sábado, 8 de diciembre de 2012

ENTREVISTA CON MICHAEL SCHUDSON

Breves palabras con el autor de "Sociología de las noticias". Su última respuesta (su nuevo libro) me parece interesante.

ENTREVISTA CON MICHAEL SCHUDSON

ANDRÉS LOMEÑA: ¿Nos estamos acercando a un punto crítico en los estudios sobre medios? Quizás los estudios culturales los están absorbiendo...
M.S.: Todo el mundo quiere decir algo diferente cuando menciona los “estudios culturales” o los “estudios de medios”. Ése es un charco en el que no quiero meterme. Sólo diré lo que busco en los alumnos y admiro en los colegas de profesión. Es lo mismo que intento lograr en mi propio trabajo: una atención sutil, sensata y disciplinada al mundo real (pienso que existe tal cosa, aunque sólo lo captemos parcialmente y lo reconstruyamos en cierto modo). Tengo un gran recelo al teorizar sobre algo que no esté basado en “las cosas tal como son”.
El ser-de-las-cosas en la actualidad me parece algo bastante asilvestrado. Esto incluye las grandes posibilidades de las nuevas tecnologías. Este estado salvaje es inevitable ahora. Dicho esto, el pecado original de los estudios de medios (algo similar puede decirse de otros campos en la universidad) es mirar a su objetos de estudio sin mantenerse pegados a lo que hacen otros en el edificio de enfrente, ya sea sobre estudios demográficos o pruebas neurocientíficas de la atención humana. Ya sea el close reading de los textos de la literatura contemporánea, o la economía de las empresas, o el impacto de los tipos de papeleta en los resultados de las elecciones, o las interacciones sociales que se conectan con el crimen organizado, o las dificultades del gobierno para hacer planes a largo plazo y por qué las infraestructuras se deterioran sin repararse o preverse (un problema que el huracán Sandy trajo a los neoyorkinos). Todos esos proyectos de investigación son consecuentes e importantes y pueden tener un componente mediático pero rara vez es el más importante.

A.L.: Evgeny Morozov ha dicho que el sueño de vivir sin intermediarios es completamente falso. Las nuevas tecnologías también actúan como gatekeeperes. ¿Qué piensa del nuevo papel de los gatekeepers?
M.S.: Estoy de acuerdo con Morozov. Siempre tenemos gatekeepers. Incluso si salgo de casa al bosque y construyo mi propia cabaña, lo haría a través de las imágenes culturales de Henry David Thoreau en Walden. No estaría experimentando una actividad no mediatizada. Los nuevos gatekeepers como Google o Facebook, a los que podemos añadir algunos sitios on line muy influyentes como el Huffington Post o la Wikipedia, tienen una importancia sustancial e incalculable. Google y Facebook se han desafiado mutuamente en los juzgados (en materia de privacidad y propiedad intelectual), pero hasta la fecha no hay un régimen regulador para gobernarlos ni, hasta donde sé, un consenso intelectual sobre cómo debería hacerse o incluso si debería hacerse.

A.L.: Nigel Holmes o Nathan Yau están poniendo la visualización de datos más de moda que nunca. ¿Qué hacemos con tanta información en la era digital?
M.S.: Nadie sabe realmente qué hacer con tanta información en nuestros tiempos. Estoy impresionado con la obra Too Much to Know de la historiadora Ann Blair, un ensayo sobre cómo los académicos de la época medieval y de principios de la Edad Moderna después de la imprenta se sintieron sobrepasados por la avalancha de información... y encontraron respuestas. Algunas de esas respuestas estaban codificadas dentro de las publicaciones: títulos de páginas, índices, capítulos, separaciones, números de páginas, a veces índices alfabéticos, notas al pie, etcétera. Olvidamos que los libros nos ofrecen una guía explícita sobre cómo leerlos. Necesitamos unas herramientas así de manera desesperada para la nueva avalancha de información que se avecina y la visualización de datos es uno de los términos que resumen este dilema.

A.L.: Hábleme de las novedades de la segunda edición de La sociología de las noticias.
M.S.: La principal novedad de la segunda edición es un capítulo entero dedicado a la “primera revolución de las noticias del siglo XXI”. La edición original de 2003 apenas mencionaba Internet. El nuevo capítulo salió del trabajo que hice con Leonard Downie Jr, antiguo editor ejecutivo del Whashington Post. Era un informe de 2009 que coescribimos para la escuela de periodismo de Columbia: La reconstrucción del periodismo estadounidense (disponible en la web de la escuela de periodismo de Columbia). El capítulo también sale de mi conocimiento creciente de la investigación del periodismo on line y del colapso del modelo de negocio basado en la publicidad en los periódicos estadounidenses (con referencias al resto del mundo).
El mundo del periodismo ha cambiado bruscamente en los últimos diez o veinte años, aunque insistiría en que mucho más permanece como “legado periodístico” de lo que algunos ardientes impulsores de los nuevos medios o los apocalípticos más depresivos admiten. Algunos de los periódicos de Estados Unidos han cerrado, pero los periódicos han cerrado sus puertas durante décadas. Los minutos disponibles de informativos en un día ordinario es mucho mayor que en los años sesenta, setenta u ochenta. Una simple empresa de noticias (National Public Radio, que ha cumplido cuarenta años) ha hecho de las noticias de radio algo más serio y valioso de lo que se había conseguido nunca en Estados Unidos. La mayoría de las web de noticias están dirigidas por el legado de las empresas de noticias y los periódicos (el New York Times, de manera notable) han hecho de sus web centros importantes para el comentario y la interacción con las audiencias. Lo mejor del reportaje en profundidad está mejorado con las posibilidades on line, manteniendo su familiaridad en la estructura, el tono, o los estándares de investigación y verificación. El mundo está cambiando muy deprisa, pero esto no significa que el pasado no esté con nosotros. Lo está, y lo seguirá estando por mucho tiempo.

A.L.: ¿Habrá tercera edición?
M.S.: No lo creo. No en mi caso. En este momento escribo un libro sobre la historia de la transparencia en las instituciones de Estados Unidos (1960-1980): la Freedom of Information Act (1966), las leyes de impacto medioambiental (1970), la mejora de la información de los productos en el precio, la calidad nutricional, etcétera. En los setenta, hay una mayor apertura en los procedimientos del gobierno y los medios de comunicación tienen menos sumisión y deferencias. Algunas de estas cosas ya se han escrito antes, por supuesto, aunque menos de lo que sospecho, y no creo que se haya escrito en una única obra como parte de la cultura cambiante y a través del conjunto de prácticas del discurso público. Podrías pensar en esta obra como una especie de prehistoria de las normas y los valores de la era Internet. Estoy alucinando porque muchos de estos cambios empezaron antes de los sesenta, aunque el espíritu de los sesenta los reforzó... y por supuesto, todavía estamos viviendo las consecuencias.

Andrés Lomeña
8 de diciembre de 2012

miércoles, 5 de diciembre de 2012

ENTREVISTA CON KATHLEEN FITZPATRICK

No, esto no va del documental, sino de un libro sobre las publicaciones académicas.

"Peer reviews", factor de impacto, esas cosas tediosas de los profesores universitarios :P

Creo que, al igual que en muchas otras entrevistas, no se profundiza mucho porque es más bien una entrevista de divulgación... pero creo que ésta da pie a vuestro feedback ;)

ENTREVISTA CON KATHLEEN FITZPATRICK

ANDRÉS LOMEÑA: Las Humanidades Digitales y los Estudios Culturales están abriéndose a todo tipo de audiencias. Nada que ver con los filósofos analíticos al otro lado del Atlántico, que rara vez se dejan entrevistar. ¿Están cambiando las ciencias sociales gracias a su libro Obsolescencia programada?
KATHLEEN FITZPATRICK: No sé si Obsolescencia programada ha cambiado la situación, pero desde luego es uno de los objetivos del libro. Los académicos tienden con demasiada frecuencia a hablar para ellos mismos, entendiendo (sin equivocarse) que su obra es principalmente una conversación entre iguales. Sin embargo, uno de los resultados de mantener a puertas cerradas nuestras conversaciones profesionales es que un público intelectual más amplio pierde el sentido de nuestra dedicación, y nosotros perdemos los beneficios de su actividad, tanto el apoyo público a la educación superior como el crecimiento del discurso intelectual en la vida pública. Mi esperanza es que proyectos como Obsolescencia programada puedan inspirar a más académicos a hacer obras abiertas para que podamos aumentar el impacto de nuestro trabajo y para que podamos aprender del público que participa con nosotros.

