que realmente puso en movimiento el curso (y mi investigación) fue El perfume de Patrick Süskind. Estaba viajando cuando se publicó. Lo vi primero en alemán, después en inglés y francés. Fue una sorpresa ver que esta novela tan célebre parecía tomar sus ideas sobre el postmodernismo del segundo postfacio de El desmembramiento de Orfeo de Ihab Hassan. Desde luego, hay muchos más contactos con Hassan. En cuanto a Elizabeth Costello (además de otras obras recientes de Coetzee), esta novela participa en una corriente de pensamiento completamente nueva sobre la relación entre los seres humanos y los animales inspirada por Giorgio Agamben.
A.L.: The Novel after Theory no trata sobre novelas subordinadas a ideas como las de Robert Musil o Thomas Mann. Son negociaciones más bien indirectas. Me gustaría preguntarle si esas negociaciones y apropiaciones han sido provechosas para la narrativa. Después de todo, la teoría francesa fue perniciosa para la ciencia, según Alan Sokal.
J.R.: En Mann y Musil, las ideas “pertenecen” a los personajes individuales y se valoran en función de las conversaciones con otros personajes. En las novelas después de la teoría que traté en mi libro, las teorías no se manifiestan de esa forma. Como bien dices, se presentan indirectamente. Esa estrategia puede tener que ver con los sentimientos encontrados de los novelistas sobre las ideas a las que aluden. Hay una conciencia en esas novelas de que la teoría es ambigua y perturbadora y no todos están de acuerdo sobre su estatus o su valor de verdad. Incluso Sokal y Bricmont, que critican lo que ellos señalan como una “versión radical del postmodernismo”, reconocen que muchas ideas postmodernas, expresadas de una forma moderada, proporcionan una corrección necesaria al modernismo naif (Fashionable Nonsense, página 183). Como muchas otras imposturas, el famoso caso Sokal sirvió para invitarnos a reflexionar sobre la teoría reciente.
Tengo una gran debilidad por las imposturas por la forma en que cuestionan ideas preconcebidas como la de reconocer la escritura “auténtica” cuando la vemos. Como teórica de la literatura, mi postura es que cuando tenemos la sospecha de una pose intelectual, debemos intentar filtrar el sinsentido del sentido aparente. He crecido en una época en la que pensaba sobre estas cosas, así que soy bastante tolerante con las posiciones de ambos lados del debate.
A.L.: ¿La trama nupcial de Eugenides alteraría algo de su libro?
J.R.: En su momento me pregunté si debería incluir La trama nupcial y otros libros del estilo en algún punto, quizás en el epílogo, pero al final consideré que el conjunto de novelas después de la teoría que había estudiado tenía una cierta coherencia interna. Mi preocupación era que si incluía a Eugenides y otros autores similares, la presentación podía llegar a ser demasiado dispersa. Me quería concentrar en novelistas que habían tratado con la teoría de manera menos directa.
A.L.: Ha omitido otros tipos de teoría, como la postcolonial o el nuevo historicismo. Sólo echo en falta en su libro alguna alusión a la teoría de los mundos posibles: estoy seguro de que Umberto Eco, Italo Calvino y Borges la han usado en sus creaciones.
J.R.: No incluí la teoría postcolonial, en parte porque parecía menos contraintuitiva que algunas de las teorías postestructuralistas más destacadas, las cuales eran el foco principal de las “guerras de la teoría”. La teoría postcolonial parece más aferrada a la realidad que todos conocemos. Tal y como me escribió el poeta australiano Les Murray hace unos años: “¿Acaso no somos sujetos escindidos de una forma u otra?”
Lo mismo vale para el nuevo historicismo. Podría decirse que cuando Umberto Eco empieza una novela con la descripción de un péndulo, por ejemplo, usa la misma estrategia que muchas de las contribuciones del nuevo historicismo: el objeto, inventado en un momento y un lugar específicos, funciona como una forma de introducirnos en la materialidad del tiempo pasado.