A.L.: He hablado de Humanidades Digitales y de Estudios Culturales presuponiendo que sabemos con exactitud en qué consisten. En España, salvo muy contadas excepciones, no se imparte ninguna de estas disciplinas. ¿Podría sacarnos de dudas?
K.F.: Las Humanidades Digitales son una confluencia de campos que han crecido en la intersección de la investigación humanística tradicional y las nuevas formas de tecnología computacional. Esas formas de investigación humanística incluirían los Estudios Culturales o los estudios de los medios, los cuales se interesan por los modos de interacción de las tecnologías y su significado cultural. Mi obra indudablemente se desarrolla a partir de la tradición de los Cultural Studies y los estudios de medios, y está centrada sobre todo en cómo influyen los medios en la comunicación. Una base sólida en la teoría de los medios es crucial para cualquiera que trabaje en este área. También pienso que estamos trasladando nuestro trabajo impreso a los entornos online. Es importante conocer la historia del libro para que comprendamos su desarrollo histórico, económico y tecnológico, de manera que no infravaloremos sus logros prematuramente o concedamos más poder cultural del debido a la forma.

A.L.: Supongo que no le descubro nada recomendándole Mercaderes de la cultura de John B. Thompson. Este sociólogo ha escrito sobre la industria editorial, aunque no se detiene mucho en la literatura académica. Me imagino que usted y él contribuyen a reconciliar las mal llamadas alta y baja cultura.
K.F.: ¡Es un libro muy interesante! Mi crítica de Mercaderes de la cultura saldrá muy pronto en la revista New Media & Society; me gustó mucho, aunque se centra en el punto de vista de la industria y se para demasiado pronto, justo antes de que el libro digital tenga la oportunidad de eclosionar. En cualquier caso, pienso que existe la posibilidad (o debería existir, al menos) de reconciliar la “alta cultura” y “lo popular”, o lo académico y el público. Sin embargo, para hacer eso se necesitan académicos que hablen diferentes idiomas, que realmente intenten comprender a sus audiencias y sus puntos de vista, y que se comprometan de forma generosa con el discurso público sin renunciar a la seriedad. Esto puede ser más fácil de decir que de hacer, lo sé, pero pienso que es una lucha valiosa, y la Academia haría bien en tomársela en serio.

A.L.: Me gustaría saber qué opina del factor de impacto como mecanismo de medición del conocimiento.
K.F.: Muchos investigadores de diferentes disciplinas que trabajan en comunicación académica han empezado a afirmar que el factor de impacto no es una métrica útil (las presunciones que fomenta sobre la calidad de las publicaciones no se aplica a ninguno de los artículos que contiene esa revista) y hay maneras más útiles de explicar el impacto del esfuerzo académico hoy en día. La web nos permite rastrear no sólo cuestiones cuantitativas como visitas y descargas, sino aspectos cualitativos como comentarios y enlaces internos, los cuales nos permiten ver no sólo estadísticas sobre cuántas veces se ha citado un texto, sino la calidad que tienen esas citas. Esto nos permitiría distinguir entre las citas que son solamente proforma y aquellas que indican una conversación sustantiva entre académicos.

A.L.: ¿Qué me dice del peer review? El caso Sokal ocurrió porque la revista en la que se publicó el artículo falso no disponía de revisión de pares. ¿Habría sido distinto en una revista con peer review?
K.F.: Escribo mucho sobre revisión de pares y sobre las estructuras de publicación basadas en la web que propician modelos de revisión más abiertos. De hecho, hemos visto que el open peer review y los sistemas de comentarios nos facilitan la detección del academicismo mal realizado; en las comunidades open source, muchos ojos hacen que los errores salgan a la superficie. Del mismo modo, cuantos más lectores (y cuanto más diverso es el grupo de lectores) examinan una obra académica, más compromiso crítico podemos esperar y es menos probable que un trabajo plagado de errores pueda ver la luz. Hay que reconocer que esto pone muy nerviosos a algunos académicos al hacer públicos sus errores, pero los estudios parecen indicar que los procesos de open review tienen el potencial para crecer tanto en la calidad de las propuestas (los académicos se vuelven más escrupulosos con lo que los revisores detectan) como en la calidad del compromiso entre autores y revisores.

A.L.: Gaye Tuchman ha publicado un libro sobre la transformación mercantilista de la universidad. No es un caso aislado. ¿Es puro alarmismo o nos acercamos a una verdadera catástrofe intelectual?
K.F.: Éste es un tema tediosamente largo y no creo que pueda hacerle justicia en este espacio. Un problema fundamental que veo en las universidades, al menos en Estados Unidos, es que el público ha llegado a entender la educación universitaria como un privilegio privado más que como una responsabilidad pública, con el resultado de que la financiación pública de la educación superior se ha recortado una y otra vez. Los presupuestos de las universidades sufren recortes, las tasas de los estudiantes crecen y los presupuestos internos para la biblioteca de la universidad se reducen. Y cuando las tasas de suscripción de los editores de las revistas ascienden, el presupuesto de las bibliotecas que puede usarse para comprar libros baja. Y como las bibliotecas compran menos libros, los beneficios que las editoriales universitarias reciben por su obra baja, disminuyendo su capacidad para seguir editando obras. Todo eso está interconectado, pero el problema principal para mí está en que se ha asumido que las universidades deberían ser rentables, más que comprender que proveen un bien público que nos beneficia a todos.

A.L.: ¿Y cuál sería la solución?
K.F.: Es un tema complicado y como dije, no puedo hacerle justicia aquí. Creo firmemente en que la mejor defensa que puede hacerse de las humanidades es trabajar en humanidades y hacerlo de forma públicamente visible.

A.L.: ¿En qué trabaja actualmente?
K.F.: He asumido el cargo de directora de comunicación académica para la asociación de lenguas modernas (www.mla.org) y estoy ayudando a que la organización construya las estructuras de publicaciones del futuro. Es un trabajo que me está permitiendo poner en práctica muchas de las ideas de Obsolescencia programada. Trabajo en un par de proyectos más, pero ahora mismo están muy lejos de su publicación.

A.L.: No deje de publicar...
K.F.: Me alegra el interés creciente de estos debates y estoy encantada con la oportunidad de mantener conversaciones como ésta. Esto evidencia que la comunicación académica está empezando a cambiar y que cada vez más académicos están encontrando valioso el hecho de trabajar en público. ¡Gracias por tus preguntas!

Andrés Lomeña
5 de diciembre de 2012

lunes, 3 de diciembre de 2012

ENTREVISTA CON ACHARYA S (LA CONSPIRACIÓN DE CRISTO)

Entrevista realizada el 5 de agosto de 2009.

¿Cristo existió? ¿Hubo realmente un Jesús al que crucificaron?
¿Fue una creación mítica, religiosa, o una figura histórica quintaesenciada por la gracia de los evangelistas?

Estas preguntas tienen tantas respuestas que la verdad se desconoce. Confieso que me ha interesado la TEORÍA DEL MITO DE CRISTO. Hay tantos teóricos que un lector no iniciado como yo podría perderse nada más empezar, así que compré el libro que me resultó más fácil de adquirir: “La conspiración de Cristo” de Acharya S. Encontré una buena entrevista en castellano en la red, pero me quedaron preguntas y decidí hablar con la autora directamente. Ahora adjunto las respuestas de mi encuentro virtual con ella:

ENTREVISTA CON ACHARYA S, autora de LA CONSPIRACIÓN DE CRISTO.

ANDRÉS LOMEÑA: Hay cada vez más datos sobre la hipótesis de un Cristo mítico. ¿Por qué las personas persisten en considerar a Jesús una figura histórica y hasta qué punto cree que su libro contribuye a cambiar esta posible ceguera histórica?
ACHARYA S.: Desgraciadamente, las personas están muy condicionadas desde que son pequeñas, y nadie va fácilmente más allá de su condicionamiento. Creo que era Ignacio de Loyola quien dijo: “Dame un hijo antes de los siete años y será mío durante toda la vida”. Si la gente estudiara las religiones y mitos de otras culturas milenarias, entenderían con bastante facilidad que, leyendo la historia evangélica de Jesucristo, estamos viendo un “mito”.
Mi libro LA CONSPIRACIÓN DE CRISTO parece haber tenido un impacto significativo en la parte mejor educada (alfabetizada) del mundo angloparlante. También está en español, como sabes, pero no sé cuántas personas en realidad lo han leído. A través de la primera parte de la película Zeitgeist, varios millones de personas han podido ver mi trabajo, aunque la mayoría de ellos no se dan cuenta de ese hecho, lamentablemente.

A.L.: Piensa que Cristo es una mera versión de los dioses solares, así como revisiones de dioses como Horus, Attis, Krishna o Buda. Esto me plantea dudas sobre la historiografía. ¿Cómo separaremos lo histórico de lo mítico? Sócrates, que comparte ciertos paralelismos con Jesús, también podría antojarse como una figura mítica y entonces no sabríamos en qué creer de la civilización occidental.
ACHARYA S.: Después de estudiar las religiones del mundo, los mitos y la historia en general, es muy sencillo contar qué es un hecho y qué es ficción, especialmente cuando aparecen hechos sobrenaturales y poco creíbles. Incluso si se pudiera probar que Sócrates fue una figura mítica, no habría problema, porque nadie está matando o muriendo por él, y grandes ejércitos no marcharon para asesinar en su nombre. El alma de una persona no depende de Sócrates.
Cristo, por el contrario, es la fuente de muchas alteraciones de la psique humana, así que sería mejor asegurarse de que no todo es una fantasía. No logro comprender por qué hay tanto follón cuando digo que Jesús es tan mítico como Hércules. Cuando estudias en profundidad la era en la que el cristianismo fue creado y te das cuentas de cuántas deidades y héroes había alrededor del Mediterráneo, llega a parecer obvio que hubo un esfuerzo extra para crear un Dios con la finalidad de unificar el imperio romano bajo una religión estatal. En todos los elementos “cristianos” se ven desde los incontables predecesores paganos hasta los dioses y diosas de Egipto, Babilonia, Grecia y Roma.
En cuanto a Sócrates, donde hay una similitud con Jesús, yo mantengo que hubo una operación para usurpar la fama de la sabiduría griega. No tengo duda de que los trabajos de su discípulo Platón fueron usados en la creación del cristianismo. Lo mismo podemos decir de Aristóteles, tal y como fue admitido por el cardenal Pietro Sforza Pallavicino (1607-1667), quien afirmó: “Si no hubiera sido por Aristóteles, la Iglesia habría necesitado muchos más concilios”.

A.L.: George Albert Wells (Did Jesus exist?, The Jesus myth) parece una de sus influencias más importantes. También Bart Ehrman y otros están haciendo un trabajo en la búsqueda de la verdad, ¿no es cierto?
ACHARYA S.: George A. Wells es importante porque mantuvo vivo el Jesús mítico en el mundo anglófono casi en solitario, junto a John G. Jackson, durante la era moderna. Aunque yo he leído la mayoría de sus libros y los he disfrutado, y aunque lo he citado a menudo, mi trabajo no guarda demasiada relación con el suyo. Tal y como yo lo veo, Wells se ha retractado un poco y ahora cree que en algún lugar, bajo todos esos mitos, hubo “algún individuo” que dijo algunas cosas. Esa perspectiva se conoce como “evemerismo”, y el hecho es que realmente no hay un corazón de la cebolla cuando quitas todas las capas. La mayoría de los dichos en los evangelios pueden extraerse de ideologías anteriores, textos, mitos o tradiciones. Realmente no hay nada nuevo bajo el sol.
Bart Ehrman es bueno hasta donde sé, pero él no estudió la posición mítica, así que pienso que a su perspectiva en el asunto le falta una gran pieza del puzzle.

A.L.: La asignatura de religión no es obligatoria en las escuelas públicas españolas. Sin embargo, hay una optativa de Catolicismo. ¿Por qué estudiamos religión como algo aparte? Creo que ya se estudia religión en historia, en historia del arte, etcétera.
ACHARYA S.: Evidentemente, estoy fascinada por la religión y la estudio todo el tiempo… desde fuera. No me absorben creencias absurdas y deletéreas, lo cual es un peligro a la hora de enseñarla en escuelas públicas. Soy como una antropóloga que observa pero no participa. Desearía que la mayoría de los humanos en este planeta pudieran hacer lo mismo de algún modo, porque así no estarían tan emocionalmente alterados, y nunca considerarían esclavizar o asesinar a otros por los dogmas religiosos.
Existen millones de personas que son esencialmente “depredadores espirituales” imponiendo a su dios opresivo y la ideología que los reviste. Son como rapaces en las colinas capturando a sus presas… una mentalidad degenerada. Tenemos que mantenernos en pie para no caer en su trampa, pero nos están rodeando con cuerdas, tal y como han hecho literalmente con millones de esclavos en África.
Estados Unidos tiene su propia marca de terrorismo espiritual: mienten, engañan, roban y hacen lo que sea para imponer sus cultos religiosos al resto de nosotros. Veo a personas mintiendo que piensan que están defendiendo al Señor contra los ateos, librepensadores y otros no creyentes; mentiras increíbles, calumnias… todo en el nombre del Señor.
Después de la Inquisición y las torturas, asesinatos y genocidios llevados a cabo por religiones organizadas, la mayoría de las personas teme el tipo de odio que he retratado todo el tiempo. No me afecta en el nivel del “alma” porque tengo integridad, y las mentiras no me afectan. Si tú eres verdaderamente “recto”, sin necesidad de todas esas creencias, no necesitas todo ese sinsentido. Ése ha sido el problema con las personas “iluminadas” durante siglos… ellos no aceptaban la coerción ni la corrupción del terrorismo espiritual.
Si pudiéramos educar pero no adoctrinar a nuestros hijos en religión, enseñándoles a apreciar los significados ocultos detrás de todas las religiones y mitologías del mundo, más que imponiéndoles un dogma, no tengo duda de que la Tierra sería un lugar mucho mejor. Me encantaría ver los verdaderos orígenes astroteológicos detrás de las religiones que se imparten en la escuela. La educación debería prevenir el fanatismo religioso basado en la idea de presentar el mito como historia.

A.L.: Cuál es su opinión del documental The god who wasn´t there?
ACHARYA S.: Es un documental interesante, aunque uno de los miembros de la película se encargó de que yo no participara en el proyecto. En cualquier caso, otro documental es necesario. Ya me han propuesto hacer varios, aunque luego la gente se va, probablemente porque temen hablar de un tema como éste.

A.L.: ¿Teme ser considerada una vulgar “pseudocientífica” por los historiadores? Los críticos han dicho usted es sólo una parte de la ola New Age.
ACHARYA S.: Los críticos abundan y no suelen estar entre los visionarios del mundo. Las personas que han hecho comentarios despreciativos sobre el New Age no conocen mi trabajo bien. O, si así es, son mendaces o están cegados por sesgos hasta el punto de ser deshonestos. El cuerpo de mi obra habla por sí mismo. Si alguien está siendo “pseudo” aquí, son aquellos que endilgan sus cuentos de hadas a otros, y entonces cuando sus críticas no venden, le ponen el nombre “nueva era” o algo peor (créeme, he escuchado cosas peores).