La teoría de los mundo posibles es verdaderamente fascinante. Tengo algunos estudiantes interesados en ella y en preguntas afines como las que plantea el género de la ciencia-ficción; por ejemplo, cómo la creencia en la teoría de cuerdas puede cambiar nuestro comportamiento en el mundo.
A.L.: ¿Escribirá The Novel after Post-theory?
J.R.: La idea de escribir una secuela de The Novel after Theory podría surgir en mi mente, pero ahora mismo tengo algunos otros proyectos prioritarios.
10 de febrero de 2014
ENTREVISTA CON JUDITH RYAN
ANDRÉS LOMEÑA: Ha estudiado las diversas conexiones entre la teoría (Foucault, Derrida, etcétera) y las novelas. Nicholas Dames habla de una “generación de la teoría”. ¿Dónde empezaron esas negociaciones y quiénes son las figuras clave?
JUDITH RYAN: Lo que Nicholas Dames llama la “generación de la teoría” fue creada por una ola de seminarios sobre teoría que se impartían en los departamentos de literatura comparada a principios de los ochenta. Paul de Man y sus colegas de Yale fueron la principal inspiración de esos cursos y los departamentos querían que los dirigiera un “teórico”. Los seminarios que se impartieron estudiaban un buen abanico de teorías y reforzaban ese conocimiento pidiendo a los alumnos que las “aplicaran” a los textos ficcionales.
Cuando llegué a Harvard del Smith College en 1985, descubrí que había muchos estudiantes que sabían teoría, pero también había algunos estudiantes (de doctorado y licenciatura) que participaron en las discusiones de clase sobre teoría sin comprender del todo la materia. Decidí crear una asignatura que no imitara los seminarios de doctorado, sino que redujera las lagunas de los estudiantes que no sabían nada de teoría. Cuando empecé a dar esas clases, los estudiantes tenían curiosidad sobre el postmodernismo y el postestructuralismo, principalmente porque esos conceptos parecían mitificados después de un primer contacto. También incluí otras teorías, como los estudios postcoloniales. La teoría de la narrativa, un interés natural que nunca abandonaré, no se impartía porque tengo un colega, William Todd, que da unas clases magníficas sobre ese tema. También enseño los palimpsestos de Genette en un curso sobre intertextualidad.
A.L.: ¿Cuál fue su principal interés en la investigación? En la bibliografía incluye un libro de Elaine Showalter sobre las novelas ambientadas en la universidad, así que quizás fue su punto de partida.
J.R.: Las novelas académicas como las de David Lodge estaban entre las primeras que negociaban y discutían con las teorías que se estaban impartiendo en los ochenta. Stanley Fish fue uno de los teóricos más importantes en ser parodiado (en El mundo es un pañuelo). Sin embargo, yo no abordé las novelas académicas ni enseñé las que Dames menciona porque tratan personajes que hablan sobre la teoría como algo que estudiaron en la universidad. El libro de Elaine Showalter sobre las campus novels, Faculty Towers, es una gran lectura y lo disfruté mucho, pero quise centrar mi curso en un conjunto de textos más amplio.
A.L.: Algunas de esas obras son novelas en clave. ¿Es una característica importante de las “novelas después de la teoría”?
J.R.: Sí, muchas novelas después de la teoría son romans à clef, una fórmula que puede llegar a ser fascinante, aunque es mucho más divertido cuando sabes o crees que conoces a la gente real oculta detrás de los personajes. Algunas de las novelas que analizo en el libro tienen personajes que recuerdan a críticos como Paul de Man o Slavoj Žižek, pero quise trabajar con novelas en las que no esperas encontrarte con la teoría.
A.L.: ¿Cuál fue el descubrimiento más relevante que hizo? Recuerdo que Elizabeth Costello de Coetzee era una novela muy contaminada por la teoría.
J.R.: La novela que realmente puso en movimiento el curso (y mi investigación) fue El perfume de Patrick Süskind. Estaba viajando cuando se publicó. Lo vi primero en alemán, después en inglés y francés. Fue una sorpresa ver que esta novela tan célebre parecía tomar sus ideas sobre el postmodernismo del segundo postfacio de El desmembramiento de Orfeo de Ihab Hassan. Desde luego, hay muchos más contactos con Hassan. En cuanto a Elizabeth Costello (además de otras obras recientes de Coetzee), esta novela participa en una corriente de pensamiento completamente nueva sobre la relación entre los seres humanos y los animales inspirada por Giorgio Agamben.