A.L.: ¿Ha recibido amenazas por sus escritos? Supongo que usa pseudónimo por este motivo.
ACHARYA S.: Sí, empecé usando pseudónimo por un par de razones, una de las cuales era protección. Desde que he estado en el punto de mira, especialmente al principio, mucha gente me preguntaba si temía por mi vida, dado que me había atrevido a criticar la religión. Desde 1995, las cosas han cambiado mucho. En ese momento, me centraba en la Cristiandad, y las personas pensaron que los fanáticos cristianos eran lo suficientemente salvajes como para asesinarme. Desde luego, ahora la mayor amenaza es el Islam. La gente está siendo asesinada por hablar de ello, o arrestada, sus web están siendo bloquedas y hasta les demandan (todas las técnicas usadas para guiar al rebaño de gente y llevarlos al matadero, me temo).

A.L.: Una pregunta fácil… o no tanto. ¿Cree en Dios? ¿Es atea?
ACHARYA S.: En cuanto a si me considero atea, en mi libro EL EVANGELIO SEGÚN ACHARYA S, escribo:

<<< No me describo a mí misma como atea o teísta, porque, mientras que no creo en un dios hecho por el hombre de la Biblia, el Corán/Quran o cualquier otro texto sagrado escrito por humanos, elijo realmente percibir un misterio asombroso que llena el cosmos, un inmenso poder que no sólo mueve el sol y produce vida en la Tierra, sino que también crea nubes de gas de seis billones de millas de altura para crear las estrellas >>>

Hay mucho más acerca del asunto, y los lectores interesados quizás quieran conseguir mi libro. Sería muy bueno tener El evangelio según Acharya S. traducido al español. Estoy buscando un traductor, de hecho.

A.L.: ¿Alguna conclusión?
ACHARYA S.: Espero que la humanidad despierte a tiempo para expulsar sus fantasías religiosas antes de que se destruya a causa de ellas. Comprendiendo los verdaderos orígenes del pensamiento religioso, podemos disfrutarlo sin creer ciegamente en él. No estoy interesada en prohibir todo pensamiento religioso. Al contrario, creo que entendiendo sus orígenes en la astroteología y el culto a la naturaleza se tiene la llave para establecer un planeta más pacífico. Así podremos valorar la gloria de la existencia, incluyendo la creación humana, y especialmente el pensamiento profundo y la exploración religiosa.

domingo, 2 de diciembre de 2012

ENTREVISTA CON DAVID GRAEBER

David Graeber casi no necesita presentación porque está muy de moda por su libro "En deuda: una historia alternativa de la economía". Dicen que es uno de los padres intelectuales del movimiento Occupy Wall Street. Ahí va:

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ANDRÉS LOMEÑA: ¿Se considera el precursor de una antropología anarquista?
DAVID GRAEBER: No creo que lo hago pueda llamarse antropología anarquista. Escribí un pequeño panfleto planteando la pregunta: “¿Qué ocurriría si hubiera una antropología anarquista? ¿Cómo sería?” Pero todo era hipotético. Sólo soy un antropólogo libertario de izquierda que intenta hacer un trabajo valioso para que las personas intenten cambiar el mundo de una forma positiva.

A.L.: El libro Redes de indignación y esperanza de Manuel Castells está dedicado a los movimientos sociales y usted publicará en unos meses El proyecto de la democracia. Me gustaría saber qué podemos esperar de su nuevo libro; últimamente sólo oigo a personas que critican todo tipo de protestas sociales porque creen que el único cambio posible se consigue a través de simples subidas o bajadas de impuestos.
D.G.: Sí, eso es lo que ocurre cuando pones el listón tan bajo. Si nuestra mayor esperanza es poner más dinero bajo el control de los políticos... tú me dirás.
Estoy de acuerdo con Castells y hemos ofrecido los mismos argumentos en muchas ocasiones. Lo que a mí me fascina es la manera en que la idea original de democracia (el autogobierno popular) ha permanecido a pesar de la hostilidad continua de las élites. Veo el movimiento Occupy Wall Street como un momento de un proceso mucho más largo que en Estados Unidos retrocede a antes de la revolución estadounidense. A menudo nos olvidamos de los llamados padres fundadores de la “odiada democracia estadounidense”, que estaban abiertamente en contra de este proceso. Establecieron algo conocido como sistema “republicano” para contener y prevenir lo que con frecuencia denominaban “los horrores de la democracia”. Cuarenta o cincuenta años más tarde, la clase política estuvo forzada a renombrar el sistema como “democracia” porque el término era aún muy popular. ¿Por qué? ¿Qué quería decir realmente la gente? De eso trata el libro.

A.L.: Siempre se acusa a la izquierda de ser utópica. ¿Puede ser útil o dañino el pensamiento utópico?
D.G.: Si no eres utópico, esto sólo quiere decir que no tienes iniciativa política. Ya no serás el movimiento del futuro, sino alguien reducido a un papel reaccionario defendiendo los fragmentos del pasado. Todos los movimientos exitosos son utópicos (el de la derecha contemporánea, quizás, el mayor de todos). Los peligros de la utopía no residen en soñar nuestra sociedad de una forma radicalmente diferente: vienen cuando sientes que sólo hay una visión utópica, no muchas, e intentas imponer esa visión por la fuerza.

A.L.: En España, el partido político Escaños en blanco tiene una única regla: no tomar posesión del escaño. Es algo legal y argumentan que ahorran dinero al Gobierno porque reducen concejales. Desconozco si hay propuestas parecidas en su país.
D.G.: El Partido Libertario de Estados Unidos propuso algo similar hace dos décadas: si una pluralidad no vota, entonces los sillones no tienen que ocuparse. Yo prefiero la propuesta reciente de Ocupa Atenas: más que dejar el sillón vacío, el voto negativo debería considerarse como un voto contra el sistema representativo de partidos y esos escaños se completarían al azar.

A.L.: Usted se ha convertido en una nueva referencia moral para muchos. ¿Qué podría aconsejar a sus lectores?
D.G.: Bueno, simplemente estoy transmitiendo la sabiduría que absorbí al tomar parte en los movimientos que hubo desde Seattle, que están basados en el siguiente principio: la resistencia tiene que ser una materialización (hasta donde sea posible) del mundo que uno desea crear. Esa actitud surge de una confluencia entre feminismo, anarquismo e incluso ciertas corrientes espirituales. Algunas veces he definido la acción directa como la insistencia desafiante de actuar como si uno fuera libre. Desafiante, porque desde luego uno sabe que en el fondo no lo es.
También significa el reconocimiento de que una vez que empiezas desde un cierto deseo compartido a lograr algunos objetivos prácticos en el mundo, las diferencias filosóficas (incluso la existencia de perspectivas fundamentalmente incompatibles) no son un problema, son en realidad una ventaja en la resolución de problemas colectivos. Esto no es realmente una tradición intelectual que salga de un libro, sino una tradición práctica que se ha desarrollado durante décadas de duro trabajo intentando resolver en qué consiste un movimiento genuinamente democrático, basado en formas de organización que podrían existir en una sociedad libre como la que de verdad podemos lograr.

Andrés Lomeña
2 de diciembre de 2012

jueves, 22 de noviembre de 2012

ENTREVISTA CON MARK DEUZE

El autor de "Vida mediática" responde a algunas preguntas sobre la cibercultura y el ciberespacio.

ANDRÉS LOMEÑA: Usted ha conocido al sociólogo Zygmunt Bauman y ha usado su concepto de modernidad líquida para hablar del trabajo líquido y de los medios líquidos. ¿Qué cambios está sufriendo la mediópolis, por usar los términos del teórico Roger Silverstone?
MARK DEUZE: La mediópolis de Silverstone es nuestro mundo: no hay un “afuera” a nuestro espacio público mediado. Los medios dan forma a las experiencias y expresiones de la vida cotidiana. En ese espacio, tanto físico como virtual, los medios se han imbricado en cada forma de ser, ver, moverse y actuar, sin reemplazar la experiencia vivida; el “no lugar” de los medios siempre lleva consigo “algún lugar” de la vida.
La vida líquida de Bauman puede verse, quizás, como una reflexión sobre las consecuencias sociales de la mediópolis cuando se ignora o se subestima el significado de su naturaleza material. Por otro lado, en Vida mediática hago un esfuerzo para ofrecer el contexto histórico de nuestro tiempo, argumentando que muchos aspectos en juego de la modernidad líquida tienen precedentes que se han visto amplificados y acelerados por los medios.
Como en todos los medios, Internet ha entrado en una fase de madurez donde su estado de caos inicial queda absorbido, al menos en parte, por las fuerzas gemelas de la política y la economía. Sin embargo, como el resto de las historias de los medios de comunicación nos han mostrado, esto no significa necesariamente que se vaya a encerrar en sí misma, como en la “clausura de lo común” que sugieren algunos. Cuantos más grupos políticos y comerciales intenten consolidar su poder de base, más crecerán las formidables fuerzas encaminadas hacia la libertad y la experimentación. Además, no toda la presión comercial es conservadora, al igual que tampoco todos los manifiestos del ciberespacio son progresistas. Está garantizada una mirada más sutil que va más allá de la utopía o la distopía.

A.L.: El académico David Hesmondhalgh publicará la tercera edición de Las industrias culturales porque todo ha cambiado. Entrevisté a Mark Dery y Richard Barbrook y ellos me parecen los grandes cronistas de los noventa, pero necesitamos nuevos autores que expliquen las consecuencias culturales de fenómenos más recientes. Quizás Eli Pariser y Evgeny Morovoz se postulan como los nuevos héroes a la hora de desmitificar el poder emancipatorio de los medios sociales.
M.D.: La obra de Hesmondhalgh ha mostrado aprecio por los matices y por la naturaleza compleja de la experiencia vivida a través de las industrias creativas, enseñando las tristes vías de explotación laboral y las estrategias de empoderamiento hacia la realización personal. Es el tipo de obra que sirve como guía para poder continuar hacia adelante. Aunque Morozov, Pariser y Zittrain son excelentes analistas de la industria que hay detrás de Internet, su obra está tan viciada como, por momentos, las visiones más optimistas de Henry Jenkins y Yochai Benkler. Tenemos que ir más allá de la dicotomía utopía-distopía. Los medios sociales no son emancipatorios por defecto, como no lo son los periódicos ni cualquier otro medio. Lo que los medios hacen es, grosso modo, amplificar y acelerar los procesos sociales que ya están en marcha. Al mismo tiempo, nuestro instinto para ser sociales (e incluso sociables) se ve desafiado y tensado por nuestra exposición simultánea a los medios de comunicación. Yo todavía soy optimista sobre las posibilidades de nuestra cultura digital y de nuestras vidas mediáticas. El verdadero poder emancipatorio de la ecología de los medios actuales reside en nuestra habilidad para contemplar nuestras propias vidas y las de los demás. No debemos subestimar las consecuencias de esa conciencia, que inspira tanto narcisismo como altruismo.

A.L.: La crisis económica está siendo especialmente cruel con el periodismo. En su libro Managing media work ha estudiado la estructura internacional del nuevo trabajo cultural. ¿Podría contarnos su perspectiva del futuro próximo del mundo de la comunicación y el entretenimiento?
M.D.: Aunque simpatizo con los trabajadores de los medios recientemente despedidos y soy muy consciente de la naturaleza precaria del empleo en las industrias creativas, la falta de un empleo estable y seguro en el sector cultural (al que el periodismo pertenece) ha seguido igual desde hace bastante tiempo. En el periodismo ha afectado especialmente porque parece una industria mucho más asentada (por sus modelos tradicionales de negocios, volumen de trabajo convertido en rutina, ciclos de producción predecibles, etcétera) que la mayoría de las industrias creativas (como la publicidad, los juegos digitales, la música o el cine). Ahora estoy empezando un nuevo proyecto para investigar el futuro de los periodistas centrándome en ir “más allá del periodismo” (es el título provisional de un libro que he firmado con Polity Press) en el sentido nietzschiano, es decir: despojarse de todos los parámetros tradicionales del trabajo de redacción y dar con unos parámetros propios. Esto podría ser como freelancers, escribiendo y editando en grupo, como redes organizadas internacionalmente, mediante una startup de Internet, etcétera. La clave aquí es que el futuro del trabajo cultural puede encontrarse fuera de las instituciones mediáticas oficiales.

A.L.: Ahora proliferan community managers, cursos de social media y un largo etcétera. ¿Veremos una nueva burbuja .com? El teletrabajo resultó no ser la panacea y el proceso de digitalización también ha acarreado muchos problemas burocráticos.
M.D.: El mejor estudio de las consecuencias personales de este “nuevo mundo feliz” del trabajo creativo es Work’s Intimacy de Melissa Gregg, donde ella investiga las vidas laborales de trabajadores de los medios y de sus familias en centros urbanos australianos. Se describe cómo sobrellevan la precariedad, las jornadas laborales interminables y lo que llamo en mi libro Media Work un estilo de vida en el que vivir ha llegado a definirse en función de tu trabajo. Cuando el trabajo se convierte a la vez en el camino y el destino del afecto y la autorrealización, no parece sorprendente que terminemos trabajando todo el tiempo, incluso a veces aceptando (o racionalizando) no ser pagado por el trabajo realizado. Éste es un ciclo problemático que puede romperse buscando respuestas más allá de lo que Ulrich Beck llamaría “categorías zombis” de la industria y el trabajo.

A.L.: Derrick de Kerckhove decía que en el pasado los libros eran aceleradores del pensamiento y que ahora son más bien ralentizadores de ese pensamiento. Admito que echo de menos algunos textos como Inmediatismo de Hakim Bey, que abogaba por buscar una vida de experiencias no mediadas.
M.D.: Los libros no desaceleran nuestro pensamiento. Los medios impresos determinan y estructuran el pensamiento de diversas formas, al igual que los medios audiovisuales. En un contexto conectado, digital y convergente, nuestros pensamientos aceleran y frenan de una forma indeterminada, lo que es una experiencia totalmente perturbadora. En Vida mediática sostengo que la llamada inmediatista de Hakim Bey, que persigue una vida de experiencias más directas y completas, puede en realidad lograrse estando sumergidos en los medios (es a través de los medios como volvemos a conectar con la realidad de una forma significativa, ética y estética). Nos tomamos los medios demasiado literalmente: éstos no están entre nosotros y la realidad, sino entre nosotros. En los medios, también tomamos responsabilidad de las desigualdades de nuestro mundo porque las presenciamos a diario. En los medios, no podemos no mediar, no podemos no presenciar.

A.L.: No sé si es casualidad que dos de los mejores pensadores de los medios sean holandeses: Geert Lovink y usted.
M.D.: Eres demasiado amable al otorgarme esa reputación, aunque comparto tu apreciación sobre Geert. Quizás venir de una nación pequeña, pero bastante arrogante y ambiciosa, nos da una cierta voluntad para explorar, pensar abiertamente y expresarnos con atrevimiento.

A.L.: Las redes sociales con geolocalización como Foursquare son algo interesante para reflexionar sobre la privacidad, el voyeurismo o el narcisismo. ¿Cómo está mutando la esfera pública?
M.D.: La esfera pública y la privada han colapsado en el mundo-de-la-vida mediada. Con esta tendencia tenemos más oportunidades que nunca para estar obsesionados con nosotros mismos. Como teóricos de los medios, nuestra tarea es navegar con la identidad de Narciso y remar en el estanque con todo el mundo. Las imágenes que podamos reunir de nosotros mismos siempre serán incompletas; siempre faltará la complejidad de nuestra personalidad y siempre perderemos las particularidades de nuestro espíritu. ¡La belleza de esto es que debería desviar nuestra atención de nosotros mismos! No somos tan especiales como individuos. Ciertamente, interesa a los partidos políticos para que nos hagan sentir bien como ciudadanos, al igual que interesa a las empresas para que nos convenzan de nuestras cualidades únicas como consumidores... pero como seres humanos, no lo somos. Lo que nos hace especiales es la manera en que nos responsabilizamos unos de otros. En la vida mediática, las oportunidades para hacer eso abundan. La pregunta es qué haremos con esas oportunidades.