A.L.: The Novel after Theory no trata sobre novelas subordinadas a ideas como las de Robert Musil o Thomas Mann. Son negociaciones más bien indirectas. Me gustaría preguntarle si esas negociaciones y apropiaciones han sido provechosas para la narrativa. Después de todo, la teoría francesa fue perniciosa para la ciencia, según Alan Sokal.
J.R.: En Mann y Musil, las ideas “pertenecen” a los personajes individuales y se valoran en función de las conversaciones con otros personajes. En las novelas después de la teoría que traté en mi libro, las teorías no se manifiestan de esa forma. Como bien dices, se presentan indirectamente. Esa estrategia puede tener que ver con los sentimientos encontrados de los novelistas sobre las ideas a las que aluden. Hay una conciencia en esas novelas de que la teoría es ambigua y perturbadora y no todos están de acuerdo sobre su estatus o su valor de verdad. Incluso Sokal y Bricmont, que critican lo que ellos señalan como una “versión radical del postmodernismo”, reconocen que muchas ideas postmodernas, expresadas de una forma moderada, proporcionan una corrección necesaria al modernismo naif (Fashionable Nonsense, página 183). Como muchas otras imposturas, el famoso caso Sokal sirvió para invitarnos a reflexionar sobre la teoría reciente.
Tengo una gran debilidad por las imposturas por la forma en que cuestionan ideas preconcebidas como la de reconocer la escritura “auténtica” cuando la vemos. Como teórica de la literatura, mi postura es que cuando tenemos la sospecha de una pose intelectual, debemos intentar filtrar el sinsentido del sentido aparente. He crecido en una época en la que pensaba sobre estas cosas, así que soy bastante tolerante con las posiciones de ambos lados del debate.
A.L.: ¿La trama nupcial de Eugenides alteraría algo de su libro?
J.R.: En su momento me pregunté si debería incluir La trama nupcial y otros libros del estilo en algún punto, quizás en el epílogo, pero al final consideré que el conjunto de novelas después de la teoría que había estudiado tenía una cierta coherencia interna. Mi preocupación era que si incluía a Eugenides y otros autores similares, la presentación podía llegar a ser demasiado dispersa. Me quería concentrar en novelistas que habían tratado con la teoría de manera menos directa.
A.L.: Ha omitido otros tipos de teoría, como la postcolonial o el nuevo historicismo. Sólo echo en falta en su libro alguna alusión a la teoría de los mundos posibles: estoy seguro de que Umberto Eco, Italo Calvino y Borges la han usado en sus creaciones.
J.R.: No incluí la teoría postcolonial, en parte porque parecía menos contraintuitiva que algunas de las teorías postestructuralistas más destacadas, las cuales eran el foco principal de las “guerras de la teoría”. La teoría postcolonial parece más aferrada a la realidad que todos conocemos. Tal y como me escribió el poeta australiano Les Murray hace unos años: “¿Acaso no somos sujetos escindidos de una forma u otra?”
Lo mismo vale para el nuevo historicismo. Podría decirse que cuando Umberto Eco empieza una novela con la descripción de un péndulo, por ejemplo, usa la misma estrategia que muchas de las contribuciones del nuevo historicismo: el objeto, inventado en un momento y un lugar específicos, funciona como una forma de introducirnos en la materialidad del tiempo pasado.
La teoría de los mundo posibles es verdaderamente fascinante. Tengo algunos estudiantes interesados en ella y en preguntas afines como las que plantea el género de la ciencia-ficción; por ejemplo, cómo la creencia en la teoría de cuerdas puede cambiar nuestro comportamiento en el mundo.
A.L.: ¿Escribirá The Novel after Post-theory?
J.R.: La idea de escribir una secuela de The Novel after Theory podría surgir en mi mente, pero ahora mismo tengo algunos otros proyectos prioritarios.
10 de febrero de 2014
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