A.L.: Esta entrevista digital llega a su fin.
M.D.: Vivir en los medios nos permite crear arte con nuestra propia vida porque podemos ponerla en perspectiva y observarla. La autovigilancia es un poder individual interesante: ¿La usamos como autocensura y para levantar las murallas del control social, o la usamos para dejarnos llevar y vivir más y mejor en el mundo?

Andrés Lomeña
22 de noviembre de 2012

lunes, 19 de noviembre de 2012

ENTREVISTA CON ERIC HAYOT

Acabo de editarla.

Entrevista densa, complicada, con aspectos que yo no he llegado a comprender bien, para qué engañaros. Me interesa especialmente la última pregunta, que es la que he comprendido menos (por su falta de concreción, diría yo). La primera pregunta, de ser compleja, es responsabilidad mía, por asumir que el lector sabe lo que es la lectura atenta (y la distante, concepto que crea Franco Moretti).

Esta entrevista es de teoría literaria, pero le pregunto por la teoría del actor-red (ya que él la saca a colación en su libro) y por las Humanidades Digitales, así que también tiene algo de sociología que puede ser provechoso. De hecho, lo que hace Moretti para algunos es sociología literaria, para otros es esoterismo numérico aplicado a la literatura. En fin, yo la he encontrado muy estimulante, a pesar de los reparos que yo mismo he expuesto.

Cualquier feedback se agradece. Saludos y gracias.

PS = Tengo una entrevista pendiente sobre temas de cibercultura, lo que supongo que interesará un poco más. Intento terminar con esta insensata costumbre de hacer miniencuentros virtuales, pero luego doy con un autor interesante y no me resisto a mandarle mis preguntas. Me pasa como en las pelis de ladrones, que dicen: "Un asalto más y lo dejamos de una vez por todas". Y nunca lo hacen hasta que los pillan xd.

ENTREVISTA CON ERIC HAYOT

ANDRÉS LOMEÑA: La historia literaria es un asunto delicado y complejo. Si lo he comprendido bien, su libro Sobre los mundos literarios propone que usemos varias escalas analíticas para abordar la historia literaria. Sería una meditación sobre la lectura atenta [close reading] y la lectura distante [distant reading], entre la obra literaria concreta y los patrones macroevolutivos de la sociología literaria. ¿Intenta encontrar un camino intermedio?
ERIC HAYOT: Sí, la idea de un diálogo entre el texto individual y la macroevolución o macroestética fue parte de lo que motivó mi proyecto. Se puede hablar, en términos generales, de dos posiciones en los debates actuales sobre la literatura mundial:
A) Un análisis inspirado por Franco Moretti (y Pascale Casanova) que busca patrones de desarrollo en los niveles más altos de la estética (habitualmente mediante una gran cantidad de libros, lo que Moretti ha llamado la lectura distante).
B) Una insistencia en que la naturaleza ontológica del texto literario es de tal modo que sólo la lectura atenta puede en realidad mostrarnos la verdad.
Puede que ambos lados estén equivocados al creer que la literatura y la literariedad sólo funcionan como un “objeto” en estos análisis. Parte de mi argumento es que la literatura en sí misma produce efectos en diferentes niveles, incluyendo el que uno puede entender como la escala “intermedia”, en la cual residen los mundos literarios; la literatura no es sólo objeto de discusiones sobre la estética y las relaciones de escala, sino un lugar donde esos debates se expresan formal y temáticamente.
Esto lleva, en última instancia, a la creencia de que sólo hay una única manera de leer atentamente. Pienso que la lectura atenta puede hacerse en una variedad de escalas distintas porque los objetos literarios producen significados en una variedad de escalas diferentes, incluyendo la palabra, la frase, el párrafo, el capítulo, pero también en escalas puramente ideográficas (en las cuales algo ocurre una vez, y tiene que abordarse en su singularidad), así como en escalas nomotéticas (en las cuales algo ocurre una multitud de veces y se inscribe dentro de un patrón o sistema).
Otra forma de decirlo es afirmar que mi libro entra en el debate presentando la literatura como un modelo potencial para pensar sobre cómo aparecen los conceptos de lectura “atenta” y lectura “distante”, temática y formalmente, como funciones de un concepto mayor de totalidad. Sugiero que este concepto de totalidad ha sido pensado históricamente de manera muy extensa en la obra de arte, y que deberíamos prestar atención a las obras de arte si queremos saber más sobre lo que la lectura atenta y distante significan dentro de estructuras mayores y de sistemas de valor estético y ontológico.

A.L.: Me gustaría saber si la tecnología ha sido importante en las metodologías de la actual historia literaria y de las ciencias sociales, es decir, si su libro se ha visto motivado por el nacimiento de las Humanidades Digitales.
E.H.: Soy bastante ambivalente en lo que se refiere a las Humanidades Digitales. Recuerdo cuando Internet apareció alrededor de 1993 o 1994, y todos decían que o bien salvaría la literatura (y la universidad), o bien la destruiría. Este utopismo digital (o distopismo) parece muy sospechoso, sobre todo porque casi siempre atrae muy especialmente a decanos y presidentes, y a políticos que (al menos aquí en Estados Unidos) tienen un hostilidad feroz y nada disfrazada contra la idea de una educación en las artes liberales. “¡Los ordenadores eliminarán la necesidad de un profesor de literatura o de análisis literario!” no es un eslogan con el que me sienta animado. Obviamente, no es eso lo que las personas de las Humanidades Digitales quieren. Es una cuestión acerca de cómo se usan, y también de cómo se alinean los incentivos personales e institucionales con otras fuerzas que ofrezcan apoyo, que creen trabajos...
Dicho esto, encuentro la obra de las Humanidades Digitales (y aquí me refiero al tipo de obra que implica mapeados matemáticos y visuales de la información, así como la clase de obras que vienen de los proyectos de minería de datos) muy atrayente. Como todas las disciplinas en sus primeros vagidos, es un poco como el salvaje oeste, primero se dispara, luego se pregunta. Demasiadas personas piensan que la novedad de estas herramientas quiere decir que por fuerza expresan algo interesante. Obviamente, eso no es así. Cuanto antes derribemos el falso entusiasmo sobre las nuevas herramientas y reconozcamos que todavía tenemos que pensar y trabajar duro, mucho mejor. Una de las cosas más interesantes de la obra de Moretti es el laboratorio literario de Stanford, que combina una mirada fundamentalmente marxista con el análisis de la cultura gracias a la obra de las Humanidades Digitales. Aunque ya sé que “el medio es el mensaje”, parte de mi argumento en Sobre los mundos literarios (con respecto a las herramientas de análisis estético que presento en sus páginas), lo cual extendería a las Humanidades Digitales, es que las herramientas de análisis deberían, en general, estar subordinadas a una perspectiva que intente usarlas para un propósito intelectual específico. Parece que se ha generado demasiado entusiasmo por la posibilidad de hacer imágenes bonitas.
¡Me doy cuenta, cuando digo esto, de que sueno como un viejo conservador! “Cuando era joven todos usábamos pluma para escribir” y todo eso. Ahora en serio: yo solía programar en PASCAL y Perl, monto mis propios ordenadores y me engancho a los videojuegos con demasiada frecuencia. Supongo que tengo una cierta resistencia a las “modas” en la vida académica. Esa moda de las Humanidades Digitales hace que me cueste disfrutarlas. Tengo ganas de que algún día los académicos de las Humanidades Digitales sean parte de todos los departamentos de literatura, e incluso que llegue el día en que las Humanidades Digitales desaparezcan por ser un campo muy obvio (como ocurre con el campo de la “teoría”) porque todos comprendamos esto y se pueda trabajar sin más. Eso llevará dos generaciones, por supuesto.

A.L.: ¿Qué ocurre con la literatura comparada? David Damrosch ha escrito varios libros sobre literatura mundial y Emily Apter publicará en primavera de 2013 Contra la literatura mundial. ¿Cuál es la batalla teórica que se libra entre las posiciones de Damrosch y Apter?
E.H.: Para ayudarnos con la literatura comparada tendríamos que reconocer lo siguiente: las estructuras intelectuales que gobiernan la crítica de las “instituciones” y las estructuras que gobiernan nuestras “prácticas” de lectura de la literatura no tienen que ser lo mismo. Gran parte del conflicto potencial que podemos imaginar entre Apter y Damrosch desaparece si reconoces que el principal objetivo de Damrosch es la formación institucional de la literatura comparada en las universidades estadounidenses, y la posición de Apter es la manera en que nosotros leemos literatura. Desde esa perspectiva puedes echar un vistazo a la obra de Emily y decir: “Sí, es verdad, siempre hay una reminiscencia intraducible dentro de la obra, y esto es parte de la naturaleza ontológica del lenguaje”, sin que luego digas, “y por lo tanto nunca deberíamos enseñar literatura traducida en la universidad a los estudiantes que no manejan todas las lenguas del mundo”. ¡Ni siquiera Emily cree eso! Mientras tanto, puedes leer a David y reconocer que el concepto de literatura mundial, que él define como el producto de una práctica de lectura generosa y amplia, debería influir el programa universitario (sin ella nuestros estudiantes casi nunca leerían nada en chino o hindi, por no mencionar lenguajes más “fáciles” como el español o el francés, o lenguas muertas como el latín o el náhuatl), sin por ello decir “y como enseñamos literatura traducida, tenemos que adoptar una teoría sobre la ontología de la novela que diga que 100 Years of Solitude es un libro idéntico a Cien años de soledad”. Lo que decimos y hacemos como críticos literarios y lo que decimos y hacemos como profesores es diferente, porque en el segundo caso estamos bregando con una situación imperfecta, con una tradición institucional, etcétera.
Mi experiencia, al haber hablado con ambos, es que David y Emily saben esto muy bien. Ellos son grandes partidarios de enseñar literatura más allá de los idiomas tradicionales europeos en sus instituciones. Desde esta perspectiva la batalla puede ser, en el lado institucional, entre los que dirán: “Es mejor enseñar una novela escrita en hindi, aunque no pueda leerla en el original, que no tener novelas de India que se impartan en mi universidad”, y quienes mantendrán una posición más dura: “No puedo enseñar nada que no lea en el original porque esto significa que no estoy leyendo el original, sino alguna versión imperfecta que está omitiendo lo intraducible”. Esta posición tiene la consecuencia negativa de preservar la literatura comparada de las lenguas europeas porque es muy raro que en Estados Unidas se contrate a un académico de literatura comparada que hable y lea lenguas no europeas. Afortunadamente, gracias a los esfuerzos de personas como David y Emily, esto es cada vez menos habitual.

A.L.: ¿Qué quiere decir con “la periodización y sus descontentos”? ¿Qué hay de malo en la periodización de la literatura?
E.H.: Nada es inherentemente malo con la periodización. Lo que está mal es el grado de dominio que alcanza en la institución literaria, especialmente en las licenciaturas. Ahora en Estados Unidos el noventa por ciento de los trabajos disponibles para profesores de literatura se definen a sí mismos con una nación y un periodo. Este predominio se refleja en las asociaciones profesionales (la asociación de estudios victorianos, la asociación de estudios modernistas, etcétera) y en las revistas académicas. Y de este modo afecta a todo el aparato en cómo adiestramos a los estudiantes de licenciatura, pues tener que “pertenecer” a un periodo significa dominar un puñado de textos, ciertos modos de lectura, una cierta historia de la crítica, una cierta forma de pensar sobre literatura como una función de la historia, y así sucesivamente.
En Sobre los mundos literarios propongo que intentemos desarrollar conceptos históricos y transhistóricos que nos permitan generar marcos internos e institucionales en los que las limitaciones de los diferentes modelos de periodización sean más nítidas. Ahora estamos viviendo en un mundo en el que todos sólo pueden beber, pongamos como ejemplo, Burdeos. Y yo digo que nos ayudaría a comprender mejor el Burdeos si pudiéramos también beber Rioja o Barolo. El truco no es solamente tener esas bebidas, sino desarrollar estructuras institucionales: nuevas revistas, nuevas asociaciones, pero también nuevas formas de contratación y preparación de estudiantes. Tener una variedad más amplia de contextos históricos y no históricos para el estudio de la literatura nos permitirá ver y vivir, de una forma cotidiana e institucional, las ventajas y debilidades de nuestros conceptos históricos. Esto nos haría ser pensadores de la literatura más cuidadosos, y quizás, más ambiciosos también.

A.L.: En su libro menciona la teoría del actor-red. ¿Cómo podría ser útil en el estudio de la literatura?
E.H.: Leí mucho de Latour entre 2001 y 2003 y pensé que su ruptura de las barreras ontológicas entre sujetos y objetos sería útil para que yo avanzara. En términos de análisis de la esfera social, el reconocimiento de que toda acción social circula entre una amplia variedad de actores humanos y no humanos parece una idea crucial para el análisis de la cultura (también encontramos este sentido del objeto como algo codificado o personificado en la vida social en The Body in Pain de Elaine Scarry, por cierto).
No había pensado en cómo la TAR podría ser útil para el estudio de los mundos literarios. Tu pregunta me permite reconocer que uno de los objetivos fundamentales de mi libro es reivindicar de la manera más fuerte posible el papel de la obra de arte como un actor en la producción de conceptos de “mundialidad” (tanto como un almacén para la fuerza social como un generador de fuerza social. En este sentido supongo que soy más latouriano de lo que reconozco, y podría decir que uno de los objetivos de la obra es animar a los académicos de la literatura a reconocer que conceptos como “mundo” o “globalización” (o “mundialización”) o “literatura mundial” no habitan en algún espacio conceptual “fuera” de la literatura, sino que más bien pertenecen al mismo campo general de la literatura.
Al mismo tiempo quiero decir que la “red” de la TAR aparece mucho en mi trabajo más reciente. Mi próximo libro será un regreso a la lectura atenta, con un énfasis en el uso de conceptos desarrollados en Sobre los mundos literarios para desarrollar un sentido históricamente rico sobre cómo los análisis del mundo (lo que yo llamo “cosmografía”) pueden funcionar bien cuando se aplican intensamente a obras de arte individuales.

A.L.: ¿Propone una tipología de los mundos literarios? Ha hablado de tres modos en su libro: el realista, el romántico y el modernista. Quisiera saber si su modelo es complementario con la poética que Lubomir Dolezel desarrolla en el libro Heterocósmica.
E.H.: La diferencia entre lo que estoy haciendo y lo que Dolezel lleva a cabo estriba, creo, en las ambiciones tipológicas menos sistemáticas de mi obra. Una de las cosas que le ocurren a las personas que desarrollan conceptos demasiado rígidos (Northrop Frye es otro buen ejemplo aquí, pero incluso alguien como Gérard Genette, cuya obra admiro, tiene este problema) es que la rigidez de los conceptos, y su ambición tipológica (especialmente en Frye, algunas veces en Dolezel) hace que sea difícil, si no imposible, que otras personas lo usen. Estoy intentando escribir una obra que sea fácil de aceptar por otras personas, y también fácil, a largo plazo, para que otros vayan más allá de mis propias limitaciones y de las limitaciones de lo que yo puedo ver en el mundo.
La manera más simple de describir lo que hago es decir que estoy intentando escribir una historia de los conceptos de mundo. Pero más que escribir sobre conceptos abiertamente expresados acerca del mundo (como cuando Galileo, por ejemplo, nos cuenta lo que piensa sobre el mundo), quiero sostener que todas las obras de arte desarrollan formalmente conceptos-de-mundo (incluso cuando no usan la idea de mundo temáticamente). De este modo, voy a usar las cualidades-de-mundo formales de las obras de arte como un representante para mediar y evaluar la historia de los conceptos de mundo de forma más general. Para hacer eso, tenía que realizar dos cosas:
1) Desarrollar un conjunto de herramientas analíticas que pueda usarlas cualquiera para describir y comparar la “mundialidad” a través del campo entero de la producción cultural, desde lo estético a lo real (y esto es lo que hacen en la primera parte del libro los conceptos de amplitud, dinamismo y estructura metadiegética).
2) Sugerir que esos conceptos, como otros cualesquiera, también deberían historizarse: pensamos la mundialidad estética como una reacción (y anticipación) de la posición social en la que el mundo de la obra se inscribe. Por ejemplo, puedes pensar sobre cómo la obra de arte refleja las estructuras básicas de una posición como “globalización”, después de todo casi es una cosmología para los miembros de una élite neoliberal global. Aquí la diferencia entre Sobre los mundos literarios y casi todo lo demás es que mi énfasis no es en el reflejo “temático” de la obra (una novela sobre inmigrantes viviendo en Madrid refleja la globalización en este sentido), sino en las cualidades “formales” del mundo imaginado en la obra. Sugiero que todas las obras de arte que generan mundos (que son casi todas las obras de arte) hacen eso controlando e imaginando estructuras formales (las cuales pueden describirse con los conceptos de amplitud, dinamismo, etcétera), que son ellas mismas un reflejo de las visiones de mundo normativas que operan en el mundo real.
Para decirlo de nuevo y de forma más simple: lo que propongo es un análisis historicista de los conceptos de “mundo/mundialidad” [worldedness]. Podrías hacer algo igual con los conceptos de Dolezel... si los historizas. Supongo que una gran diferencia es que desarrollo mis conceptos con ese objetivo en mente, y así éstos me parecen más útiles para la tarea que me he marcado, la cual considero, crítica y políticamente, muy urgente.

Andrés Lomeña
20 de noviembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

ENTREVISTA CON DAVID HESMONDHALGH

Entrevista con David Hesmondhalgh sobre las industrias culturales.

ANDRÉS LOMEÑA: Las industrias culturales llega a su tercera edición en inglés este mes de diciembre. ¡Felicidades! ¿Podría anticiparnos algunas de las novedades y decirnos si podremos ver el libro en nuestro país?
DAVID HESMONDHALGH: ¡Gracias! La nueva edición ha sido revisada en profundidad. ¡Casi me mata! Han ocurrido un montón de cosas en las industrias culturales desde que terminé la segunda edición a finales de 2006. Hay muchísimo material nuevo sobre “digitalización”, y también sobre las condiciones de los trabajadores en las industrias culturales. A esto hay que sumar cientos de referencias a libros y artículos publicados desde 2006. Hay un nuevo prefacio, que deja clara una vez más mi oposición al “utopismo digital” (el modo en que Internet nos salvará de alguna forma). Las ediciones anteriores se han traducido al chino, al italiano y al farsi. Desconozco si hay planes para una edición en español, pero las traducciones suelen llegar a mi mesa sin ningún tipo de aviso (aunque me han dicho que la edición coreana estará disponible muy pronto). Siempre es una sorpresa agradable, y por supuesto no tengo ni idea de si la traducción es buena.

A.L.: Como antiguo estudiante de periodismo, me suelo quejar de las bibliotecas y manuales que tenemos. Todo está muy desfasado. Sugiero que los estudios de comunicación tomen nuevo impulso a partir de un canon de libros bastante reciente: The Master Switch de Tim Wu, Mercaderes de la cultura de John B. Thompson y La Googlelización de todo de Siva Vaidhyanathan. También su libro, cómo no, así como Redes de indignación y esperanza de Manuel Castells y la sexta edición de Teoría cultural y cultura popular de John Storey. ¿Cuáles serían sus recomendaciones para ampliar nuestro conocimiento?
D.H.: Hay algunos libros increíbles en tu lista, y es un honor que me incluyas en tales compañías. Podría recomendar cientos de libros sobre los medios de comunicación, pero tengo en cuenta su sugerencia de que sean publicaciones más o menos recientes. Hay algunos libros fantásticos que suponen desarrollos en los medios y la cultura: Why Voice Matters de Nick Couldry (2010); la edición Medios y democracia de James Curran (2010); El mito de la democracia digital de Matthew Hindman; Ordinary People and the Media de Graeme Turner. The Net Effect de Thomas Streeter es una historia brillante de Internet.
Algunos de mis escritores favoritos tratan, de manera más amplia, sobre temas culturales. Soy un gran fan de Andrew Ross (por ejemplo, su libro sobre el trabajo cultural, Nice Work If You Can Get It, un título algo raro para oídos españoles porque es una alusión a una antigua canción). Edwin Baker, uno de los escritores más importantes sobre los medios, murió hace un par de años. Sus libros sobre los medios, los mercados y la democracia, y también sobre la concentración mediática, están llenos de lucidez y sabiduría. Y recomiendo encarecidamente a mi colega Helen Kennedy y su libro sobre diseño web: Net Work: etichs and values in web design (2011). Podría seguir así un buen rato. Estoy seguro de que habrá grandes trabajos en español y desearía que mi competencia en tu idioma fuera mejor (por no hablar de mi francés, mi alemán y mi árabe). Soy un beneficiario del vergonzoso imperialismo lingüístico de los países anglófonos.

A.L.: Disney ha comprado Lucasfilm y la editorial Random House se va a fusionar con Penguin. ¿Qué implican estas descomunales adquisiciones en la industria de la cultura y el entretenimiento?
D.H.: No hay duda de que muchas obras magníficas aún salen de las grandes corporaciones. Pero pienso que los conglomerados casi siempre van en detrimento de la producción cultural. Creo en el papel del subsidio para hacer posible una cultura más potente y una mejor comunicación pública. También creo en los grupos de comunicación con una fuerte vocación de servicio público. No creo que las posibilidades progresistas de Internet compensen los aspectos más preocupantes de las mayores organizaciones capitalistas.

A.L.: El escritor Mario Vargas Llosa debatió con el sociólogo Gilles Lipovetsky sobre la cultura. Aunque simplifico, el novelista hablaba de una especie de apocalipsis cultural, mientras que Lipovetsky era algo más optimista. ¿En cuál de las dos posiciones se ve usted?
D.H.: No conozco este debate, pero por lo que dices, Vargas Llosa adopta una música que me es familiar, una especie de “profecía kitsch”. No creo que estemos al borde de ningún apocalipsis cultural. De hecho, creo que no tenemos tiempo para asimilar todos los grandes libros, películas, música y televisión que están disponibles. Pero eso no quiere decir que todo sea maravilloso. Los problemas reales están en la desigualdad masiva (económica, cultural, educativa) y en los interminables triunfos de aquellos que favorecen los negocios y la mercantilización por encima de otros valores como la creatividad, el conocimiento y la prosperidad humana. En Inglaterra, las cosas parecen empeorar cada vez más (y oigo cosas muy preocupantes de mis amigos españoles, que dicen que las cosas están aún peor). Dudo que las victorias del neoliberalismo sean lo que Vargas Llosa tiene en mente.

A.L.: La internacionalización, para usted, no es exactamente ni la globalización ni el imperialismo cultural. ¿Qué está ocurriendo, entonces? ¿Vivimos una Mcdonalización de la sociedad, por decirlo con las palabras del sociólogo George Ritzer?
D.H.: Lo que está ocurriendo es algo muy corriente, y a la vez es algo extraordinario. Los negocios y los artistas buscan audiencias, y algunos productos culturales hacen viajes que atraviesan las fronteras de los países. Esto provoca algunas experiencias increíbles. Pero también puede acarrear explotación y desigualdad a nivel internacional. Nunca me han llamado mucho la atención los escritos de Ritzer. He llegado a pensar que la palabra globalización es uno de los conceptos más aburridos y con menos sentido del mundo. Y la idea de la McDonalización me gusta tan poco como el propio McDonald como empresa de alimentación global.

A.L.: Muchas gracias por sus palabras.
D.H.: Los medios y la cultura son más complicados y polémicos de lo que los profetas de la muerte cultural o los voceros de una gloriosa era digital nos habrían hecho creer.

Andrés Lomeña
12 de noviembre de 2012